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sábado, 30 de abril de 2016

El Gay Town de Santiago



Recordar la pobla y el resumo de sobaco y ropa con olor a detergente, de saber que ya no vivo en ese paisaje del Santiago sur, donde aún los bloques de tres pisos siguen siendo la estantería habitacional de los pobres, el amontonamiento ilusorio progresos encajonados en esos pocos metros de convivencia. Que digo, si la llamada convivencia, allí, es una jaula de llantos, peleas y gritos que atraviesan las frágiles murallas, los tabiques de cartón de mi viejo barrio que nunca me quiso, nunca me soportó y menos pudo imaginar que el maricón del tercer piso le daría una estrella de gloria a la descolorida pobla. Porque ahora, a veces, al regresar, casi todo el mundo me saluda, me reconoce, me felicita, y nadie se atreve a gritarme la vida como entonces, cuando tan chico, apenas un niño, debía dar un rodeo de tres cuadras para no pasar frente al grupito de la esquina, la patota del club deportivo siempre con la talla a flor de labios, siempre con la burla cruel que hería mis oídos, que me hacía odiarlos a muerte e imaginar que yo podía transformarme en superman y con una mirada de rayo láser cortarles las cabezas. Por eso hoy recuerdo esa infancia con algo de ternura y rencor, con sangre amarga que tragué después de alguna golpiza, con ese gusto opaco del semen proletario en el tufo del amanecer, esa primera vez (puede ser) que un macho pendejo excitado me hundió la cabeza en la selva hormonal de su entrepierna.

Al partir mi madre cerré ese capítulo, ya no había nada que me atara a esas cajas de cemento y a los tierrales sin alma de la zona sur. Ella se llevó de un plumazo funerario mi biografía rasguñada en esos escampados. Y así de simple, como quien cambia de camisa manchada de rubor, me mudé del territorio, descubrí una casita flaca y sin bulla en un pasaje de Bellavista, cerca del río, a los pies del cerro San Cristóbal, en la calle Loreto, columna vertebral del Gay Town santiaguino. Pareciera pecar de esnob (que vieja palabra) al bautizar así al barrio coliza de la capital, pero no exagero y tampoco quiero develar tanto el sobrio territorio marica que, poco a poco, fue instalándose en las riberas del parque Forestal y principalmente en Miguel de la Barra, la calle más amplia de la urbe, que tiene cierto encanto neoyorquino, como diría una siútica. Desde allí, bajando el cerro Santa Lucía por atrás, donde la municipalidad instaló una fontana de agua con Adán y Eva, al estilo florentino (very Europe) se puede comenzar el tour gay que ya ha dejado atrás la parisina calle Rosal, como también los sex shops al final de la calle Huérfanos y la esquina del levante erótico donde los taxi boys ofrecen su pelvis remunerada simulando que esperan un colectivo. De caminar distraídamente por allí, hacia el parque, resaltan algunos cafetines en la vereda, con las típicas parejas gay, mirándose a los ojos en el vapor del café cortado (¡zas!). Pero nadie podría calificarlos de homosexuales con sus atuendos de moda varonil con marca a la vista. Nadie podría suponer que esos hombres de mediana edad viven juntos en algún departamento de calle Mosqueta, la corta callejuela sombreada de árboles que, hace diez o quince años, fue acogiendo la necesidad proscripta de las nupcias maricuecas. La calle de los fletos, le dice la homofobia a Mosqueto, el primer condominio gay de Santiago centro, que me hace recordar la situación de la calle Castro en San Francisco, un territorio poblado de minorías chicanas en los años sesenta, y que luego de ser ocupado por la invasión gay subió su avalúo, transformándose en el barrio fashion de la maricada gringa. Por lo cual, los mexicanos, cubanos, negros y dominicanos tuvieron que abandonar el lugar por el alto precio al que se elevaron sus rentas. A veces ocurre que la sofisticación del mundo gay opera de manera segregadora con otras minorías, de seguro por el “buen gusto marucho” en la decoración, afirulando su hábitat más allá de los límites convivientes.

Ojalá no ocurra algo similar con el gay town santiaguino, que atardece plácido en la calzada otoñal que se hace parque. Por ahí, pisando el metal óxido de las hojas, una loca cetácea de gorda lleva de paseo una rata de perro chihuahua como si llevara un monedero. Más allá, otra loca enana y regia con su teñido pelo de coipo al cloro arrastra un gran danés que insiste en mear en todos los árboles que verdean el sendero. A la distancia viene una pareja del coliseo canino, observando con emoción a su dálmata que le olfatea la cola a un quiltro plebeyo. ¿Qué fantasía perruna acompaña este deambular gay por la foresta del parque? ¿Qué orfandad de barrio los hizo ubicarse en este rincón del centro, que no es el barrio alto, pero tiene estilo? Tiene ese no sé qué nostálgico, me dijo un gay hediondo a Paco Rabbane mientras acariciaba las zungas de cebra en una tienda de lencería para hombres en Miguel de la Barra, al lado de la librería Metales Pesados. Pero el gay town del otro lado del río no tiene la misma categoría, agregó la loca con una mueca de desprecio. ¿Y por qué es otra la categoría del barrio si todos los maricones que se ven por aquí son casi iguales?, le dije a punto de abofetearla por clasista. Lo que pasa que este lado es residencial y el otro lado es más de jarana, carrete, como te explico, es más chimba, ¿me entiendes? Nunca podría entenderla, pero en algo tenía razón, porque cruzando el puente Loreto se despliega un chorizo de boliches lésbicos y discos gay que llegan hasta las faldas del San Cristóbal. Pero justo al doblar Bellavista, el sauna Sodoma recibe de madrugada a la resaca copetera del dancing. Casi en la esquina de La Chimba marica, en el bar El Toro, se junta la manga televisiva y la tolerancia artística. También aquí se puede encontrar en sus noches de tamboreo farandulesco al ramillete de locas cuicas con su bronceado cochayuyo paltón. De Loreto al fondo, la noche se envicia Madonna con el zapateo disco de sus locales, hay de todo lo imaginable en este rubro, espectaculares shows de drag queen, vedetos desnutridos agitando la diuca por cinco pesos, cafés con piernas peludas y elegantes restaurantes de comida española para azafatos de Lan Rosa.

En fin, por último, le dedico unas líneas a la esquina de mi casa, saltando la calle, el almacén de Marcelo siempre está lleno de gente, enfiestado por su eterna sonrisa. Al lado, la botillería donde rezonga el tango su enamorada traición. A la vuelta, las chicas del salón de belleza, todas rubias, cada quince días me rasuran las cuatro mechas de mi cráneo mariposón. El quisco del diario, en la punta, me ofrece cada mañana los titulares noticiosos de las portadas. Y allí me quedo un rato, pensando que este barrio no lo elegí por gay o taquillero. Algo de su trasnochado ardor se me impuso. Algo de su generosa complicidad me da licencia para vivir como quiero, sin los terrores periféricos que me hacían temblar. Me quedo un momento mirando la frivolidad noticiosa de los diarios, justo cuando el señor del quiosco amablemente me pregunta: ¿No va a llevar su periódico, don Pedro?

Por Pedro Lemebel

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SANTIAGO GAY en el 2003


El circuito es reducido, pues la ubicación no es un detalle menor y la discreción es fundamental, pero aún así el clasismo pena: la discoteque más top es la Bunker y la más "popular", la Naxos; los shows que incluyen vedettos no se los pierde casi nadie; por fin hay un restaurante donde parejas homosexuales pueden disfrutar lejos de miradas burlonas, el Capricho Español, y hasta un café con piernas, el Farinelli. Los que tienen plata, en todo caso, prefieren divertirse en Buenos Aires.

***

Mientras los artículos sobre minorías sexuales escapan cada vez más de los reportes policiales y ahora engrosan las páginas donde se tratan temas de tendencias y sociedad, el clóset también se abre para quienes, hasta hace unos pocos años, no eran más que una parte del submundo de las ciudades chilenas. Los gays estaban en las cloacas. En medio de la sordidez y del silencio buscaban un lugar digno, o al menos lo suficientemente tranquilo para la diversión.

"El outing" dice Juan José, quien es un viajado periodista de una revista capitalina, y que se refiere al ya famoso concepto de salir del clóset, "ha puesto de moda los locales gays en todos partes del mundo. Creéme, da un aire de tolerancia que es muy bien visto".

Juan José conoce el barrio gay de Madrid, llamado Chueca, y se resiste a compararlo con lo que está ocurriendo en Santiago. Sin ir más lejos, el viernes 6 de junio de este año, la estudiante de filosofía Karen Castiilo y su novia, Paula, entraron a tomar una bebida gaseosa al restaurante "Pollísimo" de Plaza Italia. A los pocos minutos ambas mujeres se tomaron de las manos y se besaron en los labios. Los administradores del local se alarmaron y las echaron. Cuando Karen les preguntó por qué eran expulsadas del local, el dependiente respondió con sequedad:

"Atentan contra la moral del local y contra su prestigio", y las echó.

Sin embargo, el viernes la Corte de Apelaciones de Santiago aceptó el recurso de protección en contra del restaurante y dio una señal en contra la discriminación de las minorías en locales comerciales. Por lo tanto, el barrio Chueca y el divertimento gay, en Santiago, quizás se acerquen más de lo pensado.

CIRCUITO ACOTADO

El circuito capitalino se concentra en el barrio Bellavista, básicamente entre las calles Pio Nono y Bombero Núñez, aunque hay un par de enclaves en el sector de Providencia. La ubicación no es un detalle menor y la discreción debe ser fundamental. No en vano uno de los más sonados fracasos del rubro fue un pub discoteque que hace un par de años se instaló en pleno barrio Suecia. Nada menos que a un costado del famoso Entre Negros. No hizo falta que Miguel Piñera, el Negro, utilizara su poder para sacar a sus vecinos.

"Los clientes se sentían como si estuviera en una Expo-locas", recuerda un visitante que vio cómo el resto de los parroquianos que asistían a los demás pubs, bares y discoteques de Suecia, apuntaban con el dedo y molestaban a quien intentara ingresar, en un gesto de suma osadía, al local "de los fletos", como les llamaban. De esta manera, el pub-discoteque se mantuvo solamente un mes en funciones y debió cerrar.

Por ese motivo, muchos locales no tienen, siquiera, un letrero que los identifique. Su mejor publicidad es el "boca a boca".

CLASISMO HOMOSEXUAL

"Mira, es lamentable que se marquen tanto las clases sociales porque somos tan pocos y deberíamos ser todos uno", reclama Andrés, un joven veinteañero que antes de trabajar en una oficina del barrio El Golf atendió un encumbrado pub de homosexuales, lo cual lo convierte en voz autorizada para clasificar los locales del escuálido mercado gay criollo.

Aunque el número de pubs es mayor al de las discoteques, éstas tienen un público fiel. La más top es la Bunker, cada vez más abierta a todo público, y que incluye a rostros de la farándula que deambulan con toda tranquilidad por sus pasillos. Sin embargo, el lugar más famoso es la Fausto, disco gay por antonomasia, ubicada en avenida Santa María, a metros de los canales de TV. El local tiene más de 20 años, los que han ido decayendo con el tiempo. En el mundo homosexual, hablar de la Fausto significaba lujo, elegancia y exclusividad, nadie podía ingresar sin una invitación formal y conseguirla era un premio y un reconocimiento. Hoy, en cambio, la discoteque insignia de los homosexuales ha decaído al punto de que se programan días con entradas gratuitas.

Discos más populares son la Queen, ubicada en calle Coronel Bueras, detrás del cine arte Alameda; y la Naxos, que se encuentra en Alameda esquina San Francisco. Este último local es sindicado como un antro poco deseable y de gays de bajo nivel socioeconómico.

Claro que el mismo Andrés confirma que aquellos que realmente tienen dinero no van a ningún sitio conocido, ya que prefieren irse fuera del país de carrete de fin de semana, por ejemplo, a Buenos Aires. Hacerlo en público, aunque sea un público gay, es un riesgo innecesario que prefieren no correr.

Pero existe un extremo y se encuentra en la "Prosit", una fuente de soda de Plaza Italia, donde se congregan a rematar la juerga gays de muy pocos recursos. Casi nulos.

"Allí terminan los que no tienen para pagarse taxi ni colectivo", cuenta Andrés. "Y tienen que esperar desde que cierran las discoteques, hasta las 7 u 8 de la mañana, cuando empiezan a pasar los micros. Como no tienen nada de plata, juntan monedas entre todos y se compran un schop o un tecito, a lo más".

CAFE PARA DOS

Uno de los puntos de encuentro más concurridos es el Farinelli, que no es más que un café con piernas para gays. Ubicado en una casa en la calle Bombero Núñez, tiene el nombre pintado en una pandereta. Se trata de un local de decoración muy sencilla donde el café no se toma en una barra, sino que en mesitas cubiertas con imágenes de torsos masculinos. A la altura de la taza se visualiza el desfile de muchachos que atienden con bototos, sutién -o colaless masculino-, y ajustadas camisetas. Es el único local que funciona desde temprano (a las dos de la tarde), ya que los demás sitios abren, en promedio, a contar de las 21 horas.

El café no es ni parecido al que prepara la licenciada Tetarelli y es más caro ($ 800 el cortado), pero al igual que en los cafés del centro, el Farinelli atrae una clientela fiel y generosa. Como Marcos, un médico cuarentón que reconoce sus coqueteos con un moreno que le sirve agua mineral, elemento que resulta bastante oneroso. El médico se las paga con un billete de $5.000 y le deja el vuelto de propina. Pinta para viejo verde.

NOCHE DE COPAS

Para viejos, pero con plata, es el Capricho Español, restaurante y bar ubicado a la entrada de la calle Purísima. Sin embargo, la concurrencia no resulta nada de añosa. Más bien, son adultos jóvenes que llegan en parejas o en grupos. Los precios son normales y los platos de la carta se sirven en abundancia.

El local es sobrio y acogedor y el propio dueño, que tiene un cierto aire a Willy Sabor, saluda afectuosamente a los clientes. Un habitué del lugar dice que ha mejorado mucho desde que cambiaron al chef. Añade que antes la gente iba mucho más porque era el único lugar donde se podía ir a comer en pareja y de manera tranquila, sin que los miraran raro.

Donde la oferta es más variada es en el Bokhara, al final de calle Pio Nono. Funciona como pub y discoteque, con música en vivo y shows humorísticos. Cerca de la medianoche, se retiran las mesitas de la pista y empieza el baile. El problema es para los chicos que atienden, que deben hacer todo tipo de piruetas para llegar con los platos intactos, luego de atravesar toda la zona de baile, ya que la cocina está casi junta a la caseta del DJ.

Este es otro lugar que ha bajado nivel, debido a la política de permitir la entrada liberada hasta las 23 horas. Bokhara tiene un trago emblemático, el Long Island, que es un brebaje azul casi fosforescente que se sirve en antiguos jarros schoperos. Al preguntarle a un barman en qué consiste, él responde: "es una asquerosidad".

No hay como la pílsener.

LAS REINAS DE LA COMEDIA

Una velada puede estar completa sin baile, pero no sin show. Casi al final de Bombero Nuñez se ubica el pub Friend's. Tiene un letrero en el frontis y desde la entrada se aprecia el esfuerzo que tuvo su dueño por darle un toque temático a la ambientación, en este caso, relacionada con el cine y la TV. Del techo cuelga un enorme rollo que simula ser de celuloide. A un costado hay una réplica del Oscar. La creatividad alcanza también a la carta, donde los tragos son asociados a estrellas del cine. Según la tabla, Pedro Almodóvar toma pisco sour, George Lucas pide vaina, Nicole Kidman prefiere un Tom Collins y Olivia Newton John, una mentita frappé.

Luego se adueña del escenario una gorda que no es gorda, sino gordo. Es Macarena O'Connors y su acompañante, Bianca Rinaldi. Son dos travestis. Ambas tienen una rutina tipo café concert, donde abundan las bromas sobre la contingencia nacional. En esta oportunidad, Marcarena y Bianca muestran el encontrón entre Vivi y la Argandoña, donde la hija de Don Francisco es la que sale peor parada. En medio del show, doblan canciones: Bianca, en la onda de divas latinas y Macarena, con temas retro. Luego dan el pase a un par de vedettos que, al ritmo de la música tecno, se sacan unos pseudo uniformes y terminan sin nada más encima que una mano estratégicamente ubicada.

A LO SEINFELD

El show es lo que llena el Dionisio, que queda en Bombero Núñez antes de llegar al Bunker. No tiene letrero ni número en la puerta, pero se siente la música desde adentro. El recinto es como esos clubes gringos de comedia que se ven en series como Seinfeld. Adelante, en un pequeño escenario, se presenta el maratónico espectáculo animado por Claudia Larson y Alexandra. El primero -o primera- es una Marlene sobrealimentada, ataviada como una Miss Venezuela y que lleva con un vestido ceñido y escotado. Alexandra, en cambio, es menos producida.

Para rematar el after hour está el Bar de Willy, que hace un tiempo pasó a llamarse Foxy's. Se encuentra a la salida del Metro Los Leones. Después de las cinco de la mañana, donde los que vienen de las discoteques más top van a presenciar un show donde los vedettos no se tapan ni con la mano. Un espectáculo más democrático -y jocoso dicen- es el que se da en la carrera frenética por llegar al Bunker, antes que se termine la promoción del 2x1.

Pero ese ya es otro cuento.

LA MADRE PATRIA

Chueca es un antiguo barrio del centro de Madrid, ubicado a un par de estaciones del metro de Puerta del Sol (que sería el equivalente a Plaza Baquedano). Por lo barato que era, a mediados de los '70 se llenó de drogadictos que fueron desplazados por artistas emergentes que se tomaron el barrio. La mayoría era gays (entre ellos, un tal Pedro Almodóvar).

Para los '80, ya era un sector de la comunidad homosexual que reunía además de discos y pubs, librerías, saunas y locales segmentados. Mauricio, un cliente asiduo a los pubs gay, asegura que lo más parecido a Chueca es el Vox Pópuli, un bar de engorrosa ubicación (se le puede encontrar caminando por la calle Domínica) y buen nivel. Destaca que en España son relajados, no andan ultraproducidos como acá y sobre todo que "no existe la torrantería de que antes de las 12 de la noche entran gratis".
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lunes, 2 de febrero de 2015

GAY CLICK en Santiago City

A pasos del Parque Forestal y sólo por 1000 pesos la hora, hombres de todas las edades bucean frenéticamente en los cibercafés sexo casual. Cabinas privadas, con papel higiénico, y banda ancha son las que permiten dar rienda suelta al placer homosexual del Gran Santiago. Todo gracias a la web.cam. Haga click.
Son las 12 y media de la noche y Andrés siente la necesidad de conectarse. Tiene 26 años, está terminando su carrera universitaria, vive cerca de Plaza Italia, y va a un “ciber” cercano al Museo de Bellas Artes. En cabinas privadas disfruta con imágenes dignas de películas triple xxx, cuyos protagonistas son los mismos clientes, como él, instalados a escasos metros. El uso de la webcam es crucial en estas lides, pues colocada en algunos puntos estratégicos permite mostrar su streaptease y sus proezas onanistas.
“La mayoría de las veces no se muestra el rostro. Yo no tengo problemas, soy más bien exhibicionista, pero una par de veces me ha pasado que termino de divertirme, salgo de la cabina y me encuentro con el sujeto. Y la verdad es que la sorpresa no fue muy agradable. No eran muy atractivos de cara”, cuenta Andrés.
“Revelación”, su local preferido a pocos pasos del Parque Forestal, en el exterior es similar a los otros “ciber”, pero a la calefacción se une la tenue luz que acompaña al lugar. Tres jóvenes para nada amanerados de polerón rojo dan la bienvenida. Se entrega una tarjeta  con el número de la cabina estampado en una de sus caras acreditando así el otro rol: el de cliente. Andrés debe bajar por una estrecha escalera que da al subterráneo donde se encuentran las cabinas que no son más que, cubículos de madera (de no más de 2 por 2 metros) con puerta para la privacidad (unos tras de otro y mirándose entre sí), música de fondo, más calor y arte colgado sin ningún tópico específico.

El sonido de las teclas que se adentran en el juego del cam x cam será el próximo paso. Y Andrés lo sabe: “el movimiento del mouse comenzará la aventura”.Ya en el interior de la cabina la información sobre las paredes “avisa” que es un chat interno el que ayuda a construir los nexos. Hay carpetas de archivos que contienen la más variada colección de películas pornográficas.
Andrés puede quedarse toda la noche si quiere, ya que en la semana se atiende hasta las 6 y viernes y sábado las 24 horas. Y si el problema del cliente es la limpieza, nuevamente en cada cabina se hace notar que antes de que entre un nuevo usuario, será uno de los chicos del lugar el que ordene y deje todo a la perfección para la nueva fantasía que se está a punto de explorar.
Exhibicionismo y eyaculaciones  on line
Hace ya un tiempo que en discos y saunas gays otra sugerente oferta ha tenido muy buena recepción: los dark room. Oscuridad absoluta en piezas o laberintos donde todo vale, manos ajenas tocando cuerpos ajenos, pectorales, piernas y traseros en un ambiente cargado a la seducción, y a variadas “elecciones” para tener sexo.
Los nuevos cibercafés, en cambio, son una forma más limpia y no tan directa de concretar fantasías.
A Francisco (50, trabaja en el área educación) no le gusta la exhibición de la homosexualidad en estereotipos recargados y ya conoce dos de estos cafés de encuentros. “La versión 2.0 del dark room, pero sin el dark”, dice. Y así es, ya que la luz es primordial para que la cam funcione más perfecta. Dice que por casualidad entró al que Andrés ya es asiduo, ya que “tenía que mandar urgente un mail y me di cuenta que se podían hacer otras cosas. Las ventanas se abrían en la pantalla del computador, mostrando a tipos, dándome cuenta que eran los otros clientes, así que además de mandar el mail en esa oportunidad, me masturbé para un chico de 22 años que insistía que era piola, que buscaba a alguien de similares características. Vestía bastante formal, de camisita a cuadros y chaleco de color azul, me dijo que estudiaba agronomía y que le gustaba ver a otros hombres haciéndolo.
Por un amigo supo de uno más pequeño, Liberación ( muy cerca del Centro de Extensión de la UC). Así, con las hormonas a full, la diversión le resultó grata y además barata, ya que estos cafés no cuestan más en relación a los otros: en promedio $ 800 la hora, y con horarios flexibles. Comenta que el cibercafé más pequeño promociona el cierre habitual a la 1 de la mañana y que la hora de conexión sube a mil pesos desde las 4 de la tarde en adelante. Se utiliza el programa Yahoo Messenger para la comunicación entre las 40 cabinas. Y para obtener la postura cam x cam se debe esperar la aceptación del objeto del deseo (el otro usario) cuando al clikear sobre su perfil, se abrirá una ventana y el corto de los segundos anunciará el éxito comunicativo.
El local también posee una gran cantidad de películas triple xxx a disposición, más de 20 carpetas de hardcore gay. Si el primer piso está lleno, cosa habitual por la gran demanda existente, se le deriva al subterráneo que es la sección no fumadores. Una escalera angosta es el sendero al placer y ahora el rojo cambia a verde. “Fue un chico simpático y bien dispuesto y con unos ojos espectaculares quien me llevó a mi puesto entregándome una ficha redonda de color celeste con el número de la cabina”, mientras otro de aspecto cansado y ya aburrido por el desfile de usuarios -incluso la gente espera a que se desocupe un puesto, incluidas mujeres que a eso de las nueve de la noche aparecen en mayor cantidad y que pueden ser convencidas por las carpetas de porno “straight”. Pero no siempre están ellos, a veces a la hora de cierre puedes encontrar a 2 ó 3 chicos acompañando al de caja, con peinados con gel y ropa ajustada comentando sus aventuras, “si te toca arriba puedes escucharlos perfectamente por lo reducido del local”. La otra sucursal cambia el subterráneo por un segundo piso, y otros bien dispuestos atienden con agrado y las cabinas son simplemente más oferta para la demanda.
Francisco es más osado, y a pesar de tener pareja, comenta que tienen una relación libre, “sexo es sólo sexo, nosotros tenemos algo fuerte y duradero”. Por estos días le comentaron sobre un lugar nuevo, cercano a Plaza Italia yendo por Vicuña Mackenna hacia La Florida. “No es tan parecido a los otros. Es una casa con piezas donde están los computadores, una silla y un sillón. Al parecer no hay una conexión entre los computadores. Atienden sin parar, y hasta venden condones y puedes entrar de a dos”, afirma no ocultando su curiosidad y sus “elevados” ánimos.
“En este ciber fuimos con mi pareja un miércoles como la 2 de la mañana. Es una casa de fachada moderna, tocas el timbre y el chico de recepción te abre la puerta. Nos atendió uno moreno y nos llevó a una pieza. Cerramos la puerta y fue como estar en un hospital o una consulta médica. Las paredes son de color blanco invierno y con relieve, todo extremadamente limpio. Un sillón negro de cuero, también reluciente. Música muy despacio se escuchaba a lo lejos. Y una foto de Fabricio enmarcado en dorado pegada en la pared nos miraba desafiante. Personalmente me gusta hacerlo en lugares donde otras personas puedan pillarnos”.
Otra vez solo y con ganas de aventura con desconocidos se fue al ciber de cubículos de color verde (cabinas del mismo tamaño en comparación a los del otro local) y allí comenta que fue más osado y que si lo piensa ahora, no hubiera sabido qué hacer si lo pillan.
La Pasión de Christian
Christian es muy discreto. Sólo dice que tiene entre 18 y 23 años, estudia en la universidad y muere por el porno gay, definiéndose, eso sí, bisexual. Le cargan “las locas”, se sentiría muy humillado si su familia se entera de sus gustos, y los nuevos cibercafés le atraen tanto por lo seguro que se siente dentro, como por masturbarse mirando a hombres que también lo estén “haciendo”. El sexo con mujeres tiene más aceptación en él; pero la verdad, prefiere la soledad y la fantasía. Admite, sin embargo, que ha conocido cara a cara a un par de chicos en su aventura, pero como son jóvenes como él, el dinero no es abundante, y la pornografía es el mejor aliado. Los prefirió en imágenes en vivo.
Puede pasar horas viendo cada postura de los musculosos en películas gay tituladas Italian Style, Summertime o Eruption. Y admira los cuerpos de los chicos de una conocida productora de videos pornos europea, Belami, muy cotizada entre los gays jóvenes nacionales, ya que los actores tienen bellos rostros y no son tan musculosos.
Y es también en este recinto de computadores reunidos por una causa donde las hojas blancas impresas en negro colgadas en las paredes especifican el valor de cada producto que se puede comprar dentro, que van desde pañuelos desechables ($ 350) y condones ($ 1200). Ambos bastante útiles a la falta de cualquier cosa que limpie la condición humana.
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Sauna Gay en Santiago de Chile...(relato pa morirse de la risa, jajaja )

Un sauna es como una carnicería del cuerpo. No importa tu nombre, tu historia ni qué haces, sólo cuán musculoso, marcado o “dotado” eres. Es bien fuerte. Es por eso que cuando le di esas clases magistrales a mi amigo Rafael sobre “ser gay” le advertí que estos lugares no eran para él, un ex alumno del colegio Tabancura y de la Católica, hermano de monja y de familia beata. Aquí se viene a buscar y ofrecer sexo, nada más. Y nada menos.
Tengo que reconocer que tengo una debilidad por los saunas: esa posibilidad de tener sexo sin preámbulos ni trámites y, lo que es lo mejor, sabiendo exactamente qué es lo que hay. Aquí la gente se pasea por pasillos en penumbras o te espera en la puerta de unas pequeñas y prácticas cabinas con sólo un diminuta toalla agarrada en la cintura. Uno se ahorra la frustración de enganchar con alguien, llevarlo a la casa y encontrarse con una prominente pero bien escondida guata.
Debe reconocer que tengo “experiencia internacional” en saunas. Si me preguntan por el “top one”, ese es “Buenos Aires a Full”, con una mercancía del nivel del mejor bife de chorizo. Con este background, visité, por primera vez, el “282”, el sauna gay top de Santiago, inaugurado hace varios años en el ya algo turbio barrio Bellavista. El origen del nombre no es muy original: 282 es la dirección de la misma calle Bellavista.
¿Y dónde está el condón?
Son las 4:15 de la mañana de un sábado y con mis amigos reconocemos que, aunque todavía es “temprano”, el “Bunker” no nos ofrece mucho: ya nos hemos agarrado a todos los que nos podíamos agarrar y los que no, nunca nos pescarán. Así que partimos al “282”. “Es la hora justa” comento, ya que todos dicen que recién a las cuatro empieza a llegar la gente.
Como en Chile estamos tan modernos, todo es muy natural a la entrada de este “establecimiento sauna”, como dijo el juez Daniel Calvo en su forzada confesión. El cuidador de autos nos saluda como quien se estaciona para ir a “Las Urracas”. Parece que los entendidos tenían razón: la cosa está que arde y lleno de autos por lo que nos cuesta estacionarnos. La entrada es piola, pero no camuflada. Como están las cosas, yo pensaba que habría que decir alguna contraseña o palabra clave, al más estilo del bar “Los Canallas”, algo así como que te pregunten: “ojo de loca…” y que uno responda: “… no se equivoca”. Que es el dicho más cierto de la historia.
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miércoles, 28 de enero de 2015

Pedro Lemebel: El corazón rabioso del hombre loca

Lemebel1
En 2008, el libro Crónicas de Otro Planeta editado por Random House México incluyó este perfil de Pedro Lemebel, escrito por Óscar Contardo después de seguirlo durante largos meses. El texto retrata al Lemebel que fue un niño pobre viviendo a orillas de un basural, un profesor de arte, un artista travesti. Que saltó a la escena pública con sus performances como una de las Yeguas del Apocalipsis y se transformó en uno de los escritores más importantes de Chile. Pese a que el año pasado hubo una intensa campaña para que le entregaran el Premio Nacional de Literatura, murió sin recibir el galardón.
En la Plaza de Armas de Santiago, en el corazón del centro, a media tarde, haciendo calle y buscando que alguna mirada ajena se quede en la propia, todos son jóvenes, todos son niñas. La loca joven, la loca pobre, el taxi boy y la loca entrada en años que camina como si algo que no son sus pies la deslizara sobre el suelo. Pedro Lemebel asegura que incluso la locas viejas, “esas que pasean al perrito” y que en España llaman carrozas, –“¿por qué aquí no tendrán un nombre?” – nunca dejan de serlo. Y suelta la risa y dice “sí es verdad, hasta esas locas viejas se tratan de niñas entre ellas”. Para Lemebel todas y todos son finalmente niñas. Eternamente niñas. “Las locas siempre son jóvenes. Hay algo de bonito en eso, y es que pueden tener 80 años y allí están con zapatos blancos en la Plaza de Armas a la pesca de algún gigoló de poca monta”. Alguno moreno, enjuto, de mirada torva, escolaridad incompleta, vocación hip hopera. Ignorante pero joven. Incluso Lemebel, que a veces se trata a sí mismo de vieja y de calva, se reconcilia rápido invocando al adolescente perpetuo que debe tener dentro.
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