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sábado, 30 de abril de 2016

El Gay Town de Santiago



Recordar la pobla y el resumo de sobaco y ropa con olor a detergente, de saber que ya no vivo en ese paisaje del Santiago sur, donde aún los bloques de tres pisos siguen siendo la estantería habitacional de los pobres, el amontonamiento ilusorio progresos encajonados en esos pocos metros de convivencia. Que digo, si la llamada convivencia, allí, es una jaula de llantos, peleas y gritos que atraviesan las frágiles murallas, los tabiques de cartón de mi viejo barrio que nunca me quiso, nunca me soportó y menos pudo imaginar que el maricón del tercer piso le daría una estrella de gloria a la descolorida pobla. Porque ahora, a veces, al regresar, casi todo el mundo me saluda, me reconoce, me felicita, y nadie se atreve a gritarme la vida como entonces, cuando tan chico, apenas un niño, debía dar un rodeo de tres cuadras para no pasar frente al grupito de la esquina, la patota del club deportivo siempre con la talla a flor de labios, siempre con la burla cruel que hería mis oídos, que me hacía odiarlos a muerte e imaginar que yo podía transformarme en superman y con una mirada de rayo láser cortarles las cabezas. Por eso hoy recuerdo esa infancia con algo de ternura y rencor, con sangre amarga que tragué después de alguna golpiza, con ese gusto opaco del semen proletario en el tufo del amanecer, esa primera vez (puede ser) que un macho pendejo excitado me hundió la cabeza en la selva hormonal de su entrepierna.

Al partir mi madre cerré ese capítulo, ya no había nada que me atara a esas cajas de cemento y a los tierrales sin alma de la zona sur. Ella se llevó de un plumazo funerario mi biografía rasguñada en esos escampados. Y así de simple, como quien cambia de camisa manchada de rubor, me mudé del territorio, descubrí una casita flaca y sin bulla en un pasaje de Bellavista, cerca del río, a los pies del cerro San Cristóbal, en la calle Loreto, columna vertebral del Gay Town santiaguino. Pareciera pecar de esnob (que vieja palabra) al bautizar así al barrio coliza de la capital, pero no exagero y tampoco quiero develar tanto el sobrio territorio marica que, poco a poco, fue instalándose en las riberas del parque Forestal y principalmente en Miguel de la Barra, la calle más amplia de la urbe, que tiene cierto encanto neoyorquino, como diría una siútica. Desde allí, bajando el cerro Santa Lucía por atrás, donde la municipalidad instaló una fontana de agua con Adán y Eva, al estilo florentino (very Europe) se puede comenzar el tour gay que ya ha dejado atrás la parisina calle Rosal, como también los sex shops al final de la calle Huérfanos y la esquina del levante erótico donde los taxi boys ofrecen su pelvis remunerada simulando que esperan un colectivo. De caminar distraídamente por allí, hacia el parque, resaltan algunos cafetines en la vereda, con las típicas parejas gay, mirándose a los ojos en el vapor del café cortado (¡zas!). Pero nadie podría calificarlos de homosexuales con sus atuendos de moda varonil con marca a la vista. Nadie podría suponer que esos hombres de mediana edad viven juntos en algún departamento de calle Mosqueta, la corta callejuela sombreada de árboles que, hace diez o quince años, fue acogiendo la necesidad proscripta de las nupcias maricuecas. La calle de los fletos, le dice la homofobia a Mosqueto, el primer condominio gay de Santiago centro, que me hace recordar la situación de la calle Castro en San Francisco, un territorio poblado de minorías chicanas en los años sesenta, y que luego de ser ocupado por la invasión gay subió su avalúo, transformándose en el barrio fashion de la maricada gringa. Por lo cual, los mexicanos, cubanos, negros y dominicanos tuvieron que abandonar el lugar por el alto precio al que se elevaron sus rentas. A veces ocurre que la sofisticación del mundo gay opera de manera segregadora con otras minorías, de seguro por el “buen gusto marucho” en la decoración, afirulando su hábitat más allá de los límites convivientes.

Ojalá no ocurra algo similar con el gay town santiaguino, que atardece plácido en la calzada otoñal que se hace parque. Por ahí, pisando el metal óxido de las hojas, una loca cetácea de gorda lleva de paseo una rata de perro chihuahua como si llevara un monedero. Más allá, otra loca enana y regia con su teñido pelo de coipo al cloro arrastra un gran danés que insiste en mear en todos los árboles que verdean el sendero. A la distancia viene una pareja del coliseo canino, observando con emoción a su dálmata que le olfatea la cola a un quiltro plebeyo. ¿Qué fantasía perruna acompaña este deambular gay por la foresta del parque? ¿Qué orfandad de barrio los hizo ubicarse en este rincón del centro, que no es el barrio alto, pero tiene estilo? Tiene ese no sé qué nostálgico, me dijo un gay hediondo a Paco Rabbane mientras acariciaba las zungas de cebra en una tienda de lencería para hombres en Miguel de la Barra, al lado de la librería Metales Pesados. Pero el gay town del otro lado del río no tiene la misma categoría, agregó la loca con una mueca de desprecio. ¿Y por qué es otra la categoría del barrio si todos los maricones que se ven por aquí son casi iguales?, le dije a punto de abofetearla por clasista. Lo que pasa que este lado es residencial y el otro lado es más de jarana, carrete, como te explico, es más chimba, ¿me entiendes? Nunca podría entenderla, pero en algo tenía razón, porque cruzando el puente Loreto se despliega un chorizo de boliches lésbicos y discos gay que llegan hasta las faldas del San Cristóbal. Pero justo al doblar Bellavista, el sauna Sodoma recibe de madrugada a la resaca copetera del dancing. Casi en la esquina de La Chimba marica, en el bar El Toro, se junta la manga televisiva y la tolerancia artística. También aquí se puede encontrar en sus noches de tamboreo farandulesco al ramillete de locas cuicas con su bronceado cochayuyo paltón. De Loreto al fondo, la noche se envicia Madonna con el zapateo disco de sus locales, hay de todo lo imaginable en este rubro, espectaculares shows de drag queen, vedetos desnutridos agitando la diuca por cinco pesos, cafés con piernas peludas y elegantes restaurantes de comida española para azafatos de Lan Rosa.

En fin, por último, le dedico unas líneas a la esquina de mi casa, saltando la calle, el almacén de Marcelo siempre está lleno de gente, enfiestado por su eterna sonrisa. Al lado, la botillería donde rezonga el tango su enamorada traición. A la vuelta, las chicas del salón de belleza, todas rubias, cada quince días me rasuran las cuatro mechas de mi cráneo mariposón. El quisco del diario, en la punta, me ofrece cada mañana los titulares noticiosos de las portadas. Y allí me quedo un rato, pensando que este barrio no lo elegí por gay o taquillero. Algo de su trasnochado ardor se me impuso. Algo de su generosa complicidad me da licencia para vivir como quiero, sin los terrores periféricos que me hacían temblar. Me quedo un momento mirando la frivolidad noticiosa de los diarios, justo cuando el señor del quiosco amablemente me pregunta: ¿No va a llevar su periódico, don Pedro?

Por Pedro Lemebel

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viernes, 15 de mayo de 2015

SECRETOS DE UN GOGO – PARTE 3

6:00 p.m., sábado, 17 de enero.
Tercera entrevista Alan.
Toda mi vida fui una persona muy tímida, no me gustaba participar en la escuela, casi no tenía amigos y estuve solo por mucho tiempo, me refugiaba en el deporte, me encanta la natación y creía que las cosas seguirían así, hasta que lo conocí a él.
Soy Alan, nací aquí en el D.F. hace 22 años, estudiaba medicina, pero no pude terminar la carrera por que mis papas murieron en un accidente automovilístico hace un par de años; si, soy hijo único y nunca tuve una buena relación con mis familiares, mis papás sabían que era gay, conocieron a uno de mis novios y estaban maravillados con él.
Desafortunadamente después de su muerte, me aislé de todos, deje de ir a la escuela y termine con mi novio, estaba en una pésima situación. Salía todos los fines de semana a los bares de Zona Rosa, me metía con cualquiera, aunque no tenía la capacidad de sentir lo que pasaba, es complicado, ¿sabes?, crees que por estar con un hombre tras otro vas a poder llenar el sentimiento de vacío, aunque no fue así. No quería trabajar como gogo, pero no me gusta la onda de los call centers ni servir helados en un Nutrisa, respeto mucho esos trabajos pero no es lo mío, yo quería seguir aprendiendo sobre el cuerpo humano, quería hacer investigaciones y poder encontrar la cura del sida o del cáncer, es con lo que todo médico sueña.
En una de mis borracheras me metí con un gogo, le conté mi historia y me dijo que estaban buscando bailarines nuevos en el antro donde trabajaba, era uno de los bares más visitados de la zona, se ganaba bien y pensé “Solo es temporal, un año, junto dinero y regreso a estudiar”.
Fui a la entrevista con toda la actitud, el gerente del lugar me pidió que le bailara un poco, me quitara la ropa y pues me quedé. Primero entre en el bar, servía las bebidas y llevaba botanas a las mesas, mientras los demás bailaban yo solo servía margaritas y cosmos, ganaba poco pero me servía para pagar los servicios básicos del departamento donde vivía, un cuartito en la colonia Doctores. Paso poco tiempo antes de que saliera de ese bar, me prometieron muchas cosas que nunca pasaron, que si me iban a subir a la tarima principal, que si me iban a aumentar el sueldo, fueron puras mentiras para que me quedara como tonto sin poder ganar dinero, y así le hacen con los nuevos, tienen que esperar por lo menos dos años para poder llegar a lo que aspiraba.
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SECRETOS DE UN GOGO – PARTE 2

4:00 p.m., sábado, 17 de enero.
Segunda entrevista. Rogelio.
Tengo 25 años, soy de Banderilla, Veracruz; seguro no has escuchado hablar de mi ciudad y aunque estamos a menos de 2 horas de Xalapa, no es tan conocida o visitada por los turistas.
Pase 20 años en mi ciudad natal y hace 5 que llegue aquí a la capital. ¿La razón? Mis papas me corrieron de mi casa porque soy gay, mi familia me rechazó, todos, incluso mi abuelo, con quien tenía una relación poca madre, pero bueno, es algo muy difícil de aceptar para ellos, así nos educan allá: “Si eres un puto, no vas a ser mi hijo”, fue la frase que me dijo mi papá, dándome a entender que ya no podía vivir con ellos.
El primer año que viví aquí fue uno de los más difíciles, estuve en la calle por 3 meses, solo tenía una maleta con ropa y dormía debajo de un puente allá por la terminal TAPO, decidí que vendría para acá porque siempre fue mi sueño, graduarme en enfermería y venir a trabajar en algún hospital público, pero no fue así. Pase hambre, frío, miedo, no conocía a nadie y me sentía solo, pero afortunadamente conocí a Doña Carmen, ella vive aún en la colonia Condesa, nos conocimos cuando ella regresaba de un viaje de negocios, yo esperaba cerca de los taxis de la terminal pidiendo dinero a los desconocidos, ya sabes, para tomar aunque sea una botella de agua. En el instante que la vi nuestras miradas se cruzaron, fue algo muy extraño, no sentía esa mirada pesada, esos ojos que juzgan por no tener dinero ni que comer; ella me miraba con curiosidad y calidez, se acercó a mí y pregunto mi nombre –Rogelio– respondí, me pidió que le ayudara con sus maletas y que la acompañara a su casa, su chofer estaba por recogerla.
Le conteste que no podía, que tenía mis cosas debajo del puente y que no podía dejarlas solas o me las iban a robar –Ve por ellas, yo espero, tomate el tiempo que necesites–, como si fuera una orden me eche a correr y recogí mis cosas en menos de 15 minutos, cuando regrese ya estaba el chofer esperando, me vio como todo los demás, con lastima, pero no me importo, no sé porque, pero quería ir con esa mujer, necesitaba la protección de alguien y presentía que ella me iba ayudar.
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SECRETOS DE UN GOGO - PARTE 1

Según UrbanDictionary el término «gogo» hace referencia a «hombres que son empleados para entretener a un público en un club o una discoteca mediante bailes eróticos y shows de stripptease (quitarse la ropa); regularmente en clubs gays».
No pude encontrar una mejor definición para dar entrada a este tema que aún es un tabú dentro de nuestra sociedad.
¿Qué historias hay detrás de un gogo¿Por qué lo hacen?
Hace un par de meses fui a Zona Rosa (la concentración de bares, antros y demás lugares de reunión gay en la Ciudad de México) con una amiga, la verdad estábamos aburridos de los mismos bares de siempre y decidimos buscar un lugar nuevo, cuando lo hayamos, nos llevamos la sorpresa de que era un bar de gogos.
¿Y eso qué tiene de raro? Jamás, en mis 20 años, había asistido a un bar así. Believe it or not, soy “niño bien” y esas cosas no me van, o no me iban… Ya no sé. El punto es que cuando vi a todos estos hombres casi desnudos con cuerpos espectaculares, dos cosas pasaron por mi cabeza: La primera fue que no pagaría por un baile, porque quien sabe cuanta gente ya los vió, toqueteó y lengüeteó. La segunda fue pregunarme: «¿Por qué lo hacen?»
Siempre he sido una persona muy curiosa y muy impulsiva, decidí que cuando uno de los muchachos se acercara a mi mesa, no le aceptaría un privado, en cambio, le pediría que se reuniera conmigo fuera de su ambiente de trabajo para que me contestara todas las dudas que me surgieron en el momento.
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miércoles, 28 de enero de 2015

Pedro Lemebel: El corazón rabioso del hombre loca

Lemebel1
En 2008, el libro Crónicas de Otro Planeta editado por Random House México incluyó este perfil de Pedro Lemebel, escrito por Óscar Contardo después de seguirlo durante largos meses. El texto retrata al Lemebel que fue un niño pobre viviendo a orillas de un basural, un profesor de arte, un artista travesti. Que saltó a la escena pública con sus performances como una de las Yeguas del Apocalipsis y se transformó en uno de los escritores más importantes de Chile. Pese a que el año pasado hubo una intensa campaña para que le entregaran el Premio Nacional de Literatura, murió sin recibir el galardón.
En la Plaza de Armas de Santiago, en el corazón del centro, a media tarde, haciendo calle y buscando que alguna mirada ajena se quede en la propia, todos son jóvenes, todos son niñas. La loca joven, la loca pobre, el taxi boy y la loca entrada en años que camina como si algo que no son sus pies la deslizara sobre el suelo. Pedro Lemebel asegura que incluso la locas viejas, “esas que pasean al perrito” y que en España llaman carrozas, –“¿por qué aquí no tendrán un nombre?” – nunca dejan de serlo. Y suelta la risa y dice “sí es verdad, hasta esas locas viejas se tratan de niñas entre ellas”. Para Lemebel todas y todos son finalmente niñas. Eternamente niñas. “Las locas siempre son jóvenes. Hay algo de bonito en eso, y es que pueden tener 80 años y allí están con zapatos blancos en la Plaza de Armas a la pesca de algún gigoló de poca monta”. Alguno moreno, enjuto, de mirada torva, escolaridad incompleta, vocación hip hopera. Ignorante pero joven. Incluso Lemebel, que a veces se trata a sí mismo de vieja y de calva, se reconcilia rápido invocando al adolescente perpetuo que debe tener dentro.
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