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sábado, 30 de abril de 2016

Gays cumbieros y wachiturros

Gays cumbieros

Desde diversos barrios del conurbano, los miércoles y los sábados, cuando cae la noche, salen en peregrinación chicos y chicas con look deportivo y ansias de cumbia gay. Contra todo pronóstico, la catedral tropical a la que se dirigen está en el centro, en plena calle Cerrito. Moda pasajera o movimiento sexy, la cumbia, sin dudas y desde hace rato, trasciende las fronteras de los géneros.

Desde alguna curva de 2007, la cumbia y toda su carga social, estética y discursiva entraron en la comunidad Glttbi local para hacer sacudir las caderas y algún que otro prejuicio. No había nada más hétero y más homofóbico que la cumbia, parecía. De alguna manera, la banda Kumbia Queers y el comic Cumbiagei fueron la patada inicial que abrieron las puertas a un fenómeno que se impuso no sólo entre los más jóvenes, que rápidamente hicieron propios sus códigos de vestimenta deportiva y vocabulario barrial para darles un giro tropical a sus identidades homosexuales, sino entre muchos otros amantes de esta música.

Prehistoria wachita

Primero esta estética, este código, fue representativo de los pibes y pibas que en los barrios se vestían como los demás en el conurbano: réplicas baratas de marcas como Adidas o Nike, escuchaban cumbia y no tenían otro interés, cada fin de semana, que el de ir a la bailanta con sus amigos. Luego la visibilidad homo aparece en las redes sociales, donde estos chicos y chicas ya empezaban a fotografiarse besándose y declarando relaciones de amor enfundados en sus ropas más cotidianas; así el look callejero barrial empezaba a convertirse sin dudas en el nuevo morbo de un estereotipo gay-lésbico que exigía su lugar entre las fantasías homoeróticas… Y lo demás era sólo ponerle ritmo.

Las primeras juntadas se hacían en el subsuelo de la discoteca gay Angel’s (Viamonte 2168), que pasaba cumbia toda la noche, hace unos años catalogado como el reducto groncho y grasa si los hay, pero luego recuperado como el lugar ideal para conseguir algún machito bien de barrio. Después proliferaron foros y grupos virtuales que ayudaron a comunicar más rápidamente estos encuentros a otros chicos que quizá ya estaban buscando lo mismo. Pero esta movida de liberación Glttbi, como tantas otras, seguía ocurriendo en la Capital, en discos del centro de la Ciudad de Buenos Aires bien lejos de una realidad donde muchos de estos cumbieros gays no tenían dinero para acceder a las discotecas… Paradójicamente, la liberación que ellos mismos estaban delineando se daba bien lejos de una realidad donde muchos de esos cumbieros gays no tenían dinero para acceder a las discotecas. Es llamativo cómo esta cotidianidad de los márgenes fue rápidamente capitalizada (valga la analogía) nuevamente en la urbe, volviendo a dejar afuera a los que ya antes estaban excluidos de las discotecas para chetos. Eso obligó a muchos cumbieritos gays a viajar cada finde hacia la Capital desde sus barrios sólo para encontrar, quizá, algo de eso que buscaban y no encajaba en casi ningún otro lugar, pues se veían demasiado villeros para un boliche gay y demasiado maricas para una bailanta tradicional. Este contexto generó una especie de diáspora en busca del otro semejante, al menos ésa es la promesa de cada noche en la bailanta, pues los ánimos bailanteros son la pura fuerza de estos adolescentes que salen de sus orillas a las luces capitalinas que inflan sus pistas con cumbia, y todo esto look mediante caras perforadas de aritos, celulares con cámara, rapes de peluquería, lentes de contacto celestes y zapatillas ostentosas… Sí, todo bien, pero muy caro. ¡Y todo para lucir lo más barrial posible! Y también para lucir lo más parecidxs entre sí, como cualquier adolescente buscando su pertenencia estética.

El centro de la periferia

Así que el punto de encuentro de los pibes y pibas de barrio, paradójicamente, se dio muy lejos de sus lugares de pertenencia. Un ejemplo de esto hoy está en el microcentro y es el sótano Cerrito Mix. Autodefinido como “la catedral de la cumbia”, este lugar congrega a jóvenes fieles de lo tropical en un marco de tolerancia y descaro marica, pero todo con el look cumbiero de luxe: casacas de fútbol, gorritas, aritos en las caras, cortes de rape y lentes de contacto celestes. Todo tan prefabricado como en cualquier otra discoteca, sólo que aquí se dicen “cumbieros” sin mayores culpas de clase ni pertenencia, pues en este lado del ambiente eso es puro sex appeal. La animadora travesti, la cerveza y los tragos coloridos desinhiben las caderas, y putos y tortas se pasan las horas bailando la misma cumbia que en otra bailanta, pero aquí está la libertad de la identidad que facilita levantes de chicos y chicas en casi todos los rincones de la pista, y los baños por supuesto.

Y hasta aquí todo parece sólo casi una réplica homosexual de una bailanta común y corriente: animador del baile y figuras de dudosa calidad mediática como Zulma Lobato o Los Wachiturros… Y eso de algún modo es así, pues la única travesti aquí es la animadora. Y las identidades trans, ¿qué lugar tienen aquí? ¿Acaso no hay trans cumbierxs? ¿Irán a otro lugar? Luego, de más está decir que ser o parecer un chonguito viril (activo) es lo más cotizado entre los gays de este club… Pero hablándolo con un chico de lo más masculino, me confeso: “Pasa que acá faltan activos” (sic). De lo que entendí que ni siquiera aquí era menos importante la superficialidad de ser UN VARON, en los términos más tradicionales. Esto de la cumbia y la homosexualidad aún sigue expandiendo su revuelo original y como para balancear la escena homomachista este año nace TROPITORTI, una fiesta tropical lesbiana para chicas en la zona de Abasto (www.tropitorti.blogs pot.com) y esto recién empieza…

Tomo una cerveza más y me voy cruzando miradas con algún pibe en la barra y pensando que aun la movida tropical más purista parece distante de esta nueva realidad queer, ya que sólo las míticas Lía Crucet y Gladys la Bomba Tucumana (y sus idealizaciones casi travestis) frecuentan los escenarios de estas fiestas teniendo alguna cercanía con el público gay cumbiero, en lo que por ahora sólo es bailar el mismo playlist que en cualquier bailanta. Pero, ¿será posible imaginar a MC Caco, El Dipy o El Re Tu Tu tocando pronto en alguna fiesta gay o en la Marcha del Orgullo Glttbi? Suficiente para mí. Me vuelvo al barrio, donde los pibes en la calle siguen siendo mi fascinación.

No sos vos, soy yo

Alrededor de este cruce de música tropical y homosexualidad, quizás, y lamentablemente, el registro que más fuerte haya quedado sea el de Los Sultanes con su “Estoy saliendo con un chabón”, una canción aun menos graciosa que los personajes que la interpretaban. Amanerada al ridículo e intrínsecamente homofóbica, este hit mediático sostenía a unas maricas cumbieras que se protegían en el beneficio de la duda desde el título de su disco, ¿Son o se hacen?, y lejos de aportar diversión y naturalidad a ese nuevo movimiento que se avecinaba, Los Sultanes potenciaban todos los prejuicios que se tenían sobre los gays en la cotidianidad de los ámbitos cumbieros más heterosexistas. En las letras de estas cumbias straight, los gays son como las viejas maricas de las comedias de la televisión y el cine, hoy tan anticuadas; en sus letras los gays son afeminados pícaros que apenas pueden tratan de atraer a algún pobre hétero; en general están ávidos y deseantes, pero no van mucho más allá de sólo desear el acercamiento a algún “chabón” que les haga la gracia de mirarlos al menos, insistiendo y sosteniendo una supuesta incapacidad de una relación homosexual con un hombre hétero. Todo eso llevado a escena con malos playbacks televisivos decorados con strippers disfrazados de policías.

Esta experiencia quedó aún en los oídos del gran promedio de nuestro país y ciudades limítrofes, y así Los Sultanes, un producto real o no, fueron el centro de una explosión tropical heteronormativizada con sus ficciones y recursos de caricatura sobre la identidad homo, que muy afortunadamente no hicieron mayor contribución a la nueva cultura de la cumbia gay que empezaba a surgir desde los adolescentes en los barrios.

En un lugar completamente opuesto de la pista, valorando la honestidad y el coraje como medida de autenticidad, allí está la preciosa Dalila, pionera low profile, que en 2001 ya enamoraba a todas con sus cumbias santafesinas sin mayor artificio que su voz y su imagen de lesbiana frontal. Chequear especialmente su tema “Amor entre mujeres”, donde va calentando la temperatura mientras remarca varias veces “que eso está mal”, “que eso no es normal”: “Ese amor es diferente a los demás, / está prohibido / ese amor entre mujeres está mal”. Sólo que por el modo en que están dispuestos los versos, y lo ardiente que se va poniendo la cosa con su voz y con el ritmo, de pronto no entendemos muy bien qué es eso que está mal, ya que enseguida agrega: “Dios ha querido / que a las dos no les importe nada / que otros las vean así”. ¿Será que Dalila se ríe de todos los normales mientras dice abiertamente que Dios ha querido que a ellas no les importe nada? La letra con su ambigüedad continúa en la segunda estrofa: “Y sé que no está bien / amor entre mujeres / que no es algo normal / lo mucho que se quieren / y sé que no está bien / que las juzguen de locas / tenerse que esconder / para rozar su piel”.

A ritmo de cumbia, podríamos decir, para no quedar fuera de tono, que Dalila logra dar vuelta la tortilla.
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"Tortas, putos y cumbieros"


En una de las zonas más ricas de Buenos Aires, nace una nueva tribu urbana: desde afuera se los estigmatiza como wachigays, aunque ellos se asumen como “negros, putos y cumbieros”. Son queers de clases trabajadoras del Conurbano que salen del closet para reclamar reconocimiento simbólico. Adolescentes y jóvenes homosexuales que bailan, se cortan el pelo, se tatúan y hacen del boliche Cerrito Mix una burbuja donde vivir su fantasía. Después de la resaca, reviven la fiesta en Facebook.


Suena Nene Malo y la pista central explota. Germán se sube de un salto al escenario. Directo al caño; a perrear. Lo sigue el Elezeki, que se agarra del otro lado y sincroniza su paso con el de su amigo. El último es Alejandro. Apoya a Germán desde atrás y le sigue el ritmo. Abajo, un grupo de chicos y chicas los arengan a los gritos. Dos morochas se hacen mimos al costado, una encima de la otra; siguen en la suya. Contra la pared, varias parejitas a los besos.

—¿Y dónde están los putos y las tortas a los que les gusta la cumbia? —agita el conductor desde la cabina del DJ.

Y todos dejan lo que están haciendo y levantan las manos.

Los putos y las tortas a los que les gusta la cumbia están acá.

***

Cerrito Mix no es sólo una bailanta gay. Es esa mezcla impensada y subversiva de todos los estereotipos del mundo cumbiero hétero y de la disco marica que no existe en ningún otro lugar de la ciudad ni del conurbano, en una de las zonas más ricas y pacatas de Buenos Aires: el límite de Retiro con Recoleta. A tres cuadras de Plaza San Martín; a cuatro de los hoteles cinco estrellas; a cinco del edificio Kavannagh, el más caro de la ciudad; y a seis de la Avenida Alvear y de sus señoras comprando en Ralph Lauren y Hermès. En Cerrito casi esquina Santa Fe, ahí donde nadie pudiera esperarlo.


Puertas adentro, esto se vive como conquista: “La katedral gay de la cumbia en el corazón de Buenos Aires” dice la bandera en la pista principal. Hasta ahí llegan, de miércoles a sábado, los wachigays: adolescentes y jóvenes de clases populares, homogeneizados por el look wachiturro aunque sexualmente diversos.

Desde las calles de tierra de las villas y los barrios bajos de José C. Paz, San Fernando, Moreno, Merlo, Quilmes, Avellaneda, Monte Grande y Ezeiza. De la periferia al centro; en colectivo la mayoría de las veces o en un remís entre varios cuando hay con qué, o en el tren que los deja en Retiro, Once o Constitución. Y, luego, el último tramo del viaje hasta Cerrito 1058.

La fachada es austera: una puerta negra enrejada; arriba, en letras pegadas sobre la pared, La Mary bar: el nombre que tenía hasta hace tres años, cuando todavía era un lugar de fiestas temáticas. Después, una escalera que baja tres metros hasta un subsuelo y, recién ahí, detrás de una cortina negra de terciopelo grueso, el paraíso de los chicos y chicas que huyen de la homofobia bailantera, la electrónica cheta y los señores cazapendejos. Un espacio utópico. Una burbuja donde vivir la fantasía.

***

Tienen entre 18 y 23 años, códigos de tribu urbana y una identidad en emergencia: son queers de clases trabajadoras que salen del closet para reclamar reconocimiento simbólico. Los de afuera los llaman wachigays, pero ellos no se dan un nombre ni se asumen como colectivo homogéneo. Es mucho más literal:


Somos negros, putos y cumbieros —, reivindica Elezeki. Y sigue bailando con sus amigos en el escenario.

La primera y más radical subversión de las reglas que impone la subjetividad gay hegemónica, con toda su cultura brillante, estética y, sobre todo, de clase media es la apropiación crítica del estigma, rompiendo con la corrección política.

La resistencia a las identidades prefabricadas empieza por el cuerpo (el primer terreno de inscripción ideológica y regulación social): la ropa, el peinado, los piercings y tatuajes aparecen como marcas de pertenencia. Son prácticas que atraviesan a toda su generación, más allá de las clases sociales, pero que en ellos tienen un estilo propio, caracterizado por el exceso. Lo otro, sostienen ellos, el minimalismo y la prolijidad es “cosa de chetos”.

—Acá no corre lo de gordo, flaco, bien o mal vestido. Puto, torta o bi, acá cada uno hace la suya. Sos vos. Sos feliz. Está todo bien. Si sos cheto… Sí, también… Mientras no jodas al resto —dice Nahuel, de Moreno, lentes de contactos azules, 18 años recién cumplidos, un aro expansor en la oreja derecha.

Todos los viernes, de 1 a 3, Cerrito Mix tiene un stand de piercings, otro de tatuajes y un rincón de peluquería. Hay aros desde $ 5, los tatuajes arrancan en $ 50, la peluquería es gratis.

Mientras Pablo, el peluquero, le tiñe unos mechones azules a una rubia platinada, un grupo de chicas, que lo rodean, gritan: “¡Más, más, más!”. En minutos la rubia tiene el pelo multicolor. Al rato, todas las amigas estarán igual.


Los chicos también se animan a los colores, aunque prefieren el corte reggaetonero.

—Ellos quieren el rapado con cresta o coronita. Nosotros le decimos sombreado; pero en realidad es el corte dominicano —dice Pablo—. A veces piden estrellitas o algún dibujo en la nuca o al costado o cualquier cosa.

Los piercings van en la lengua, el ombligo, las cejas y la boca; el más clásico, para chicos y chicas, en el labio superior, como el lunar de Marilyn Monroe. También se los ponen en la nuca, el entrecejo, los pómulos y hasta en el frenillo. Blancos, amarillos, rosas flúo y negros.

Con los tatuajes hay más cuidado. El impulso de la noche mezclado con el alcohol dejan rastros indelebles.Alianzas, nombres y frases dedicadas que a la mañana siguiente no se pueden explicar.

—Hay arrepentidos —dice la tatuadora Rebeca, una lesbiana muy masculinizada, una chonga chonguísima; una de esas que en la cultura anglo se llaman butchers.


Las marcas en el cuerpo son parte de la experiencia. No se trata de lookearse para pertenecer una noche. Lo efímero se hace permanente en un corte de pelo, y definitivo en el agujero de la carne, en la piel tatuada. Esta noche se vuelve el centro de la existencia.

—Divertite ahora porque mañana no sabés que va a pasar. La vida es así, ¿o no?—, pregunta Alan, de 19 años.

El deseo, la trasgresión en la apropiación física, casi endovenosa, de la vivencia. Una reterritorialización corporal: las cosas pasan a toda velocidad, sin tiempo para la reflexión ni la asimilación de lo vivido. Hoy, ya y ahora. Mañana, quién sabe. ¿O no?


***

En Moreno, los sábados la previa empieza temprano. Antes de las ocho de la noche, Alejandro y Germán ya están en la casa de Ezequiel, atrás de Las Catonas, un complejo de monoblocks sobre la ruta 23 con fama de peligroso. Son dos ambientes: una habitación y una cocina con living; aunque grandes: 45 metros cuadrados y un patio. Para Elezeki y su mamá alcanza y sobra. De lunes a viernes, Giselle, de 36 años, trabaja como empleada doméstica en una casa de San Miguel; los fines de semana, en un country de Francisco Álvarez.


Germán viene del centro de Moreno y Alejandro desde más cerca, Paso del Rey. Como casi todos los grupos de Cerrito, tienen cerca de 20 años, se conocieron en el boliche y empezaron a ir juntos. No se encuentran sólo para tomar. Para hacerlo, se podrían encontrar en la estación de tren. La previa es para producirse.

—Escuchamos música, nos sacamos fotos y las subimos a Facebook —, dice Elezeki.

Cada sábado, antes de ir a Cerrito, se retoca las cejas, prolijamente depiladas, se afeita hasta que en la cara y el pecho no le queda ni un pelo, se prueba toda la ropa que tiene: una decena de chombas; muchas rayadas, algunas lisas, versión feria de las marcas de los shoppings.

Después, hay sesión de fotos. En el baño, mirándose al espejo, tirando besos a la cámara, mostrando tatuajes, posando culo con culo. Cuando hay novio, lengua con lengua; siempre en cuero, con el jean a la cadera y los calzoncillos asomando.

—Si no tenés Facebook no existís. Todos tienen… Y así se arman los puteríos—, dice Elezeki.

— Yo ya cerré dos perfiles, porque era un quilombo—, dice Alejandro, que después de separarse dejó de ir a Cerrito durante seis meses. Volvió hace nada más que un par de semanas. Primero a Cerrito. Luego a Facebook, aunque su tercer perfil tiene un nombre falso y sólo publica fotos de espalda o del cuerpo pero hasta el cuello.

A las diez y media salen. Caminan once cuadras oscuras hasta la ruta y ahí se toman un colectivo a la estación San Miguel del ex Ferrocarril San Martín. Les quedaría mejor reunirse en lo de Germán, que vive en el centro de Moreno, en una zona más segura y muy cerca del ex Sarmiento. Pero él es el único que todavía no les dijo a los padres que es gay.


—Mis viejos son grandes, tienen 50, y no entienden como los otros. Para mí que ya se dieron cuenta. Pero no me dicen nada. Ya les diré, cuando tenga un novio y lo quiera llevar a mi casa—dice Germán.

En una hora llegan a Retiro. Suben caminando por Santa Fe. Casi siempre llegan antes de que abran las puertas, a la 1, y se suman a los que esperan en el boulevard de la 9 de julio. A las 12 ya hay diez, veinte o treinta chicos haciendo la previa ahí: besos, cerveza, fernet, vino en caja y alguna lata de speed. Todo se comparte. También el porro, que es la única droga que reconocen. Los que van llegando se suman. El saludo es siempre muy efusivo: más que de encuentro, los abrazos parecen de despedida. No importa si se vieron el día anterior o hace una semana, picos, besos, choque de manos, un salto por atrás, un toqueteo cariñoso y hasta alguna revolcada en el pasto se justifican a la hora de encontrarse.

Apenas se abre la reja negra, cruzan en banda.

Mary (40) y Karina (41), las dueñas de Cerrito, tienen siete años como pareja y casi lo mismo como socias en el rubro disco. Éste fue su debut en la bailanta. En 2010, descubrieron el nicho por casualidad cuando un amigo gay les pidió el local para hacer una fiesta por su cumpleaños. Esa noche, La Mary bar tuvo cumbia por primera vez.

— Nunca antes, en los cuatro años que veníamos haciendo fiestas temáticas, se había juntado tanta gente —, dice Mary. Ni con las punk, ni con las psicodélicas. Ni siquiera con las electrónicas habían tenido a 300 personas bailando toda la noche.

Unas semanas después organizaron la primera fiesta de cumbia gay abierta. Como ninguna de las dos viene del palo tropical, pensaron que con un par de hits y algunos clásicos se resolvía; y le pidieron al DJ que se pinchara unos discos de los más conocidos. Duró poco.

— Yo pensaba que estos guachos no entendían nada. Pero tienen oído los hijos de puta—, les dijo un par de noches después el hombre, antes de renunciar a la tarea de entretener a los cumbieros.

Ni es todo igual, ni es puro hit. La movida tropical tiene una historia; con sus décadas, sus tendencias, sus ritmos, sus clásicos y sus próceres. No es lo mismo la cumbia colombiana que la peruana, la villera que la comercial, la santafesina que la guaracha santiagueña, el reggaeton que el bellaqueo.

—Nosotras no lo sabíamos. Pero los pibes sí. Porque estos chicos nacieron escuchando cumbia—, dice Karina.



Gonzalo “Ghon” Quiroz fue el primero que se los dijo. Fue a bailar en una de aquellas primeras noches de Cerrito —cuando todavía estaba el otro DJ— y las encaró. A la semana, él estaba pasando música. Tenía 18 años; pero uno y cada uno había sido de cumbia. En el barrio Trujuy de San Miguel, donde nació y todavía vive, nunca se escuchó otra cosa. Y en el bar de sus padres, enfrente de la bailanta Copadísimo, tampoco.

Hoy, con 21 años, Ghon es el responsable de ponerle identidad cumbiera a Cerrito. Además de él, hay otros cinco DJs que se alternan en las dos pistas los cuatro días que abre el boliche. Pero la principal –la de mejor cumbia– es suya los viernes y sábados. Alcanza con ver cómo se pone, para entender por qué lo apodaron DJ Tremendo.

— Se siguen escuchando clásicos de los ’90 como Ricky Maravilla, Alcides, Gilda, Amar Azul, La Nueva Luna, Antonio Ríos, Gladys “la bomba tucumana” y Lía Crucet, pero lo que más le gusta a la gente es la cumbia villera y el reggaeton. Todo lo que sirva para hacer meneito, perrear y bellaquear hace explotar el boliche-.

Flor de Piedra, Pibes Chorros, Yerba Brava, Damas Gratis y Repiola son los preferidos de la cumbia villera. Los del Bohío, Los del Fuego, Leo Mattioli, Mario Luis, Dalila y Karina son los reyes santafesinos. En reggaeton, los nombres cambian todo el tiempo y los ídolos son todos centroamericanos. El que la rompe ahora es El dipy con La cumbia de los solteros. Los que la pueden cantar sin problema, se la gritan a los otros en la cara; los que no, cantan y bailan con sus parejas y amigos: Ay, qué lindo que es ser soltero / Como me gusta vivir todo el día al pedo / No trabajo y no estudio porque no quiero / Ven turra que te meneo.

Es el mismo hit de todas las bailantas. Porque la cumbia gay no tiene todavía sus propios referentes. La heterosexualidad monopoliza el mercado y lo seguirá haciendo hasta que las clases populares hagan su propio coming out, el que la clase media hizo hace ya unos años.

La única que tiene un tema explícitamente gay es la rosarina Dalila, Amor entre mujeres. Pero a la cantante no le gustó que su canción fuera el himno de las tortas cumbieras y el día que la llevaron a Cerrito, se negó a cantarlo en una fiesta lesbiana. La excusa fue que no quería “quedar pegada a eso”.

***

“El Massi” es uno de los tres animadores que se alternan en las noches de Cerrito. Desde que se abre la puerta hasta el cierre, ellos van y vienen por todo el boliche con un micrófono inalámbrico: de una pista a la otra, de la cabina del DJ a la barra y del escenario a los baños; bailan entre los chicos, hablan con ellos, venden la barra y arman concursos: la pareja más zarpada, la ropa interior más hot o el mejor tattoo; todo vale para mostrarse y conseguir un trago gratis.


El conductor es una figura institucional de la bailanta. Y en Cerrito, además de arengar y sostener la fiesta toda la noche, su tarea es también poner las reglas: no se puede fumar adentro; drogas, todas prohibidas; sexo en los baños, tampoco; al menor quilombo, todos afuera.

— Las chicas son las peores. Se van a las manos mucho más rápido que los pibes —dicen las dueñas.

Las peleas suelen empezar por celos. No hace falta que alguien se zarpe o que haya contacto físico. Alcanza con una mirada.

—Las mato. Si se meten con ella, las reviento —, dice Antonella, 20 años, la mitad de la cabeza rapada y la otra con el pelo lacio y negro largo. Es una femme: jean ajustado, párpados delineados y un escote en el que calza justo un atado de Marlboro. Sobre el pecho, escrito con fibra negra, la frase “ella es mía”. Lo firma Nicole, la chonga por la que mataría

— Corte que a mí me conocen todos acá, porque vengo desde hace rato —dice Nicole—. Y yo era gato ¿viste? Tenía fama, plata y minas. Pero me enamoré y me rescaté… En realidad, ella me rescató a patadas.

Nicole también tiene 20 y, dice, nació torta. A los 5 años, las maestras del jardín tenían que agarrarla para que no besara de prepo a sus compañeritas y cada vez que la madre le quería poner una pollera empezaba a gritar: “Quiero la remera de Spiderman”. A los 6, le robó la maquinita para cortar el pelo al padre, se encerró en el baño y se rapó. Nunca más lo volvió a tener largo.

— El ambiente torta es jodido. Acá todas se comieron a todas y se arman altos puteríos… Hace seis meses, cuando la conocí a Anto, yo me estaba por ir a la mierda.

La mierda era el norte, Salta, Jujuy, por ahí; lejos. Había cobrado una indemnización de 20 mil pesos por un accidente de moto y tenía para vivir un buen tiempo. Terminó el secundario y estudió “para chef”, pero por ahora no va a buscar trabajo. Quizá cuando se gaste todo lo que le queda. Seguro, cuando se pueda mudar con Antonella. Ya están comprometidas “con alianzas” y Nicole se tatuó en el brazo la fecha en que se conocieron.

—Es que vivimos muy lejos. Ella en Villa del Parque y yo en Quilmes. Además yo no voy a la casa de ella y ella trabaja. Igual cada tanto me la secuestro y me la llevo a casa un mes.

Antonella vive con la abuela porque su mamá murió cuando tenía 12 años y trabaja en un spa de manos y pies de su familia.

— Tengo un tío gay y eso ayudó a que mi abuela se lo tomara bien. A mí me gustan las chicas desde que era una nena, pero tuve novios. Digamos que me convencí acá, cuando la conocí a Nicole.

Mary dice que Cerrito funciona como un espacio de libertad, para probar.

— Pasa todo el tiempo. Más con los chicos, que son los que de entrada tienen más prejuicio. Una semana ves a un pibe nuevo que dice que es heterosexual y que vino a conocer el boliche porque le dijeron que era divertido. Al otro viernes aparece con una remera ajustada. Y al siguiente se está transando a otro —cuenta Mary—. Pero ya tienen otra cabeza. A mí me sorprende la seguridad con la que asumen su sexualidad y la disfrutan. Y la aceptación que hay en el entorno. Acá vienen a bailar en grupos, gays y lesbianas mezclados, con amigos hétero, con los hermanos y muchos también traen a las madres.


Cerrito funciona como un cambio de paradigma: en los boliches gay de clases medias las transexuales tienen que pagar más. Acá, no. Acá, la entrada –que cuando no es gratis es muy barata, de 15 pesos con consumición a 35 con canilla libre de cerveza y tragos– cuesta lo mismo para putos, tortas, trans, bi, héteros. A nadie le importa. Tiene que ver con una decisión de sus dueñas, pero también con una generación que ya nació en la diversidad.

Sin embargo, en el mundo wachigay no todo es homogeneidad de tribu. Los looks marcan diferencias: están los “villeros”, que usan camisetas de fútbol, campera de tres tiras, zapatillas deportivas y gorrita; algunas chicas se dicen las “culisueltas” -nombre de la banda versión femenina de los Wachiturros; y los “maricas” entre los gays, que son minoría. Los wachigays varoniles dominan la escena y se gustan entre ellos. Rochos y rochas, guachos y guachas, guachín y guachina, sirven para todos, más allá de la estética y la identidad sexual. Los “chetos” se reconocen al instante. Cada tanto aparece algún grupo que está de paso.

— No duran mucho adentro. Bailan un rato, toman algo y se van—, dice Karina.

No es la sexualidad lo que articula la identidad. La cuestión no es ser gay, sino ser joven, villero, cumbiero y fiestero.

A los wachigays no les gustan los señores de clase media y en ese sentido funcionan como ghetto. Dice Gonzalo que apenas abrió había viejos en busca de carne fresca, pero dejaron de ir cuando se dieron cuenta de que los pibes sólo les bailaban un rato. Se iban después de que les pagaran el alcohol.


***

En la esquina de la barra un grupo de chicos hace un fondo común para juntar los 85 pesos que vale un súper balde de cuatro litros. El recipiente es flúo, como las luces, la ropa de varios de ellos, y también la mezcla que viene adentro: sidra y tres licores; kiwi, melón y frutilla.

— Nos faltan diez pesos. ¿Quién los pone? —pregunta uno y tres buscan en los bolsillos. Sacan todo lo que les queda.

—Pará, pará. ¿Tenemos para volver? —interrumpe otro.

—No importa guacho. Comprá. Comprá que volvemos careta.


La plata no es un problema: el que la tiene, la pone. Y si a la semana siguiente no consigue, habrá otro que pague. Gastan lo que hay. Y eso se ve a la salida:

—A fin de mes, salen todos tranquilitos, charlando; casi como cuando entraron. Pero si venís del 1 al 10, están todos quebrados—, cuenta Gonzalo, el DJ.

La plata del principio y del fin de mes casi nunca es de ellos, sino de los padres.

—Estudiar ni en pedo. Y trabajar… Mis viejos dicen que mientras ellos puedan, no tengo que hacer nada —dice Agustín, de 23 años. Su respuesta se replica en todos los que lo rodean.

Son pocos los que ya terminaron el secundario y están pensando en hacer algo más. Y en el caso de que haya intenciones, las aspiraciones terminan en algún terciario o una tecnicatura. Nawi, de 18, es la excepción:

— A la mayoría de los chicos no les interesa estudiar y ni siquiera terminaron el secundario. Pero a mí sí. Yo quiero ir a la facultad. Porque me gustaría tener un título para poder progresar. Si no, negro y puto, nunca voy a llegar a ningún lado. Eso me lo dijo mi vieja cuando se enteró que soy gay. Me aceptó, pero me dijo: “Para lograr lo mismo, vas a tener que ser mejor que todos”.


***


El patovica que hace unas horas la saludó con un beso en la entrada, ahora la saca de un empujón por la puerta del costado. Milena llora y el rimel azul se le desparrama por las mejillas; las lágrimas le chorrean también el vestido blanco ajustado, descosido a un costado. Las medibachas negras se le abrieron atrás y apenas puede caminar arriba de esas plataformas con las que bailó toda la noche. Una chonga amiga viene a su abrazo desde el boulevard de enfrente.


—¿Qué hiciste boluda?

Milena se refriega el rimel.

— Nada. La hija de puta esa… Está con otra mina. Qué se joda.

—¿Le pegaste? Qué tarada que sos, boluda. No te van a dejar entrar más.

La amiga la agarra de la mano y cruzan la calle.

Son las 7 y hace una hora que amaneció. Algunos todavía siguen adentro, bailando como si recién empezara la noche. Otros se fueron más temprano con nuevo novio o nueva novia. Elezeki, Germán y Alejandro salen en grupo. Con otros diez van caminando juntos por Santa Fe. En Plaza San Martín se cruzan con unas “viejas” haciendo jogging y unos “yanquis” que miran un mapa de Buenos Aires en la puerta del Hotel Marriot Plaza.

Se despiden en la entrada del Ferrocarril Mitre. Desde ahí, unos se van para José León Suárez y otros para Tigre y San Fernando. Ellos siguen hasta el San Martín. Vuelven al conurbano. No terminó nada. Esto recién empieza. Mañana, en unas horas, la noche seguirá en Facebook.
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Contramano: la discoteca gay mas antigua de Buenos Aires cumplió años

Jose Luis Delfino y Carlos Jauregui
Para la historia del movimiento homosexual en la Argentina, Contramano es algo más que una disco que detenta el record comercial de haber llegado a casi tres décadas de permanencia. De quien era su dueño también puede afirmarse algo análogo: desde la vuelta de la democracia hasta la fecha de su muerte, 7 de septiembre de 2008, José Luis Delfino supo ser algo más que un duradero hombre de negocios de la noche gay porteña. Compartimos una entrevista realizada un mes antes de su muerte por Martín De Grazia*

Alfonsín asumió el 10 de diciembre del 83 y nosotros abrimos el 17 de febrero del 84.

– ¿Qué hacías antes de Contramano?

– Soy contador público. En el momento que abrí el negocio era el subcontador de ATC (N de R: Argentina Televisora Color, hoy canal 7). Yo tenía que viajar mucho, y uno sabía que existían los saunas y estos boliches en Europa y en Estados Unidos. Yo en estos viajes los conocí y se me puso en la cabeza que este tipo de negocio tendría que estar en Buenos Aires, porque Buenos Aires es una ciudad gay. Para mí ya lo era 25 años atrás, por experiencia personal, claro. La gente se socializaba en la calle, nada más. Aunque eran otras épocas: vos hace 25 años conocías a alguien en Constitución, lo llevabas a tu casa, dormía con vos y a la mañana te servía mate. Hoy te acuchillan en cuanto bajas las escaleras de Constitución. Pero, entonces, era así, no había lugares. Había sí algunos que se abrían, se cerraban, o la policía los acosaba y la gente dejaba de ir. Entonces, yo me lo planteé en un primer momento como un negocio. Y la idea era: yo invertía el dinero y un socio trabajaba el local. Yo no tenía mucho dinero, pero estaba en condiciones de invertir en un boliche en ese momento. Estuve dudando, porque era ahorros que tenía, la única plata que tenía: no vengo de familia rica, laburo desde los catorce años. Cuando nosotros abrimos, yo fui a arreglar con la policía, obviamente, porque me correspondía hacerlo…

– Porque de lo contrario el boliche no iba a durar ni dos días.

– La historia es que la policía son varias en Buenos Aires: está el circuito de las comisarías, el de seguridad personal que antes se llamaba Moralidad; después: drogas, menores, etc. Y todos quieren su parte en el juego y en la repartija. Entonces, al asumir Alfonsín, el adalid de los derechos humanos, creíamos que se iban a terminar las razzias, el levantamiento de gente en la calle. Podía uno abrir un boliche gay… Y eso fue toda fantasía mía, porque el esqueleto policial de la dictadura quedó firme, es decir, quedó la misma cúpula. Abrí un viernes, el domingo vino el subcomisario, el lunes arreglo con él, y el miércoles empezaron las razzias de Moralidad. En ese momento abríamos todos los días y se llenaba el local. Y empezaron los problemas. Venía Moralidad y se llevaba gente a diestra y siniestra. Hasta hace poco, yo hacía una estadística de cada día que venían y cuántos se llevaban. A mí me agarraba una indignación muy grande, más allá de que me estaban afectando el negocio, así que decidí acompañar a la gente que se llevaban en cana. Hablaba por teléfono con mi abogado y el tipo iba allá: él me facturaba como un taxímetro. Pero junto con eso empecé a tener una especie de conciencia política que nunca había tenido.

– ¿Antes no había habido activismo de ningún tipo?

– No. Soy de La Plata. Y estudié en la Universidad Mis amistades básicas se hicieron allá Y yo estaba en el closet, como se dice ahora. No divulgaba que era gay, pero en La Plata salía a la noche, tenía mis amigos gays, que la mayoría era toda gente del interior. Lo que pasaba que venían se alquilaban casas y había cinco en una habitación… Después se producía una especie de mutación: se iba y venía un gay. Entonces, había un montón de casas que eran gay. Vos tocabas el timbre: los encontrabas comiendo, durmiendo o cogiendo. La vida fue así mientras que yo estuve allá, cuando vine acá yo seguí siendo contador. Cuando me asocio con un jovencito, yo seguía en ATC . ¿Qué pasaba con este chico? Primero, eligió el personal entre toda gente que no era gay porque le gustaban los chongos. No sabés cómo lo afanaban: no hay placer más grande para un chongo que robarle a un puto. Segundo, si a las dos de la mañana se hacía un levante se iba y dejaba el negocio a merced de esta gente. Entonces, empecé a ir con más frecuencia y terminé quedándome. Renuncié al trabajo y me dediqué al negocio a pleno. En estos interines, se daba que había que defenderse, armar alguna agrupación para hacer frente a esta arbitrariedad. Yo tuve reuniones con los boliches, porque después que abrí, enseguida empezaron a aparecer otros bolichitos. Inclusive algunos que no eran gays, pero que eran frecuentados, como era Viejos Tiempos, que estaba atrás de Obras Sanitarias, sería Ayacucho y Viamonte. Iba la policía y paraba el 60, que pasaba por ahí, y hacía bajar a todos los pasajeros y subía a toda la gente del local. Y al departamento de policía. Entonces, la idea era hacer un frente con los boliches gays, en defensa del derecho de ejercicio de comercio, etc. Todo el mundo se lavó las manos. En una segunda reunión, en la que íbamos a estructurar esto, no fue nadie.

– En su libro, Carlos Jáuregui cuenta que, a raíz de una razzia en un bar llamado Balvanera, ex miembros de una Coordinadora de Grupos Gay convocan a una asamblea en Contramano para tratar el tema. Se forma una agrupación que luche por la defensa de los derechos de los homosexuales

– El acta fundacional de CHA se redactó en Contramano, en la reunión en que se intercambiaron ideas sobre cuál eran las estrategias a seguir: publicar solicitadas, pedir audiencia al Ministerio del Interior… Se discute todo eso y se decide conformar una comisión directiva. La CHA surgió en esa misma reunión como nombre. Yo sugerí Comunidad Homosexual Argentina. Eso se votó y se aprobó. A partir de ahí había gente que tenía militancia, tenía más experiencia que yo. Yo fui el primer tesorero de la CHA y vicetesorero era mi socio. De ahí empezaron a armarse folletos, juntar guita para hacer cosas. Se armó una estructura de grupos que oficiaban individualmente y después mandaban un delegado a una reunión central. Y políticamente me fui formando. Así, lo conocí a Carlos Jáuregui.

– ¿Qué papel jugó Carlos en esta historia de las razzias a los boliches gays?

– En varias oportunidades, Carlos me acompañó al departamento de policía por esta historia de las redadas. Y en una oportunidad, vino la policía y él se puso al frente y dijo que o los llevaban a todos o no llevaban a nadie.

– Te referís a la famosa razzia del 85 en Contramano.

– Sí. Tengo un recuerdo muy vívido de esa redada policial. Fue la actitud de él: de enfrentamiento casi inconsciente, de pararse delante del que estaba haciendo el operativo, que no dio bolilla al principio. Y seguirlo y decirle: ”Ud. no se lleva a nadie de acá”. Y empezó a cantar el himno, y toda la gente lo siguió. Les importó un carajo, porque la redada la hicieron igual. Se llevaron bastante gente.

– ¿Carlos frecuentaba Contramano?

– Él venía casi todas las noches: era habitué. Quizás había una temporada que desaparecía. Pero, en algún momento de la noche él llegaba al boliche. Mi trato pasaba por esto: charlar, me comentaba lo que estaban haciendo. Cuando se partió la CHA, yo me borré porque quería tener buenas relaciones con unos y con otros. No quería ser parte de la interna. Pero seguí estando al lado de ellos de la forma que podía en esos momentos, ayudándolos econonómicamente. Y con Gays DC también colaboré.

– Colaboraste económicamente desde el comienzo

– Para solventar una solicitada o panfletear a veces hacía falta guita. Yo, en la medida que pude, siempre colaboré. Nadie de la CHA estaba cobrando sueldos en aquella época. Se hacían colectas en el local: venían chicos con unas latas de galletitas y la gente ponía plata. Al principio, la Asociación se había planteado como paga una colaboración –de lo cual se hacían responsables los grupos– que era, ponele, dos pesos, nada. Como tesorero, hacía la lista: ”falta esto, tendríamos que haber recaudado tanto, pero no se recaudó nada”.

– ¿Cómo recordás al Carlos de esa época?

– Fundamentalmente, como un ser humano. Yo no mistifico su figura. Nunca quise tampoco transformarme en una viuda de él (porque está lleno de viudas de Carlos). Era un tipo franco, a veces era muy divertido. Era alguien que estaba muy comprometido con la causa; él no tenía problemas en salir a la calle o en los medios. Y además era provocador, porque le preguntaban: ”Usted se considera gay”, y el respondía: ”No, no soy gay, soy puto”. Con lo cual le quitás todos los argumentos despectivos al interlocutor y lo dejás tambaleando. En el primer piso de nuestro negocio hay una foto de él, que es la única que hay de Carlos Jáuregui sin anteojos. Las nuevas generaciones a veces me preguntan ”¿y ése de la fotografía quién es?”. Era Carlos Jáuregui, el fundador de la CHA.

– ¿Qué pensás que quedó de su activismo?

– Que mucha gente del ambiente tomó conciencia de que había que hacerse valer, de que el closet no sirve y que hay que luchar para obtener la igualdad.

– Carlos luchó mucho por la inclusión de la orientación sexual en la ley de antidiscriminación. Luego de muerto se logró ingresar en la nueva legislación de la Ciudad de Buenos Aires. ¿Disminuyó la represión policial en los boliches gays desde entonces?

– Sí, eso seguro. Por ahí no fue un click de un día para el otro, pero sí como que las cosas fueron aflojando. La gente no tiene tanto miedo.

– José Luis, muchas gracias por este testimonio.

– Espero que te haya servido. Son muchos años…
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domingo, 10 de abril de 2016

Buenos Aires: BOLICHES GAY, LAS DOS CARAS

Buenos Aires es conocida por sus largas, apasionadas y alocadas noches, donde gran cantidad de chicos y chicas disfrutan de la vida nocturna y buscan pasar buenos momentos junto a sus parejas, amigos y gente querida. La gran diversidad de lugares que ofrece la city porteña atrae a más de uno: bares con distintas ondas temáticas, Pub Crawl en San Telmo y plaza Serrano, movidas artísticas y culturales, shows cómicos como los conocidos Stand up y sobre todo, una gran variedad de lugares bailables para todos los gustos. Entre ellos están los boliches gay. Muchos pibes creen que estos lugares son exclusivos para homosexuales, pero esto no es así. Un montón de chicos y chicas heterosexuales eligen pasar sus noches bailando y divirtiéndose en los tantos boliches gay que se encuentran ubicados en distintos barrios de la ciudad. Pero muchos otros admiten que tienen un rechazo o un “tabú” de acercarse a un boliche de este estilo. En general este desagrado hacia esos lugares se debe a preconceptos o rumores que nunca se saben bien de dónde vienen.

Estamos en el año 2014 y la homosexualidad ya es parte del escenario urbano porteño. Hombres abrazados y mujeres caminando de la mano es una escena que se puede encontrar en las calles de Buenos Aires, si uno quiere abrir un poquito los ojos. Esto es algo que también se ve reflejado en otras grandes ciudades como Rosario, Córdoba capital, La Plata, Mar del Plata y Paraná. Tal vez, las parejas homosexuales tienen un cierto rechazo en pequeños poblados o asentamientos rurales que, por costumbres, religión o ideologías propias, le dan la espalda a este tipo de parejas. Sin embargo, este “rechazo” ha ido desapareciendo a través del tiempo y ya son muy pocas las personas que ignoran o destratan a los homosexuales. La sanción de la ley que permite el matrimonio entre personas del mismo sexo en el 2010 fue un gran avance. Permitió que algunos sectores conservadores recapacitaran y observarán que la aprobación de esta ley no era tan “catastrófica” como ellos planteaban. Y así fue. Esta nueva ley no provocó ni un declive en la sociedad ni nada por el estilo. Países como Bélgica, Brasil, Canadá, España, Francia, Dinamarca, Holanda, Noruega, Nueva Zelanda, Portugal, Reino Unido, Sudáfrica, ya habían instalado en sus sociedades esta ley, mucho antes que la Argentina. Y en todos ellos termino siendo un gran avance en materia de Derechos Humanos.

Los boliches gays son lugares para bailar como cualquier otro. Se encuentran presentes en todos los países nombrados anteriormente y en muchas naciones donde aún no hay leyes que aprueben el matrimonio igualitario. Con respecto a la Argentina, los boliches gays ya estaban presentes en la mayoría de las ciudades del país muchos antes que se sancionara la ley de matrimonio igualitario. Seguramente y como se ha visto en los últimos años, muchos chicos y chicas van a animarse a decir públicamente su orientación sexual sin vergüenza y sin miedo de ser discriminado, y sabiendo que hay leyes y distintos organismos que los protegen.

La experiencia de dos hombres con distinta orientación sexual es contada a continuación. Ellos relatan sus anécdotas en boliches gay:

Mauro tiene 31 años, vive en Palermo y es gerente de varios locales gastronómicos. Nació en la ciudad de Junín, provincia de Buenos Aires y a los 18 años se vino a estudiar la carrera de Relaciones Internacionales, poco después de haber admitido su homosexualidad a su familia y amigos. Él cuenta su experiencia en boliches gay:

¿Cuándo fue la primera vez que fuiste a un boliche gay?

Habrá sido 12 años atrás más o menos, creo que en el año 2001, 2002, si no me equivoco. Cuando fui por primera vez tenía 18 o 19 años.

¿A cuál fuiste?

Amérika fue el primero, que está en Gascón y Córdoba. Fui cuando recién abría. En ese momento estaba muy bueno.

¿Por qué se te dio ir a un boliche gay?

La primera vez que fui era porque iban unas amigas, me invitaron, me insistieron mucho y bueno accedí.

¿Qué idea o imagen tenías de estos antes de ir por primera vez?

La idea o el concepto que tenía de los boliches gay venían de rumores que me habían dicho algunos conocidos o imágenes que había visto en la tele. Lo veía como un “antro” lleno de gente pervertida. Eran todos puros prejuicios porque nunca lo había podido comprobar. A pesar de ser gay, la verdad es que yo también tenía una fea imagen de estos boliches.

¿Después de ir a bailar allí, ¿te cambio esa imagen que tenías?

Sí, esa “mala” imagen me cambió completamente. Nada que ver con lo que yo pensaba o con lo que me habían dicho. Lo que vi en Amérika es que era un lugar donde había toda una movida artística, bailarinas, bailarines, un montón de travestis con mucha producción, buena música, mucha de esta no se escuchaba casi en ningún lado. Había también muy buena onda, la gente se divertía como en ningún lugar, con mucha libertad y fue eso lo que terminé descubriendo.

Amérika es conocido por presentarse muchos famosos, ¿Has visto alguno?

Sí, a un montonazo! Guido Suller, Samanta Farjat, Natalia De Negri, Florencia de la V, Moria Casan y Sofía Gala.

¿A cuántos boliches gay fuiste? ¿Cuáles?

Y no sé a cuántos fui. Habrán sido 10 o más. Seeches, Rheo (que está en la Costanera); Contramano, que si no me equivoco ya cerró; Glam y Amérika. Después está toda la modalidad nueva de los boliches que organizan fiestas en teatros y distintos lugares como Fiestas Plop y Eyeliner.

¿Cuál de esos fue el que más te gustó?

Creo que las fiestas Plop y Glam son los que más me atraen, sobre todo por la música.

¿Y el que menos te gustó?

Y hoy, el que menos me gusta es Nitches, porque no me agrada el ambiente de gente que hay ahí, mucha gente promiscua o muchas personas desubicadas que se regalan sexualmente y se vuelven un poco pesados. Pero bueno, esto hoy en día pasa en todo tipo de boliches. No hay que decir que eso solo sucede en los ambientes gays porque no es así.

¿Observás que hubo un cambio en la sociedad a partir de la ley de género sancionada en mayo de 2012?

Lo que veo es que desde que se sancionó esa ley la sociedad está mucho más abierta a estos temas. Ya no hay problema con que alguien sea gay, lesbiana o bisexual. Es cosa de uno. Y esto lo puedo ver en los boliches. Por ahí sigue en debate el tema de la adopción. Yo estoy a favor, pero bueno, eso es un tema aparte. Además la ley ya está aprobada. Creo que ha sido un gran avance para la Argentina en materia de derechos humanos. Eso me pone muy contento porque siento que el Estado piensa también en los grupos minoritarios.

¿Recomendarías a chicos y chicas heterosexuales a perder el miedo, el tabú, de ir a boliches gays?

Sí, totalmente. Me parece que es una onda diferente, con un ambiente distinto. Son fiestas y boliches donde la gente le pone mucha más onda y el ambiente es relajado. Hay muchos boliches gays que son atractivos para heterosexuales por la buena música que pasan. Pero creo que no hay nada que temerle a los boliches gays. Hoy en día tenés muchos ambientes distintos, como está la onda heavy metal con sus propios boliches y bares, ambiente dark, hip hop o bailantas de cumbia. Y los boliches gay como todos estos lugares, tienen el acceso abierto a todas las personas.

Maximiliano es heterosexual, tiene 23 años y es estudiante de gastronomía. Vive por Belgrano, a pocas cuadras de la casa de su novia. Su pensamiento acerca de los boliches gays ha cambiado a partir de que fue a bailar a uno. Él entrega su relato:

¿A qué boliche gay fuiste por primera vez?

Por primera vez fui a la fiesta Jolie en febrero de este año, que está ahí cerca de Plaza Serrano, en la calle Costa Rica. También fui a la fiesta Plop, en el Teatro Vortherix y a Rheo, que no me gustó mucho porque es muy cheto.

¿Por qué decidiste ir a uno de esos boliches?

Digamos que la primera vez que fui a un boliche gay fue porque a mi novia le gustaba mucho esa movida, la onda y la música que había en esos lugares. Al principio no quería ir, siempre me habían asustado un poco los homosexuales y tomaba distancia de esos lugares pero después de un tiempo, ella me hizo entender que no había nada de malo en ser gay o ir a un boliche gay. Cada uno sabe lo que hace y no hay que meterse en la vida personal de los demás. También tenía entendido que a estos boliches solo iban homosexuales, pero después entendí y pude ver que a esos lugares van gays, lesbianas, heterosexuales y hasta en algunos se ven travestis.

¿Qué pensabas de los homosexuales antes de ir a un boliche gay?

La idea que tenía era por no conocer o no relacionarme con personas o amigos de gays. A los homosexuales los tenía como que todos eran unas “locas” terribles que lo único que buscaban era sexo y eso a mí nunca me gusto. Sinceramente prefería alejarme de ese ambiente.

Después de ir a bailar, ¿te cambió ese pensamiento?

Sí, terrible! Mi novia me ayudó mucho en eso. Ella es una chica muy abierta a todos estos temas y logró que yo pueda tener más tolerancia con las personas que no tenían los mismos gustos que yo. Te puedo llegar a decir que hoy en día me gusta más la Fiesta Plop que un boliche normal, ese lugar me encanta. Suelo ir bastante seguido. Pasan mucha electrónica que es lo que más me gusta.

¿Y qué pasa si un chico te viene a tirar onda?

Los chicos no se te están tirando encima, ni nada por el estilo. Cada uno está en la suya y si uno viene a tirarme onda hay que ser tolerante y le explico que no me gustan los hombres, y aunque quisiera estar con el chico, no podría porque mi novia me mata (se ríe).

Pero lo que no me gusta es cuando alguno se pone medio borracho, cargoso y empieza a hincharme para que le dé un beso. Pero bueno, pasa en todos lados. No hay nada de que asustarse. Le decís que no y punto.

¿Recomendarías a chicos y chicas heterosexuales a perder el miedo, el tabú de ir a boliches gays?

Sí, obvio. Hay que perder el miedo de ir a esos lugares. Yo nunca había ido a un boliche gay y sin conocerlo, me causaba rechazo. Pero fíjate, una vez que fui mi cabeza cambió completamente. Por eso le recomendaría a cualquier persona ir a un boliche de ese estilo. Se van a cagar de risa. Seguramente vayan a pasar una noche divertida, diferente y eso le abre la cabeza a muchas personas. Y si alguno tiene alguna duda, puede ir a cualquiera de los tantos boliches gays que hay acá en Buenos Aires, para que uno mismo pueda hacer su propio análisis como lo hice yo.
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viernes, 4 de marzo de 2016

San Telmo, ¿el nuevo barrio gay?

Qué tiene San Telmo de ese marketing que lo define como novedad gay–friendly. Quizá, las particularidades por las que es elegido no sean comerciales y la historia haya comenzado hace tiempo.
San Telmo siempre fue uno de los preferidos por las personas homosexuales por su bohemia, arte e intelectualidad pero también la convivencia con diferentes grupos sociales y culturales. Por eso es que la actual denominación de barrio gay friendly no sea tan caprichosa como parece. ¿Qué otro barrio podría serlo si no?

Convivencia en la diversidad

Sin embargo, esa nueva categoría no logra describir a San Telmo. Uno de los posibles motivos es que ya no sea necesario, en Buenos Aires, un barrio con esas características, como sí lo fue en Madrid, San Francisco y París, por ejemplo, donde se conformaron en una época en que hacer comunidad gay era una necesidad territorial, de comodidad y de seguridad. Por lo tanto, también de felicidad.
Juan Pablo García, quien vive hace muchos años en el barrio y es camarero de Rara Bar, opina que “pensar en un barrio gay es aislarse y alejarse de la convivencia con otras personas… San Telmo es un lugar donde existe la integración”, por lo que no considera necesaria la existencia de lugares exclusivos.
Pero hay otra razón con peso propio: San Telmo tiene una identidad difícil de domar, desarrollada a través de más de un siglo de esplendor, de abandono y decadencia y, también, de cierta resistencia, que condiciona cualquier intento de imposición de modas culturales y económicas. Exige el conocimiento y la adaptación a su idiosincrasia pero, a cambio, propone una convivencia en una rica diversidad.
Juan Palacios, uno de los camareros de Pride Café, describe al barrio como “heterogéneo, un conglomerado de marginados, artistas, bohemios, tangueros y extranjeros que lo eligen como lugar para vivir. Conserva la esencia de barrio y al mismo tiempo no existe el temor a la exposición”, asegura.
Es así como hoy esta zona acoge a los lugares orientados al “público gay“ porque siempre fue un barrio abierto como lo fue con los negocios de moda y diseño siendo un referente en antigüedades; con los nuevos restaurantes de cocina de autor que se suman a las cantinas y bares tradicionales; y con las nuevas galerías de arte habiendo sido cuna de grandes artistas plásticos que lo eligieron, hace varias décadas, como lugar para vivir y crear.

Rompecabezas

Parece que las razones por las cuales las personas gays eligen vivir en San Telmo, entonces, tienen más que ver con la vida sociocultural y la tranquilidad de poder expresar su vida afectiva y sus gustos de una forma más libre y segura, y no tanto con las propuestas comerciales de lugares exclusivos y excluyentes ya que, en realidad, hay pocos de este tipo.
Morela Pérez, propietaria de Bleucards, Mapa Gay de Buenos Aires, ahonda: “Pensar San Telmo como un ‘distrito gay’ fue una propuesta y apuesta comercial, proyectada al turismo internacional; pero el barrio conserva una cultura bohemia que permite la interacción, sin importar si se es gay o no”.
Por otro lado, Martha Miravete Cicero, coordinadora de Grupo de Mujeres de la Argentina, acepta que esta estrategia de venta “puede ayudar a cambiar la mentalidad social de la ciudad y traer consigo cambios positivos. Pero hay que tener cuidado porque podría ser visto como un guetto, con el consiguiente riesgo de caer en la auto discriminación, que no es lo que necesitamos”, explica.
Táctica comercial y necesidad de integración se complementan y la existencia de lugares que están orientados comercialmente al “público gay” sigue siendo necesaria por diferentes razones: una de ellas es la de tener espacios donde encontrarse con pares.
Por eso, en esta nota se propone un breve recorrido por algunas de las experiencias locales, piezas de un rompecabezas que no exige ser armado ya que cambia constantemente con la dinámica de la sociedad y que muestran algunos colores que no suelen ser vistos por todos. Estos lugares representan las diferentes maneras en que gays y lesbianas fueron encontrando, y encuentran, lugares para su expresión, contención y diversión.

En privado

Hace más de una década, una casa antigua ubicada a treinta metros de Plaza Dorrego abrió sus puertas para ofrecer un espacio para hombres donde estar y compartir reuniones con pares, cenar y participar de diferentes actividades. Con el tiempo se fue perfilando como un exclusivo Bed & Breakfast orientado al turismo externo e interno. Hoy, Lugar Gay ofrece a sus huéspedes un ambiente reposado e íntimo en pleno corazón de San Telmo.
Daniel Montes, uno de sus encargados, oriundo de Pergamino, cuenta que vino a esta ciudad porque deseaba vivir con su pareja en forma más libre, ya que en el interior del país la mentalidad de la gente es “más cerrada”. San Telmo le gusta porque es “un lugar tranquilo; no hay problemas, no se percibe la discriminación salvo en casos aislados”. Hoy trabaja en uno de los pocos lugares que lucen en su balcón la bandera con los colores del arco iris y donde los domingos los profesores de la Milonga La Marshall dictan clases de tango.
Defensa 1120. Exclusivo para hombres.

La esquina del sol

En un rincón del barrio floreció hace cuatro años un espacio con un diseño moderno, buena cafetería y pastelería y una amplia selección de revistas con imágenes de calidad. A partir de su nombre –que apela a una palabra muy significativa para la comunidad homosexual: orgullo, y que afirma su estilo- Pride Café se perfiló como un lugar casi exclusivo para gente gay pero en realidad es una esquina soleada que gusta a todos.
Convive con la Universidad del Cine, la Facultad de Ingeniería, oficinas públicas y privadas, una feria de artesanos, las clásicas casas de tango Bar Sur y El Viejo Almacén y los viejos almacenes del barrio, un fast food, la elite musical de La Scala de San Telmo, la avenida Paseo Colón y, un poco más allá, Puerto Madero.
Balcarce y Pasaje Giuffra

Internacional y hetero-friendly

La primera cadena de hoteles dirigida al “colectivo gay” decidió abrir su segunda sucursal en esta ciudad y, específicamente, en el “genuino San Telmo” (aunque queda en el límite con Montserrat), siendo el primero en Latinoamérica. Sus creadores definen a Axel Hotel como “un espacio donde cualquier persona sin prejuicio de su tendencia sexual es bien recibida, respetada y valorada. Es un hotel con filosofía heterofriendly”.
En la elección del barrio, explican, fueron determinantes sus características: historia, arquitectura, ambiente cosmopolita, mitología tanguera –en su versión homoerótica– la cultura y el arte, que lo hacen siempre vigente. Una especial combinación que no tienen ni Barrio Norte ni Palermo y que a sus dueños catalanes gustó, quizá, por tener como referencia el Casco Antiguo de Barcelona, donde está su sede original. Pero San Temo está lejos del nivel de otros barrios antiguos europeos en tanto conservación, cuidado, limpieza y propuestas comerciales. Sin embargo, el crecimiento y la calidad de la zona es una promesa en la que el proyecto Axel confía.
Por su identidad, categoría, estilo y servicios puede resultar un tanto extraño y frío para sus vecinos. Sin embargo, desde allí se promueven recorridos por circuitos comerciales de San Telmo y ofrece servicios de esparcimiento y gastronomía abiertos a todo público.
Venezuela 649

¿Bailamos?
El Tango es un baile sensual. Pero, ¿qué sucede con esta danza de roles claramente definidos cuando quiere ser bailada por personas de un mismo sexo? ¿Se deja bailar? Para Mariana Falcón, la profesora y creadora de Tango Queer, esta pregunta cuestiona los lugares de sexo, género y orientación sexual y posibilita la expresión de los sentimientos de una manera más libre.
Desde esa mirada creó un espacio liberado en donde los integrantes de las parejas bailan los roles que más les gustan, los que más sienten y hasta se dan el gusto de intentar con ambos: el femenino y el masculino. “Tango Queer es un espacio abierto a todas las personas, de encuentro, de sociabilización, de intercambio y de práctica, en el que se busca explorar nuevas formas de comunicación entre quienes bailan”.
Esta propuesta es especialmente atractiva para personas gays y, aún más, para las chicas, según la profesora, quien reconoce que las lesbianas tienen más dificultades que las parejas de hombres para encontrar lugares donde sentirse cómodas. Tango Queer es un ambiente realmente mixto, donde las clases y la milonga se acompañan con charlas, empanadas y vino.
Martes desde las 20. Perú 571

¿Y las mujeres?

Las mujeres lesbianas no tienen la misma forma de vivir los espacios públicos que los hombres y comparten con todas las mujeres la misma problemática de género. Las lesbianas, muchas veces, parecen no existir para el resto de la sociedad, denotando su componente machista pero, también, que ellas tienen diferentes gustos: más intimidad y menos exposición, pero quizás más temor a la discriminación.
Los lugares exclusivos para chicas son escasos. El año pasado tuvo una existencia breve Verona, en Hipólito Yrigoyen al 900, que funcionaba como un bar y un lugar para bailar.
En el barrio, también funcionó Simón en su Laberinto, un lugar que conjugaba buena gastronomía y espectáculos nocturnos que, casi sin querer, se fue convirtiendo en un punto de encuentro para chicas lesbianas. Andrea Merellano, la ex dueña de “Simón” y actual encargada del resto-bar Las Mazorcas, nunca tuvo la intención de crear un lugar exclusivo para gente gay.
“El mito de que San Telmo es el barrio gay fue un invento de algunas inmobiliarias, que intentaron crear una movida comercial alrededor de todo eso. Pero no explotó como pensaron, nunca se armó toda esa movida”, dice.
Al contrario, ella comparte con la mayoría de los entrevistados la idea de que existan lugares que promuevan la integración y la apertura, fenómeno que evidentemente está sucediendo en San Telmo.


un estencil del barrio defendiendo a las lesbianas

El hombre es como el oso…

¿Dónde están los varones de pelo en pecho que no se cuidan mucho con las comidas, tienen aspecto de guardabosques, valoran la masculinidad propia y -detalle importante- la de sus amantes?
En el Club de Osos de Buenos Aires que funciona muy cerca de San Telmo. Osos se hacen llamar los muchachos que por decisión, por gusto o por imposibilidad no comulgan con los patrones que definen, hoy, a la “estética gay” y en cambio cultivan una erótica de cuerpos gruesos y velludos.
Allí, se organizan reuniones, actividades culturales y recreativas, tienen un bar, ofrecen contención, protección y asesoramiento en derecho y salud.
Humberto Primo 1664

¿También por Iglesia?

”Soy un convencido de que si dos personas se aman (sean del sexo que sean) y dan gracias a Dios por ello, la bendición sobre su unión significa hacer explícito lo que la gratitud a Dios de esa pareja ya implica.” Con estas palabras, el pastor Andrés Albertsen de la Iglesia Dinamarquesa de Buenos Aires justificó su buena disposición para oficiar la boda de Virginia y Jessica, las primeras mujeres en casarse por Iglesia en América Latina, e instó “a colaborar para que la ceremonia religiosa se convierta en el mejor comienzo para una fiesta que merece la reunión de amigos y seres queridos”.
La pareja de chicas debió pasar previamente por el Registro Civil haciendo uso de los derechos que rigen en la Ciudad Autónoma de Buenos Aires desde 2003. De orientación luterana, esta iglesia es la única en el país que permite los casamientos entre personas del mismo sexo.
Carlos Calvo 257

Somos iguales

Este recorrido por distintos lugares públicos y comerciales es sólo una excusa para representar el verdadero significado de la “cuestión gay” en San Telmo: los habitantes que lo eligen para vivir y también los que lo visitan.
Todos amamos y necesitamos contención, queremos expresarnos, reunirnos con quienes nos sentimos identificados, divertirnos públicamente y en privado sin ser discriminados. Somos hijos, padres, tíos, sobrinos, amigos, formamos familias de maneras diferentes, somos vecinos, jefes y empleados, comerciantes, profesionales y desocupados.
Todos necesitamos vivir en una comunidad en donde se respeten las diferencias. Una sociedad en la que, además de ser seducidos por el mercado necesitamos, en forma prioritaria, que se nos concedan los mismos derechos civiles ya que nos competen las mismas obligaciones.
San Telmo es un ejemplo de convivencia y de respeto por la diversidad; lo sabemos cuando caminamos sus calles, cuando vamos al mercado y cuando nos encontramos en sus bares.
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