viernes, 13 de noviembre de 2015

Promiscuos

La mayoría de mis amigos heterosexuales conocen todos los puteríos de Buenos Aires y sus esposas (salvo vos que me estás leyendo, no te preocupes) son cornudas. Cuando uno de mis amigos me contó que había ido por primera vez a un club swingger y empezó a describirme con lujo de detalles sus nuevas y apasionantes aventuras, no me aguanté más:
—Y después ustedes dicen que los promiscuos somos nosotros, ja ja
Yo estaba de novio en ese momento y no necesitaba a nadie más que a mi chico, y con eso no quiero decir que eso esté bien, mal, mejor o peor. Nada. Le pregunté entonces a mi amigo:
—¿Pero en los swingger no tenés que ir con tu mujer? ¿Cómo la convenciste?
—No, boludo. ¿Cómo voy a llevar a la mamá de mis hijos a un lugar así? ¿Estás en pedo? Levanté a una puta y llegamos a un acuerdo: le pagué y después, adentro, cada uno hacía la suya, pero tenía que decir que era mi novia —me explicó. Su novia terminó en la cama con otra que decía ser la esposa de alguien. Mi amigo hubiese querido que lo dejaran participar.
—Yo la quiero, vos sabés. Es la mujer de mi vida. Pero el hombre necesita variedad, ¿entendés? —me dijo otro amigo, como si pidiera disculpas (¿a mí?) por cornearla a la esposa, mientras me explicaba por qué se volteaba a una compañera del trabajo y a una minita que había conocido en el cumpleaños de otro amigo y a una ex novia del secundario y a…
Imaginate: cuando escucho que los gays somos promiscuos, me da mucha risa.
Hay cosas que no pueden negarse. En muchos boliches gays hay un dark room, túnel, pasillo, baño o algún lugar destinado pura y exclusivamente a tener sexo. Pagamos la entrada del boliche, bailamos un poco y, antes de que la noche entre en decadencia, estamos ahí. La pista de baile comienza a vaciarse y la testosterona llama a la testosterona, allá, donde está oscuro y nadie sabe cómo se llama el otro. He ido cientos de veces a boliches hétero y no conozco ninguno que tenga túnel. Quizás haya alguno, pero sería una rareza. Es un hecho.
Sin embargo, también es un hecho que la mayoría de los boliches gay sin túnel son casi exclusivamente gay: hay hombres que buscan hombres, una que otra lesbiana, una que otra mejor amiga, una que otra hermana, algún hétero-con-dudas y pensando qué hacer. Los boliches gay que tienen túnel, en cambio, están llenos de hombres y mujeres heterosexuales. Cada día hay más, al punto que uno ya no sabe a quién se puede encarar. Y ahí están, una pareja gay al lado de una pareja hétero, compartiendo el cogedero sin prejuicios de ningún tipo. Pagan la entrada para eso. A veces, los de un grupo se pasan de cerveza y quieren experimentar un poco cómo es del otro lado, pero eso es ooootro tema. El dark room de Amerika es todo un experimento sociológico, sobre todo después de Cromañón, cuando cambió de lugar y dejó de ser exclusivo para hombres. Si nunca lo viste, ni te lo imaginás.
Después de un tiempo, he llegado a la conclusión de que entre un varón gay y un varón heterosexual hay menos diferencias que lo que mucha gente piensa. Ellos ven a la rubia tetona y las hormonas les explotan. Nosotros vemos al chongo con cuerpo de futbolista y nos lo queremos comer. Ellos piensan en sexo. Nosotros pensamos en sexo. Ellos saben que si se acercan a la rubia tetona y le proponen ir al telo, así, de una, quizás termina mal, por más que la rubia se muera de ganas. Nosotros sabemos que si el chongo se muere de ganas, nos va preguntar si vamos en auto o en taxi, nada más.
La diferencia, al final, es que a las mujeres les enseñan desde chicas a resistirse al embate sexual de los hombres, como si fuera peligroso y sucio. Las cosas cambiaron mucho en el último siglo, pero aún queda una barrera importante, que cuesta atravesar. Es parte del ritual que a ellos tanto les molesta y, a la vez, tanto los tranquiliza. Ellas muestran que no son “fáciles”. Ellos hacen de cuenta que las respetan y quieren algo más que sexo. Ellas fingen que les creen. Simulación, machismo, ceremonial y protocolo. Hoy es más fácil que hace una generación, pero todavía sigue habiendo una distancia entre el hombre y la mujer heterosexual. Entre dos tipos es más fácil. No hace falta fingir: los dos queremos lo mismo y queremos que el otro lo sepa.
—A mí las minas fáciles no me gustan. No me casaría con una que se entrega al toque —me dijo otro amigo una vez, el mismo que conoce puteríos y clubes swingger por toda la ciudad. Cuando se encara a una mina está desesperado por llevársela a la cama, pero si ella le dice que sí sin dar vueltas, le pierde el respeto. Necesita que ella se resista y, después de mucho trabajo, convencerla.
¡Y ellos dicen que las histéricas son ellas!
Admitámoslo, nos gusta variar de camas, a héteros y gays. Algunos preferimos llevar chicos y otros prefieren llevar chicas, pero la parada final es la misma. A nosotros se nos hace más fácil, porque nuestros eventuales blancos de cacería también están ahí queriendo cazar; sólo hace falta que las miras se crucen. La famosa promiscuidad gay no es otra cosa que promiscuidad masculina.
Pero los gays también queremos, a veces, ser Susanita. Nos enamoramos y hacemos cosas que pensábamos que no haríamos, como escribir cartas de amor o llevarle flores a nuestro chico. Cosas que mis amigos heterosexuales también hacen con sus novias. Y cuando nos enamoramos somos celosos, somos fieles, somos celosos, somos infieles, somos celosos. Y queremos pasar la Navidad juntos y cenar en la casa de sus padres y tomarnos vacaciones en una playa semivacía y rodeada de verde y soñar cómo sería estar juntos toda la vida y casarnos y ser felices y comer perdices y todas esas cosas. A veces, pese a todas las piedras en el camino a contramano, conseguimos algo parecido. Y entonces no necesitamos ir a los túneles — o vamos juntos, ¿cuál es el problema? El amor también nos iguala, así como el sexo, a héteros y gays. Somos más parecidos de lo que mucha gente piensa. Pero convengamos que nuestra ruta no está en las mismas condiciones, aunque en los últimos tiempos haya mejorado mucho, al menos en nuestro país. La autopista heterosexual viene con papá y mamá recibiendo a su futura nuera con fideos con tuco.
“¿El año nuevo lo pasamos juntos?”, “No puedo, lo paso con mis viejos. Me gustaría que vengas, pero sabés que ellos no saben”. “Si querés podés venir a la fiesta, pero sos mi amigo, eh”. “Cuando lleguemos al barrio, disimulá”. Todavía me acuerdo de esa noche, en casa de mi amigo. En el departamento que compartía con su novio desde hacía dos años y pico. Era el cumpleaños. “Si querés venir con tu novio, todo bien, pero no seas evidente, eh, que están los amigos del negro que no saben. Oficialmente, soy un compañero con el que comparte el alquiler”, me dijo. Y ahí estaba mi amigo, muriéndose de ganas de darle un beso a su novio en su cumpleaños. Y los amigos del novio sabían, ¡obvio!, y se cagaban de risa. La cama matrimonial era indisimulable.
Algunos, pese a todo, lo consiguen. Se bancan las miradas hasta que desaparezcan por acostumbramiento o las desafían con miradas más fuertes, orgullosas, o mantienen una rutina de disimulos y engaños cotidianos que les permitan preservar su intimidad de los prejuicios de los demás. Otros siguen navegando por la noche, eternamente jóvenes. Y están los que se rebelan contra ambos mandatos: el del armario y el de la monogamia, y arman parejas abiertas o tripejas o relaciones múltiples, o lo que tengan ganas.
—Él sabe que yo tengo sexo con otros y yo sé que él también lo hace, pero la regla es no contarnos nada.
—Él sabe que yo tengo sexo con otros y yo sé que él también lo hace, pero la regla es contarnos todo.
—Nunca dos veces con el mismo. Nunca doy mi teléfono. Novio tengo uno solo, lo demás es diversión.
—Fuimos al boliche, nos levantamos un chongo y lo llevamos a casa.
—Nosotros somos fieles a las reglas de fidelidad que establecimos entre los dos.
¿Cuál es el problema?
Muchos de mis amigos heterosexuales no hacen esas cosas con su mujer sólo por dos razones: porque es “la madre de sus hijos” (¿…?) y debe, por lo tanto, ser una santa —sea lo que sea que eso signifique— y porque ella jamás aceptaría. (Eso creen ellos. Eso esperan. Porque a ellos les gustaría que ella aceptara, pero si ella aceptara no se lo bancarían). Por eso buscan otras que estén dispuestas a hacer lo que a la esposa le está vedado — por ellos. Manga de histéricos.
Dicen que los gays somos promiscuos. Yo creo que somos varones que no necesitan fingir.
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viernes, 25 de septiembre de 2015

Saunas Gays en Buenos Aires: La ruta del calor

En la entrada hay que sacarse todo, pagar un Evita y calzarse la toalla y las ojotas. Al principio se mira, se te tantea, se puede jugar al distraído. En los pasillos todo parece una gran casualidad, un “¡disculpame que te la toqué!”, “¡te apoyé sin darme cuenta!”. Al rato las caras ya son familiares y se va a lo directo. La lengua casi no se usa para hablar. La mayoría van solos y se internan. No se ven mujeres y en la parte más oscura siempre está la orgía. Ahí, el que deja la puerta abierta es porque invita a que se sumen los que pasen.
Entra uno que se masturba, llega otro que se la chupa y llega otro que se la pone. Después es como un juego primitivo de sensaciones: tan básico como la carne que roza la carne y la estimula. En ese ida y vuelta hay un código de respeto que no se rompe, porque si uno no tiene ganas de hacer algo, ya llegará otro que sí.
Los fantasmas de la persecución policial no están porque no hay delito: no existe un catálogo de masajes ilegales. Si el sexo no se paga, no hay explotación. Y en los saunas no hay plata de por medio.
“Una vez que ponés la mano en la llama, no podés volver atrás”, dice la erótica Madonna en su etapa más erótica. Para muchos sauneros, el único problema es la compulsión: lo adictiva que puede ser la manzana de los placeres.

Living para gente grande

Pocos minutos atrás se masturbaron entre sí, casi mirando a otro lado, y no eyacularon. Dos hombres que pasaron los 50 toman un café en el primer piso de una construcción antigua de la Recoleta y miran el canal de las noticias. Hace tres horas que van del sauna húmedo al seco de Unikus y eyacular otra vez sería una deshidratación. Por hoy, mejor no hacerlo más. Hasta que el recuerdo de haber tenido placer hasta quedar sedados traiga una erección. Entonces sí acabar de nuevo.
Unikus es chico y básico: saunas y duchas. Está poblado por hombres mayores que buscan la oportunidad de sexo ocasional, si pinta. Y si no, el cafecito: señores recoletos que parecen salidos de la discreción de una tetera de porcelana.

El mezcladito

Bajo una ducha de A Full, un chico de 27 cuenta a Soy qué hace ahí un jueves a las tres de la mañana: “Me gustan las mujeres, pero disfruto que me penetren tipos sin vueltas. No voy a boliches gay porque me aburre todo eso. No me gustan los besos ni chuparla, me gusta tenerla adentro”. El chico tiene novia, la dejó hace un rato en su casa. “¿No te gustaría que te penetrara ella con un dildo?” No le gustaría, lo excita tener un placer sólo para él: lo calienta que una barba raspe mientras le meten la lengua en la oreja. “¿Y a tu novia la dejás que te juegue con los dedos?” Tampoco.
Las dimensiones de A Full son las de un baño griego: dos pisos con incrustaciones art nouveau, saunas, camillas para masajes, duchas y lugares bien oscuros con películas porno. También hay mesa de pool y un living donde la madrugada de los fines de semana, cuando hay mucha carne joven, algunos se internan y duermen siestas después del sexo. Un truco para llevar preservativo encima es ponerlo entre la toalla y la piel. Hace unos meses, los que iban de traje por la tarde no pagaban la entrada.

Lujo asiático

En Almagro, la barra de tragos de Homo Sapiens es pretenciosa y lo consigue: todo el lugar está pensado para el lujo. A una cuadra de Amérika más que un Spa HS es una experiencia sexual. Hay un microcine, cuartos privados, dark room y camillas con calor. Lo consumen sobre todo mayores de 40.
Es común quedar como en trance: calor, sexo, calor, sexo. Saber cuándo es suficiente no es una decisión fácil, a menos que haya que volver a las obligaciones. “Hago una guardia en la clínica que está a dos cuadras y los jueves tengo un espacio de tres horas libres a la tarde. Esos días me pego una vuelta. Estos lugares a la tarde no son lo mismo que a la noche: encontrás tipos que parecen deportistas del sexo, que lo hacen como una necesidad básica”, dijo a Soy un hombre de 43 años, todo depilado.

Madison Square

A dos cuadras de HS está el club Madison, un complejo que tiene el plus de la pileta climatizada. Madison abrió hace poco y una estrategia en redes sociales lo puso rápido como opción. En la página de Facebook, algunos combinan horario para cruzarse y a veces la cuestión es temática: los domingos en boxer tienen su convocatoria. También hay días en que la productora de porno local M2M filma con los que quieran participar. Hay material joven.
Roce, erección, piel. La camilla está pegajosa, el jabón líquido funciona como lubricante. Hay gemidos y golpes contra las paredes. El pijón parece un tótem, un faro en la oscuridad con seguidores que se arrodillan. El tatuado en medio del vapor. El oso acostado en la camilla. Es como un limbo.

Nostalgia Trash

Nagasaki está a la vuelta del Abasto y los jueves propone su noche de osos. Algunos sauneros lo critican: se consigue sexo, pero el lugar está deteriorado y muchos que van una vez, no vuelven: 40, 50, 60 años y bastante extranjero. La onda descascarada lo hace más tetera que sauna. En el sector oscuro se acumula la acción y todo se chupa con todo.

Con pantalla

Spa es la interjección de Salus Per Aquam: salud a través del agua. Frente al Parque Centenario está el Energy Spa, que fue el pionero de los saunas gays bajo el nombre de Baño Salud. Hay muchos relatos sobre lo que pasaba de forma encubierta. The Swan, un anónimo de la web, colgó su relato: “Había dos flacos que atendían y antes de cerrar el local, por unos pocos mangos te enfiestaban. La cosa iba lenta, primero tenías que animarte a decirles que les querías chupar la pija”. Hoy, el Energy Spa es muy tranquilo, con público de edad media. Hay jacuzzi y piscina cubierta, el lema es “Salud, Relax y Placer”. Todo muy prolijo.
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El mundo Leather en Buenos Aires: DAME CUERO

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Corazón de cine porno en Buenos Aires

Un relato divertido:
Cuando volví de España, donde había vivido durante 3 años y medio, volví a ocupar mi antigua habitación en la casa de mis padres. Una noche de desvelo empecé a buscar algo para leer y en uno de los cajones encontré una antigua revista Eroticón; presa de la melancolía, me puse a hojearla recordando mis primeras noches calientes en soledad, donde fantaseaba con encuentros carnales con hombres, que a esa altura eran sólo puras fantasías, imposibles de llevarlas a la realidad. Seguí hojeando la revista sin prisa pero sin pausa hasta que encontré una nota sobre cines porno en la porteña ciudad. Maravillada con semejante novedad, me la leí de pe a pa sin perder ningún detalle. Asombrada y excitada, no podía creer lo que leían mis ojos. Me pareció más fantasía que realidad, pero igual me quedó la duda. Uno de los cines donde más se había detenido el cronista era el Cine Plus, ubicado sobre la calle Rioja, justo al lado de la bailanta Latino Once. Me quedó volando por la cabeza, y sobre todo por la bragueta, la nota que había leído, y ya que era del Oeste y viajaba diariamente a la Capital, pensaba tomar coraje para meterme a ver qué pasaba realmente en ese cine porno. Varias veces miré de lejos la pedorra sala. Pasaba por enfrente, pasaba por la misma vereda y nunca me animaba. Me sentía sucia, perversa, pajera... Hasta que un día mi cuerpo debatió con mi mente sus necesidades y salió ganando. Corría el año ’96. Cuando entré, saqué la entrada con la cabeza baja y empecé a ver que había más de un tipo deambulando por el lugar. En la oscuridad de la sala, después de acostumbrar la vista como los gatos, empecé a ver decenas de tipos que andaban dando vueltas por todos lados. Eran tipos y tipos y más tipos, como un grupo de experimentados cazadores. Había tipos en las escaleras con los pantalones bajos, tipos besándose, manoseándose, había escenas de sexo completo, oral, grupal, romántico, sexo, sexo y más sexo.
En el primer piso, las escenas de la pantalla grande mostraban películas hétero; poco tiempo después entendí que esas películas eran el anzuelo ideal para los trabajadores chongos cansados, que venían a buscar un pete express, sentados con cara de boludos hundidos en las butacas que, seguramente al cerrar los ojos ante una boca caliente, soñarían que la que succionaba era la porno star de la pantalla.
Arriba la sala gay y un cuarto oscuro donde los cuerpos se transformaban en revoltijos de carne. Fiestas negras, duchas blancas, lenguas salvajes: en la carta de ese cine el menú era variado y podías comer, chupar y tragar hasta saciarte.
En los baños, la cosa era más íntima si querías revolcarte con la puerta cerrada en el cubículo del inodoro, aunque la mugre en general era exagerada. Papeles sucios amontonados en olorosas montañas, el piso alfombrado por forros usados y a veces, si tenías suerte, había agua. Por años y años, mi vida sexual pasó a desarrollarse en ese cine en particular, aunque recorrí por simple curiosidad varios cines de Buenos Aires, cada uno con un perfil específico y respondiendo a un concreto mercado.
Durante los largos años que retocé en los baños, en los rincones y hasta en las butacas, me enamoré, hice amigos, encontré algunos novios no muy perdurables pero que me entretuvieron bastante, cumplí increíbles fantasías, me crucé con las entrepiernas más chicas de mi vida, y con las más grandes e inolvidables, y vi cosas que si tuviera que contarlas una por una, no me alcanzarían ni días, ni meses, ni años. Hoy, en el año 2009, esos eróticos reductos siguen estando, abrigando el deseo y los cuerpos calientes que prefieren enredarse en prácticos retoces, sin histerias, ni versos prearmados. No son discos, ni pubs maricas de diseño, pero lo que es seguro es que muchas de las maricas que histeriquean en la noche bolichera o en la calle, en los cines porno se transforman en bestias carnales y salvajes guiadas por puro instinto, y entienden que, después de todo, en esa oscuridad permanente, todos los gatos somos pardos, mal que a una le cueste aceptarlo.
Juro que durante todo ese tiempo nunca me arrepentí de haberme echo asidua víctima erótica de esas salas promiscuas y calientes; eso sí, para qué negarlo: a veces me he sentido una rastrera rata de alcantarilla... y otras tantas... una diosa bañándome desnuda en la Fontana di Trevi, como la grandiosa Anita Ekberg en sus años más calientes del cine de oro italiano...

Palito, bombón...

Si las butacas hablaran...! Las de los cines porno, claro. Aunque hoy por hoy, más que hablar, acaso chirriarían. No obstante la andanada de nuevos multiespacios en los que el fragor del cuerpo a cuerpo prefiere las cabinas con glory holes o la erótica humedad del sauna, o la forma en que definitivamente Internet cambió la manera de mirar pornografía, todavía hay cines XXX que siguen existiendo en Buenos Aires. El mítico cine Ideal (Suipacha 378) es uno de los referentes insoslayables. Frecuentado por señores que van en busca de muchachos que van en busca de señores generosos, y en donde más de un oficinista de la city se toma un descansito a la hora del almuerzo, el Ideal es junto con el ABC (Esmeralda 506), en cuyas salas gays dan una programación continuada todos los días hasta las 5 de la mañana, los bastiones que resisten en el microcentro porteño. Para los que prefieren una incursión con un toque lumpen y, por qué no, bizarro, quizá la mejor opción sea el Once Plus (Ecuador 54), justo frente a la Plaza Miserere: una suerte de "salón de los pasos perdidos" sexual para quienes cotidianamente van a tomar o bien el tren o bien un colectivo. El cine Box (Laprida 1423) es uno de los pocos que siguen en las inmediaciones de la antigua vía gay por excelencia, la avenida Santa Fe, la cual, junto con el resplandor de la pantalla en que tantos bigotudos besuqueros hicieron las delicias del público homosexual en la década del ’80, ha dejado de ser también lo que solía.
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martes, 1 de septiembre de 2015

10 señales de que eres gay de Closet

1. Atacas a otros gays que sí son “chingones”. Ya lo confesó Ricky Martin; cuando él ocultaba su homosexualidad mientras su carrera artística ascendía, participaba en el acoso contra otros gays declarados. Y es que por un lado tenemos a la presión social, que no todos son capaces de enfrentar con valor; por otro lado, los “gays de closet” tienen un claro sentimiento de “envidia” a los gays libres, pues ellos disfrutan de ser gays, son felices siéndolo, les da orgullo decirse gays y no les importa lo que otros piensen al respecto; algo que a ti, “gay de closet”… te arde.

2. Consigues una amiga sin dignidad que acepte hacerse pasar por tu novia. Es hilarante que mi basta cultura general (risas), me lleve de nuevo al caso de Ricky Martin, quien como todos sabemos utilizó a varias de sus amigas, la misma Rebeca de Alba lo aceptó. Yo tuve varios amigos que, de la forma más absurda, me presentaban a sus “novias” pero siempre estaban en antros gays y desaparecían misteriosamente luego de ligar con alguien. Chicos es obvio, no sé por qué les gusta causar lástima y ser la burla de todos ¡acéptenlo!

3. Te haces el muy macho pero eres un real “marica”. Los homofóbicos utilizan el término “marica” de forma despectiva contra los gays, sin embargo a muchos de ellos, incluyendo los gays de closet, les vendría mejor ese termino. Los “gays de closet” siempre andan en el chisme, les gusta manejar a las personas que los rodean en su enorme esfuerzo por no ser descubiertos. Una vez uno de estos individuos me acusó con el director de la escuela de haber besado a un niño en la clase de deportes, y adivinen qué, nunca tuvo los “tamaños” (ya escribí muchas malas palabras y por eso no puse ”huevos”) para decírmelo de frente.

4. Tú y tu “mami” son uno mismo. Es claro que siempre estarás tras las faldas de tu mamá. De niño siempre escuché eso de los tipos abusivos mayores, la verdad más que ofenderme, sentía gran confusión. No entendía cómo ustedes que se juntaban en grupo para atacar a chicos indefensos (gays o no) de la forma más cobarde, afirmaban ser valientes. Luego, al conocer a sus madres, lo entendí, viven bajo el terrible control de sus madres y al no lograr reunir las fuerzas suficientes para cortar “el cordón umbilical”, molestan a otros seres independientes, seguros de sí mismos, de los que probablemente se enamorarían.

5. Cuando alguien sugiere que eres gay enloqueces. Cuando un hombre completamente heterosexual se enfrenta a un rumor de que es gay o a una broma que lo sugiere, no le toma importancia y hasta puede llegar a reírse de ello. Pero cuando un “gay de closet” se ve acorralado por esta situación, todos sus miedos se desatan, no soporta la idea de que alguien lo descubra y arremete contra aquellos que crearon esa “farsa” para que se arrepientan por completo de su injuria.

6. Finges la voz. Ya sé que no todos los gays son afeminados, pero a un gran porcentaje de esta “comunidad” les gusta hablar en femenino y como se dice “jotear”. Me sorprendí al encontrar que aún tengo varios amigos así. Uno de ellos cuando está en su trabajo habla con un tono muy grave y jamás pensarías que llegando a casa actúa como una “loca”. Si bien no es un comportamiento adecuado “jotear” en un ambiente de oficina, tampoco quiere decir que debas transformarte y ser dos personas totalmente diferentes. Eso de hecho es una señal de que no eres una persona de fiar.

7. Odias a los “jotos”. Eres el clásico tipo que dice todo el tiempo: “Entiendo que sean gays pero ¿por qué tienen que jotear tanto?”, bueno aquí tu respuesta: “¿Qué te importa?”. Hay gays muy varoniles y también los hay muy afeminados, ambos grupos son personas que merecen ser respetadas así como son. Pero lo que pasa, es que a los “gays de closet”, estos “maricas” o “jotos” les recuerdan contundentemente lo que están ocultando.

8. Eres un absurdo fanático religioso. Todas las creencias tienen mi respeto y cada quien es libre de creer o no en lo que quiera. Pero hay “gays de closet” que incluso van en contra de sus creencias religiosas para demostrar a toda costa que no son gays. Por ejemplo, tengo un conocido “gay de closet”, devoto católico, que asegura que lo mejor sería matar a todos esos “enfermos” (los hombres abiertamente gays). Uno de los mandamientos de su Dios prohíbe matar, y eso es sólo un punto. Pero eso sí, cuando está en la cama con uno de mis mejores amigos, lo que menos quiere es que muera. En general todas las religiones, profesan la paz y amor entre los seres humanos.

9. Frecuentas prostitutas transexuales. ¿Por qué si te gustan las mujeres, le pagas a un transexual para tener sexo? Si bien la sexualidad masculina es basta y no todos los hombres que se acuestan con transexuales son gays, hay otros que utilizan esta “rutina” para esconder su verdadero deseo: sexo con otro hombre. Los “gays de closet” piensan que éste es el escondite ideal, pues es socialmente aceptable. Incluso pueden contarlo a sus amigos heterosexuales que de hecho, lo celebrarán y así no corren peligro de ser rechazados.

10. Tienes cuentas alternas en redes sociales. Con la finalidad de ligar y llevar a cabo tu vida sexual sin que nadie se entere, te ayudas de la tecnología y abres cuentas alternas en Facebook o Twitter, con un nombre y foto que te hacen ver muy distinto a tu versión heterosexual. Un día un hombre así me envió un mensaje privado en Facebook, al principio se me hacía agradable, tenía una charla amena, comencé a revisar su cuenta y vi que no tenía amigos, no posteaba nada y nunca quería profundizar en datos de su vida, luego supe que era un nefasto “gay de closet”.
Amigos el mundo está cambiando, relájense. No es que la homosexualidad sea algo que se deba anunciar a “los cuatro vientos”, pero tampoco es algo que se deba ocultar. No teman, sean hombres valientes y afronten las consecuencias de ser quienes son, siempre con la frente en alto y el corazón en la mano.

Fuente: http://www.enewspaper.mx/
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domingo, 23 de agosto de 2015

Dejad que los gays vengan a mí

Humboldt 52, el bar gay de moda, ya es la efigie del estereotipo. El show de la travesti que interpreta a Rocío Jurado entre espasmos y golpes a puño cerrado en el medio del pecho, y la congregación de pingueros con sus viejos extranjeros colgándoles del cuello como arrugadas mantas de visón. “Dejad que los gays vengan a mí”, parecen decir los dueños de Humboldt 52, que no abrieron el bar porque son muy buenos, sino porque son muy inteligentes. Los dueños se dieron cuenta (y no son los primeros en hacerlo), de que si un público paga lo que tenga que pagar por tener dónde divertirse libremente en las noches es el público gay. Con la apertura al Cuentapropismo y la aprobación de la Ley de Inversión Extranjera en Cuba, más de un negocio particular ha pensado seriamente en volverse homosexual. Ahora ser amistoso con la causa gay es rentable en La Habana. Humboldt 52, estratégicamente ubicado cerca de las calles 23 y Malecón y, por tanto, en uno de los circuitos nocturnos gay más activos en La Habana, abre todos los días de la semana, desde el 25 de mayo del año pasado. Mariela Castro estuvo en su inauguración. El Gueto La idea del gueto cuando vas a las fiestas gay no es tan descabellada. Muchos de estos sitios nocturnos son lo más parecido a cofradías estrictamente cerradas y exclusivas, donde las personas homosexuales se recluyen del mundo externo, y se confinan a un aislamiento que es el resultado inconsciente de la propia búsqueda de la libertad: la libertad, por error, trocada en encierro. Hace un mes le hice la pregunta a Mariela Castro. ¿Es el gueto lo que suprime la exclusión? Mariela Castro respondió: “Lo que nosotros defendemos es que la población LGBTI[1] ocupe los mismos espacios que la población heterosexual. Hay lugares en los que espontáneamente ha surgido este tipo de espectáculo donde va población LGBTI. Para nosotros no están considerados como guetos, sino como espacios artísticos de preferencias culturales. No estamos a favor del gueto, sino de la integración social: que todos participemos en todo”. Federico Graña, un activista uruguayo que estuvo de visita en Cuba durante el mes de mayo cuando se celebró la VII Jornada Contra la Homofobia, habló de cómo se han operado en Uruguay los cambios en favor de la inclusión de la población homosexual en las dinámicas comunes. “En Uruguay –cuenta Federico- hace tres años dos muchachos que se besaron en una discoteca “heterosexual” fueron expulsados de allí. Esto causó un escándalo, y a raíz del hecho se realizó gran cantidad de “movidas”. Así es que se avanza. “Veo que aquí hay un proceso para generar los cambios necesarios a través del Código de Familia. Eso hay que acelerarlo”. “En mi país nos reunimos con sindicatos, con feministas, con organizaciones afro, o sea, intentamos incluir en nuestra causa a una plataforma social amplia. En 2004 las encuestas en Uruguay decían que solo el 38 por ciento de la población apoyaba las uniones de parejas del mismo sexo. A los pocos días de aprobarse la ley se hizo una encuesta que arrojó un 56 por ciento de la población a favor de la ley. Y eso se construyó en 10 años. Cambiándole la cabeza a la sociedad”. La subasta Pasa una cosa en Humboldt 52. Algo que da ganas de esconder la cara entre las manos. Que te pone a pensar en qué momento todos los lugares nocturnos gay desembocan en lo mismo, incluso los que, como Humboldt, están llenando el ostensible hueco que ha dejado la homofobia secular en Cuba. Los viernes, durante el show semanal de la travesti Gala, los dueños del bar llevan a algunos strippers rudos y de hombros curtidos para cebar el morbo de la multitud.

Nótese que los strippers en la mayoría de los sitios nocturnos gay son básicamente los mismos. Muchachos que en su  mayoría se dicen heterosexuales, pero que cuando bajan del escenario y se ponen toda la ropa que se habían quitado, pasean y pasean por el club, macizos y estúpidamente orondos, y terminan algunas veces enredados con alguna groupie o con algún extranjero. Al gay común no lo miran, siempre tienen los ojos puestos en presas más poderosas. En Humboldt 52, sin embargo, las caras de los strippers son caras diferentes, aún tímidas. Rostros principiantes que ahora pasan alguna clase de entrenamiento inicial. Pupilos que nadie sabe de dónde salen. La travesti los presenta y luego les echa encima pomos de agua mineral, y la gente se vuelve loca cuando los ve secarse el pecho con el dorso de sus manos rústicas. Entonces la travesti, que no tiene una idea ni así de cercana de lo que es animar un show, dice, en tono gracioso, unas líneas parecidas a estas: - “Miren, señores, aquí tenemos a este hermoso ejemplar rubio. ¡Qué ojos, señores, qué ojos! Miren, señores, a este ejemplar moreno, para los que les guste el color púrpura”. Y lo primero que a uno le viene a la cabeza es una subasta y la travesti diciendo “¿quién da más, señores, quién da más?: queda esta bicicleta vendida al caballero de la segunda fila”. Lo que debería ser sexy se convierte en un episodio grotesco y repugnante. En el bar gay de moda el cuerpo del hombre es, los viernes, una vulgar atracción de feria. Antes los despreciábamos, ahora les sacamos el dinero Hace aproximadamente un año, cuando Humboldt 52 apenas comenzaba, Le  Chansonier, un bar-restaurante del Vedado, se volvió gay de la noche a la mañana. Le Chansonier fue durante un tiempo el sitio nocturno de moda para muchos gays. Cuando cerró repentinamente (dicen que por una bronca),  Humboldt, que hasta el momento era un bar inofensivo poco tomado en cuenta, y que solo se llenaba medianamente algunos fines de semana, comenzó su etapa dorada. Otros negocios particulares no han tenido tanta suerte como Humboldt, donde los dueños deben estar haciéndose millonarios. Entre otras cosas, el progreso de cualquier negocio particular depende de su ubicación física en la ciudad. No hay mayor cantidad de gays reunidos en La Habana que en las cercanías de 23 y Malecón. Humboldt está a solo una cuadra del Malecón. Las Estaciones, por ejemplo, es un bar particular de condiciones muy decorosas que comenzó hace apenas 4 meses dedicando la noche del jueves al público gay, y aunque ha dado resultado (ya además del jueves abren los viernes y los sábados para este público) queda en la Habana Vieja, perdido entre calles poco populosas. Los bares tienen una ventaja y es que no tienes que pagar para entrar. Te puedes pasar la noche (y es lo que hacen muchos)  esperando que alguien te invite a un trago o alargando una cerveza. Una cerveza allí es como para alargarla lo más que se pueda. La más barata ya está multada. Los cocteles están de 2 cuc para arriba. Y 2 son 4 y  2 son 6 y dos son 8, y sin darte cuenta puedes gastar cuatro sueldos antes de que el bar cierre, a las 4 de la madrugada. Un par de años atrás ningún negocio (ni particular ni estatal) dedicaba un espacio diario y públicamente asumido para los gays El homosexual ha sido, históricamente, una de las escorias más perniciosas ora para la Revolución, ora para una parte grande de la sociedad machista cubana que no iba a permitir que dos tipos se cogieran de la boca frente a ellos. No es malo que abran lugares permisibles para los gays ahora, lo malo es que el beneplácito se lo cobren tan caro. Lo malo es darse cuenta de que la moral, además de con el tiempo, cambia con el dinero.
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La Habana gay, ocho lugares imprescindibles

Los locales de clientela gay crecen en La Habana. La web Cuba Absolutely, una guía para el entretenimiento en la capital cubana, recoge los mejores lugares de la ciudad para este tipo de ambiente.

Desde hace algunos años, el turismo gay y la vida nocturna está viviendo en la Habana un momento de expansión. Son muchos los locales que han abierto sus puertas y que gozan de éxito, como lo recoge la página web especializada en ocio Cuba Absolutely en un artículo en el que recomienda los mejores lugares para vivir la noche en un ambiente gay en la capital.
 
Humboldt 52
De este bar inaugurado en mayo de 2013 destaca la amabilidad de su personal, y la posibilidad de encontrar gente de todo tipo. Se trata de un local con muchos asientos, televisores de pantalla grande donde se proyectan vídeos de música, fundamentalmente artistas cubanos, y con una gran pista de baile.

Son habituales las actuaciones de karaoke, y los miércoles un dúo de ópera que ameniza las noches. Humboldt #52, e/ Infanta y Hospital, Centro Habana. Tel: (+53) 5-330-2989. De 8 pm a 4 am.
 
Cabaret Las Vegas
Aunque no es de los más grandes, sí es un clásico lugar de reunión para homosexuales. Se trata de un lugar oscuro y lleno de humo, lo que hace que muchos no se acerquen, aunque el espectáculo de las 23:00 vale la pena y puede servir como anticipo o complemento a la visita al Humboldt 52. Infanta # 104, e / 25 y 27, Vedado. Tel: (53) 7-870-7939; abierto todos los días de 10 pm a 4 am.

Escaleras al Cielo
Esta discoteca es un lugar de moda cada viernes por la noche, cuando la juventud cubana gay se agolpa en su gran pista de baile al son de un DJ en vivo. Hay una bola de discoteca y un sistema de luces láser sorprendentemente sofisticado para Cuba.

Uno de los más conocidos de La Habana, en el que tampoco faltan las mujeres y hombres que realizan actuaciones. Zulueta # 660 e / Apodaca y Gloria, La Habana Vieja; Tel: (53) 7-861-9198; abierto los viernes de 10 pm a 3 am.



Cine Club Diferente
Este es uno de los mayores lugares para encuentros del colectivo homsexual de Cuba, que tiene lugar cada mes en Cine 23 y 12, regentado por el conocido crítico de cine Frank Padrón, lo que da como resultado un local en el que el celuloide tiene un papel especial y se pueden ver películas que tocan temas de diversidad sexual como Outrage o Harvey Milk, además de la clásica Fresa y Chocolate. Situado en Calle 23 e / 10 y 12, Vedado, el segundo martes de cada mes a las 20:00 h.

Fashion Bar Habana
Uno de los pocos clubes de travestis de Cuba. El propietario, conocido como Luisito, pasó muchos años en Holanda, antes de regresar a la isla, y sabe cómo hacer pasar a sus clientes un buen rato en el local. Según Cuba Absolutely, el personal es magnífico, y el ambiente adquiere más grados a partir de las 23:00 h con un espectáculo de danza muy singular.

Se recomienda hacer reservaciones. San Juan de Dios, esq. un Aguacate, Habana Vieja; Tel: (53) 7-867-1676; abierto los sábados de 9 pm a 4 am.


Café Bar Madrigal
Dicen de este lugar que uno se siente más en San Francisco que en La Habana. ¿Por qué? Decoración pop art, los cócteles de lujo, y la actitud del personal, hacen de este lugar de reunión en un segundo piso un sitio de encuentro para todo tipo de personas, incluyendo a hombres y mujeres homosexuales de 25 a 45 años. 

Un hombre sostiene la bandera gay en una playa de La Habana.Un hombre sostiene la bandera gay en una playa de La Habana.
Lo que este lugar tiene a su favor son los confortables asientos y áreas tan cool como su terraza y la sala de estar, donde también se degustan deliciosos postres. Tiene su parte negativa según la página web, ya que todo el interior es de ladrillo y puede ser ensordecedor cuando hay multitud. Calle 17 # 809, e / 2 y 4, Vedado; Tel: (53) 7-831-2433; abierto de martes a domingo 6 pm a 2 am.

Café Fortuna
Este rincón está algo alejado de la zona de moda, pero dicen de él que es tan acogedor como un local del West Village neoyorquino, con una decoración interior a juego. Hay máquinas de escribir antiguas, radios y otros objetos curiosos que cuelgan de las paredes, y cosas raras como una bañera para dos o un viejo coche americano para relajarse con un capuchino.

Los que desean fumar encuentran aquí un buen lugar para hacerlo, y los que quieren una amplia variedad de especialidades de café bien hecho también lo tienen. 3ra Avenida, esq. un 28, Miramar; abierto todos los días 8 am a 10 pm.

Bar Bohemio
Si buscas un bar relajado, con un ambiente tropical y chill en La Habana éste es el escogido. Propiedad de una pareja de bailarines de danza contemporánea ya retirados, este local restaurante está situado en una mansión del Vedado con estilo sofisticado casual y una terraza llena de plantas, iluminación cálida y sillones individuales.

Lo recomiendan para una primera cita, por ejemplo, por su acogedora atmósfera. Calle 21 # 1065, e / 12 y 14, Vedado; Tel: (53) 7-833-6918; cerrado los lunes.

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