domingo, 7 de agosto de 2016

El legendario Hotel Mazatlán


Llegar al hotel Mazatlán casi a la media noche algo tiene de deporte extremo. Las inmediaciones del Metro Salto del Agua lucen cada vez más solas. Algunos llegan en coche o en taxi. Algunos más aventureros optan por llegar caminando. Sobre la calle Nezahualcóyotl casi no hay luz, a excepción de dos altares a la Virgen de Guadalupe. Al llegar por fin a la esquina con el escondido Callejón de la Igualdad, el cuerpo se relaja un poco. No es precisamente un lugar fresa, se trata de una callejuela escondida entre la colonia Centro, la Obrera y la Doctores. Uno respira tranquilo al constatar que no le chingaron la cartera ni el celular. 

El registro

Sólo llegar al pequeño cubículo que sirve de recepción ya es un chicotazo de adrenalina que corre del estómago hasta la boca. 

-¿Tienes habitaciones? 

-Híjole, nada más de entrada por salida. 

-Está bien. ¿Pero sí es de arriba, verdad? 

-Sí. 

-¿A qué hora vence? 

-A las tres de la mañana. 

-Sale, dame un cuarto. 

-Son 190 pesos.

Mientras el recepcionista busca mi llave, observo un cartel en el que se advierte quepara entrar en el hotel hay que ser mayor de 18 años y comprobarlo mediante IFE, lo que nos asegura que no estamos precisamente en un hotel familiar. Finalmente me entrega la llave del cuarto 31. El hotel tiene planta baja y tres pisos. Me toca en el de hasta arriba. 

Mi pregunta sobre si mi habitación es de los pisos de arriba no es casual. En la planta baja no hay acción, incluso a veces una que otra pareja hetero despistada se queda ahí. Lo bueno está en las plantas superiores. Quienes ahí trabajan saben muy bien de qué va el negocio: prefieren cobrar por unas horas que por el día entero. Saben que pasando unas horas pueden desalojar a los “huéspedes” y dar entrada a una nueva remesa de cuerpos calientes. 


Las habitaciones 

Llego a mi cuarto. Está muy lejos de ser un lugar deseable para quedarse, aunque aquí pocos, muy pocos, vienen a eso. Las colchas son viejas, las teles antiquísimas pero funcionales. Al encenderlas hay, como era previsible, canales porno. La cama es tamaño matrimonial, los burós y cabeceras son de madera y están descarapelados. Hay un papel higiénico nuevo y otro a medio usar. En el baño hay sobrecitos con jabón, shampoo y crema humectante, además de un par de toallas rasposísimas, todo estampado con el logo del hotel. Por supuesto, hay un espejo en la pared junto a la cama, para esos que les gusta verse al momento de la acción o los que se graban con sus celulares. 
Las reglas del juego 

El modus operandi es dejar la puerta abierta y tenderse en la cama, encuerado, a veces masturbándose, esperando a que alguien que pase le guste lo que hay y decida entrar.El outfit preferido por los asistentes son los jockstraps que dejan las nalgas al aire como una invitación, así como los cockrings para mantener las erecciones por más tiempo. 

Hay quienes no esperan y aplican la técnica de vagar por los pasillos, donde varios flirtean y si encuentran algo que les gusta se lo llevan a su cuarto. Aquí el lenguaje corporal es lo más importante: si el cazador de pasillo te llamó la atención, cruzas miradas con él. Si ambos se gustaron, se detienen. Usualmente el activo se soba el pene encima del pantalón para dejar bien claro quién va a penetrar a quién. Si la pareja de ocasión coincide en roles, lo demás será irse a la habitación de uno de los dos. 


Entre amigos 

Es común ver a cuates llegando en grupo después del antro. Cargados muchas veces con poppers, coca o cualquier variedad de “dulces”, arman orgías que duran unas buenas horas. Basta con convencer al recepcionista con una tarifa individual por visitante para que los dejen armar la fiesta en el cuarto. Hasta les conviene: tres, cuatro o cinco hombres en un cuarto que es para dos. No hace falta ser un genio matemático para saber que ahí hay billete. 

No es difícil encontrar material testimonial de estos encuentros: basta con entrar a páginas de videos de sexo amateur y teclear “hotel Mazatlán” o incluso “Maza”, como cariñosamente le dicen algunos, para ver que aquí pasa de todo. El fisting, elbareback, la golden shower e incluso tener acción en los pasillos no tiene nada de raro en este lugar. Y cumpliendo con la profecía de Warhol que afirmaba que en el futuro todos tendrían sus quince minutos de fama, los usuarios del hotel gozan subiendo sus videos para así cosechar votos y comentarios por parte de los espectadores. Trepar el video a la red es la parte final de la experiencia que culmina una noche de sexo sin tapujos. 

Viviéndolo en 3D

Después de vagar por los pasillos y siendo invitado por varios a pasar a sus cuartos para una experiencia uno a uno, al fin encuentro lo que busco: un cuarto con la cortina descorrida con cuatro hombres encuerados donde dos tienen sexo mientras los otros dos se masturban y se besan disfrutando el espectáculo. La puerta está cerrada pero al verme espiando a través de la ventana, me analizan y me dejan pasar. Les gusté. Trago saliva y entro al cuarto. 

No participo. “Ver me excita un chingo, cogen de poca madre”, le digo al activo que penetra a uno más jovencito e intenta meterme mano. Temo que me vayan a mandar lejos por nada más entrar de mirón, pero tengo suerte y no me dicen nada. Los otros dos siguen en lo suyo, pero también me invitan. Observo lo que hay en la cama: ropa, celulares, poppers, aceite de bebé que deduzco están usando como lubricante. 

Las luces están apagadas; sólo la luz del baño y la de la tele ayudan a mis pupilas que intentan adaptarse. Me acerco a la pareja que está en pleno mete y saca para comprobar mis suposiciones: están cogiendo "a pelo". 

El pasivo se da un pasón de poppers y hace gesto de convidarme. Me hago tonto y pongo cara de morbo viendo la escena. El activo bombea más rápido y dice “ya me voy a venir, te voy a preñar bien rico”. Se viene adentro del chavito, que no debe tener más de 22 años. No parece temerle a infectarse de algo: forma parte de la generación YOLO. Para ellos el SIDA es una cosa lejana que ya sólo pasa en las películas. Se viene también. Tengo ganas de decirle “coge todo lo que quieras, pero no mames, los condones son gratis en Salubridad y los dan afuera de los antros. Estás bien pinche morro”. Pero no vine a dar lecciones de moral sino a escribir una crónica. Sólo espero para mis adentros que este chaval no aprenda a la mala que, como en los espejos retrovisores, las cosas están más cerca de lo que aparentan y el VIH sigue siendo una realidad bien chafa. 
La salida

Todavía con muchas ideas retumbándome en la cabeza vuelvo a mi cuarto. Veo las grietas del techo intentando imaginar cuántos habrán cogido en la cama en la que yo ahora estoy tendido. Pienso en lo fácil que seria tachar de irresponsables a estos cuates por la manera en que se arriesgan pero llego a la conclusión de que, ya sea cogiendo a pelo, comiendo garnachas o metiéndole pata al acelerador, todos le hacemos guiños a la muerte. Si no es el SIDA, será la diabetes o la cirrosis. Finalmente a todos nos va a cargar la parca y nos suicidamos un poquito cada día. Al menos ellos gozan de sus cuerpos sudorosos y jadeantes en lugar de esperar quietecitos y bien portados que un cáncer se los lleve. 

Tomo algunas notas en mi libreta, la guardo, me fijo que no haya dejado nada en el cuarto. En el pasillo el recepcionista toca algunas puertas. 

-19, ya se te venció el cuarto. 

-Un ratito más, ni he agarrado nada. 

-Van a ser otros 190. 

A regañadientes, el cuate los paga. Dejo la llave en recepción y salgo del lugar. 

“Hay taxis, chavo”, me dice el recepcionista. Le digo que no gracias, que vivo a unas cuadras. El Callejón de la Igualdad luce vacío, salvo por un perro que hurga con el hocico en un montón de basura. A mi espalda el hotel Mazatlán, el legendario Maza, sigue en pie, y seguirá mientras haya hombres calientes que vengan a dejar su semen, su sudor y por supuesto, sus 190 pesos.
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Fuimos al Club Antifaz: sexo clandestino en Eje Central


Casi enfrente del Cine Teresa, que años atrás fuera templo de chaquetas, cogidas y morbo desbordado, se instaló hace poco un lugar mucho menos conocido, pero donde se va a lo mismo. Emparedado entre una tienda de electrónicos y un minisúper, está el número 130 de Eje Central Lázaro Cárdenas. En el botón 1 del interfón, se lee:Antifaz. De no ser por eso, nada delataría que hemos llegado a uno de esos sitios clandestinos de la ciudad donde, por unos cuantos pesos, se puede satisfacer al cuerpo e intercambiar fluidos sin empacho alguno. 

Afuera hay hombres en actitud sospechosa. Para el ojo no entrenado, pasarían por malandros, de esos que están a las vivas viendo a quién bajarle el celular o la cartera. Sólo los versados en el arte del ligue callejero sabemos que estos hombres no ven tus pertenencias, sino tu paquete o tu culo. Entre ellos destaca un chico con playera de la UVM que me tira una mirada braguetera y se moja los labios. Yo finjo no entender su código y me dirijo evasivo a la puerta del lugar.

Toco el botón del interfón y sólo suena el chasquido del dispositivo electrónico que permite saber que la puerta del edificio ya está abierta. El Club Antifaz, o simplemente ‘El Antifaz’ como ya lo llama cariñosamente su clientela, está en el segundo piso. Ahí, el chico que me miró el paquete, me alcanza. “¿Sabes cuánto cobran?”, me pregunta. “Según yo 40 pesos, ya si quieres rentar locker son 30 aparte”, le contesto, tragando saliva.

Tocamos la puerta que está rotulada con una carita sonriente y nos abren. Pagamos nuestro respectivo cover: yo mis 70 pesotes de cover y locker y el otro cuate 40, porque hoy es jueves de estudiantes y si tienes entre 18 y 23 años, el costo del guardarropa es gratis. Ahora su playera de la UVM cobró sentido: venía a aprovechar la bonita oferta, la bonita promoción. 


¿Listo para una experiencia sextrema? 


Like a virgin, touched for the very first time...

Una vez pagado el acceso hay que registrarse, anotando nombre y un password, además de tu rol sexual. Los lockers no tienen llave, pero ellos te aseguran que es seguro. El password es para que ningún listillo se quiera llevar las cosas que dejaste en tu locker. Como si fuera un trabajo godínez, también anotas tu hora de entrada. “No mames, casi te piden la cartilla de vacunación”, me dice el otro cuate para romper la tensión.

Ahí, en plena recepción, entregas tu ropa y te quedas tan encuerado como quieras. Casi todo el mundo conserva sólo la ropa interior. Y como a la tierra que fueres haz lo que vieres, me quedo en calzones, calcetas deportivas, mi gorra y tenis. El otro chavo se registra y alcanzo a fisgonear su INE: me doy cuenta de que apenas tiene 19 años.Antes de entregar mi celular discretamente le tomo foto a los precios de los condones, el lubricante, el viagra y los poppers.

Pasamos a la estancia y hay un pequeño refri con chelas y refrescos. A huevo, si no no sería negocio. Ahí me desafano de él para que no crean que venimos juntos y para explorar con más libertad. Unas cuantas mesitas, sillas y otros hombres en calzones, sobándose la verga por encima de la ropa interior. En la pantalla hay un video de Madonna: Like a Virgin. “¿Pero quién chigados va a ser virgen aquí?”, me pregunto, mientras me dispongo a entrar al área oscura del local que se abre para devorarme como una garganta de lobo.

Give it to me, yeah...

El Antifaz no es un sitio de cabinas convencional donde te ponen pelis porno y vas a todo, menos a verlas. Los muy listillos se ahorran las teles y los devedés, conscientes de que nadie las pela. En el laberinto de cuartos hay un par de “potros del amor”, uno en imitación de piel de cebra y otro de cuerhule.

>>¿Cómo diablos se usa el potro del amor?

La mayoría de los asistentes ronda entre los 18 y los 30, al menos hoy, seguro por la promo estudiantil. Sólo un par de señores se salen de ese rango: dos sugar daddiesde pelo en pecho y cabezas rapadas.

Apenas los ojos se empiezan a acostumbrar a la oscuridad, y las pupilas dilatadas permiten ver a las primeras bocas mamadoras haciendo lo suyo, trabajando las vergas erguidas. Un chavito delgado se la chupa con maestría a tres al mismo tiempo, turnándose. Y como si se tratara de un trofeo de caza, el más vergón se lo lleva a una de las cabinas y comienzan los pujidos.

Mientras Madonna continúa cantando sus éxitos —ahora anda en Give it to me—, el chavito hace de corista involuntario, pero en español: “dámelo cabrón, más adentro, así, qué rico, más, más”. Afuera, los demás siguen mamando y un barbón se me acerca: “estás bien rico wey, qué onda, ¿te la meto?”. Yo, para zafarme de la situación, le contesto con falsa seguridad: “no wey, gracias, pero soy activo” y me escurro rápidamente en el laberinto. Porque ante todo hay que ser profesional, oigan. 
When you call my name, it’s like a Little pray...

La luz roja de El Antifaz, como la de un cuarto de revelado, hace que el aspecto de las paredes descarapeladas se vea un poco menos culero, casi sensual. Y como en toda fiesta, lo mejor siempre está al final. Al fondo es donde están los cuartos menos iluminados y grupos de entre siete y diez chavos cogen, chupan y gimen. Unos usan condón, a otros les vale madre protegerse. Esa frase de que “sin globito no hay fiesta” para muchos no es necesariamente cierta. 

Las primeras lluvias de semen caen sobre las caras y las nalgas. Unas erecciones bajan, otras se reavivan, animadas por el morbo del roce del cuerpo ajeno en las cabinas y los pasillos estrechos. Como evidentemente no traigo libreta de notas, trato de recordar mentalmente todos los detalles, abriendo los ojos como platos, dejando que la nariz se sature del aroma a mierda y mecos, archivando los datos que me permitirán la reconstrucción futura de los hechos.

Me dirijo a un cuarto que parece que no había explorado cuando escucho mi nombre:“¿Pável?”. Salto como un gato sorprendido a media travesura y me topo de frente con un excompañero de la Universidad. “Si no dices nada, yo tampoco digo nada, ¿va?”me propone, dándome una palmada en el hombro. No me da chance de explicarle que yo estoy chambeando y no dándole gusto al cuerpo cuando ya se perdió en el laberinto oscuro.

“When you call my name it’s like a little pray”, canta Madonna. “When you call my name”, balbuceo yo, mientras emprendo la graciosa huida antes de encontrarme a algún otro conocido. “¿Tan rápido?” me pregunta el de la recepción, insinuando entre líneas que soy un pobre precoz. “Este, sí, tengo chamba por hacer”. Como que no me lo cree del todo, pero me vale madre. Tomo mis cosas y me voy en chinga.

“When you call my name…”. Carajo. Si les dicen que me vieron ahí no vayan a pensar que soy un golfo. Bueno sí, pero ahorita no gracias, porque estoy casado. Carajo. ¡Carajo!
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La Casita de Insurgentes


Mirábamos cómo la luz del día comenzaba a abrirse paso y fumábamos. El silencio de la madrugada cedía ante el creciente ruido de Insurgentes. “Me gusta que hagamos esto”. Mi mirada inquisitiva fue suficiente para que añadiera una explicación: “esto, platicar… es como exorcizar el lugar, ¿no?”. Nunca más cierto. La luz y las palabras no pertenecen al reino de La Casita. Subir a la azotea de ese edificio de tres pisos, techada por láminas y con sus límites enrejados que aprisionan, a vislumbrar un amanecer mientras se charla con una torpe intimidad, no sólo exorciza, sino aniquila a La Casita. Es invocar a Apolo en el más suntuoso templo que la ciudad de México le haya dedicado a Dionisio.

La Casita1 no es un spa. La Casita no es un sauna. La Casita ni siquiera es, dicen, un cuarto oscuro. No. La Casita es un sofisticado segmento del espacio, un área liminar que algunos homosexuales de la capital crearon al estilo de un recinto sagrado que logra, como pocos, el abandono total de la razón. La categoría “club de encuentros” que es como se autodefine, o “sex club”, con la que aparece en algunas guías de la ciudad, no explica lo que ahí ocurre. Peor aún: poco a poco las llamadas de atención la han ido convirtiendo en sóloeso.

Mi interlocutor acaba de tener sexo con seis cuerpos esa noche. Los penetró a todos. Entre cada evento subía a la azotea a fumar un cigarro, a estar solo, a recuperar energías, a respirar un aire que no oliera a lo que huele realmente la humanidad… a seleccionar su siguiente bulto. Ahí me miraba inquisitivamente. No entendía cuál era mi juego, por qué no era como el de todos los demás. No trataba de seducirme, sólo quería entender a quien sólo observaba desde una esquina sigilosamente sentado… o petrificado, diría yo.

“¿Eres de aquí?”, me preguntó al acercarse. Rompió la tácita regla del silencio al tiempo que abría la estación del Metro Insurgentes, cosa más efectiva que la salida del sol para anunciar el fin de la noche y la imposición de las regularidades, las crudas y las rutinas. El espacio de La Casita entonces se asfixia de culpas, de hedores, de huidas cabizbajas. Sólo hay un taxi que aguarda afuera, los demás huyen despavoridos adonde puedan. Nació un tema de investigación.

Aún así, hoy, en esa fachada bien mantenida en Insurgentes, disfrazada de la vieja y nueva colonia Roma, en la que sus ventanas fueron tapiadas o los vidrios pintados con el mismo color mamey de las paredes, se puede tocar un timbre con una cámara integrada. El visitante es evaluado no muy rigurosamente. El requisito es que sea o parezca del sexo masculino. Sería interesante saber qué pudiera experimentar una mujer ahí. Una chicharra indica que se ha liberado el cerrojo y la puerta se empuja hacia una pequeña recepción a desnivel. Tras subir los escalones que conducen a ese cuartito, un hombre adormilado y malhumorado, se levanta de una silla de plástico y finge catear a cada visitante permitiendo el paso de lo que sea que traiga bajo las ropas. Antes era más rústico, pero a medida que La Casita se expone al imperio de la notoriedad, ahora hay letreros que amenazan con “no ingresar armas y drogas”, con “no ejercer la prostitución dentro del lugar”, que “La Casita no discrimina”, que “no se puede fumar”. Un paso recientemente añadido es en el que el vigilante echa un desinteresado vistazo de reojo a una identificación que acredite mayoría de edad. Uno podría presentar cualquier tarjeta.

Le sigue otra ficción: el ritual de ingreso. La Casita no podría subsistir jurídicamente de otra forma si no fuera por estar registrada como un club privado. De esta forma, los visitantes no son clientes, sino miembros de una organización. El socio se anota en una lista de membresía y le es entregada su mágica credencial enmicada. Entre garabatos ininteligibles e ingenuos nombres y apellidos, los más distinguidos miembros que se leen en la selecta lista resaltan: “Pasiva entrona”, “Puto el que lo lea”, “Chuy de la Buenos Aires”, “Hernán Cortés” y “Activo 20 cms”.

Hoy en día el socio paga una cuota de 90 pesos —alguna vez fueron 50— a una tercia de dependientes serios y malencarados. Un precio adicional hay para quien quiere servicio de guardarropa que es siempre desaconsejado por los parroquianos, pues, dicen, los dependientes se roban todo lo que encuentran. Listo. Las formalidades terminan para dar paso a ¿las libertades?

La Casita ocupa lo de una casa o dos. Esa sensación tan agradable de trasgresión que ocurre cuando uno entra a esas casas porfirianas que han sido adaptadas como cafés y restaurantes, en La Casita encuentra su radical contraparte. Ahí están los tristes acabados centenarios en un espacio que desconcierta. En un comedor se come, en una sala se conversa con las visitas, en una recámara se duerme. En los restaurantes que invaden estas reglas de lo privado no hay incertidumbre: en esta casa se da servicio de alimentos en todos sus cuartos. Ahí está la nada. El vértigo es insoportable.

Como un lienzo negro, se anda por lo que parecen corredores y se entra a espacios cerrados donde a veces hay subdivisiones de tabla roca que simulan pequeños cuartitos y a veces no, a veces hay camastros o sillones y a veces no, a veces hay literas y a veces no. Hay escaleras, hay balcones interiores. Pero no hay ventanas que permitan el paso de la luz exterior, no hay puertas. En los baños rara vez corre un hilo de agua por sus lavabos y no suele haber papel sanitario. Hoy no son baños. Son reliquias. Imaginarla como una casa funcional resulta difícil. Las posibilidades creativas de quien ingresa son todas y ninguna.

Una estación de radio suena quedo por toda la casa. Un esfuerzo por amoldarse a la exigencia de ser un “sex club” ha impuesto un género de música electrónica tan relajante como perturbadora. No hace tanto era una simple estación de música continua con éxitos viejos y nuevos del pop local y en inglés. No se trata de bailar, ni de escucharla. No sé si busca hacer tolerable el vacío o incitar al silencio. Cada espacio tiene diferente grado de hedor dependiendo el día, la hora y la afluencia. Subir a la azotea es una obligación para los que tenemos estómago débil. Y es ahí donde se descubre la ruta más macabra: en ese último piso aparece un angosto tiro con una escalerilla metálica de caracol que, al descender, te ingresa a la que parece una segunda casa, o bien, toda una segunda sección aislada de la que uno ingresó por la calle.

Lo mismo: cuartos con diferentes formas, tamaños y muebles, pero generalmente sin nada. Oscuridad y más oscuridad. Sin embargo, esa segunda casa es más angosta, dando una sensación de verticalidad. No hay ventanas. No hay puertas al exterior. Ahí hay una barra en la que de vez en cuando se cumple con la función de vender cerveza, pero generalmente está vacía. En realidad, en esa segunda casa se desciende hacia una trampa. El sótano, donde entre la penumbra se adivina un mingitorio sin agua, una cruz de tablones de madera con cadenas, como lo que pudiera parecer la bodega del escenario de una película sadomasoquista, es el clímax. La inexistencia de ventilación, de luz y de desagüe genera una ilustrativa instalación de una corporalidad humana desindividualizada, ciega y sorda. Dentro de un cuartito anexo al sótano, siempre hay cuerpos ahí, cambian de número y forma como un inestable líquido del que se le desprenden y adhieren gotas. Lo que está ahí es un estado de humanidad muy infrecuente. Leviatán.

Dicen que alguna vez en ese cuartito del sótano hallaron un muerto. Es una leyenda urbana, quizá la más célebre de La Casita. Nadie puede determinar el cuándo y, como buen relato de tradición oral, hay versiones más aderezadas que otras. Que si lo hallaron después de tres días, que si estaba mutilado, que si fue suicidio, que si fue una sobredosis. Todas coinciden en que el muerto estaba en el sótano. Todas concluyen en que éste fue desechado sin identificación alguna. Tal vez en el libro de socios era “Pánfilo de Narváez”. Para ir al sótano hay que dejar la razón afuera, pero para salir de ahí existe el riesgo de dejar el cuerpo… al alma quién sabe qué le pase. Dionisio en La Casita es rey.

Pongamos que, de pronto, se quiere escapar. La puerta de salida está a años luz de ese sótano. Un cuerpo debe primero retomar su individualidad, separarse de esa masa que lo absorbe y emprender una complicada huida. Subir y subir, pasar por corredores y cuartos donde sólo se escucha ese radio, algunos suspiros y a veces gemidos, meterse al tiro de escalerillas que llevan a la azotea, respirar en ese oasis a medias y recordar la meta: la calle. Comienza el descenso por la parte frontal donde señalar que es “más iluminada” es un decir. La individualidad se va recuperando con la vergüenza o con la conciencia y el paso se va apresurando. Quien camina rápido es porque descubrió que ya se quiere ir de ahí. Necesita la calle. Necesita un semáforo, un escalón que indique claramente la separación del paso entre los coches y los peatones, una casa donde la recámara signifique descanso. Es decir, necesita recuperar reglas y esencias, volver a saber cómo ser uno, restaurar el equilibrio entre el cuerpo con sus placeres y la razón que lo conduce.

Adrián2 llega sólo los viernes o los sábados. Muy rara vez entre semana. Llega borracho, unas veces más que otras. Para él La Casita sólo se trata de sexo. “¿Has tenido pareja?”, le pregunto en un torpe tono de entrevista. “Tengo. Una mujer y dos hijos”. Sonríe con malicia. “No te la esperabas, ¿verdá? Mira, yo no sé qué sea, si joto, bisexual o qué y no me importa. Este es mi rollo, ¿no? Y no creas que le fallo a mi mujer, yo la amo y le doy lo que ella necesita y a mis hijos también. Esto es para mí. Esto soy yo y mis necesidades”.

El ritual de Adrián es el mismo cada noche que asiste a La Casita. Se para contra alguno de los muros de lo que pudiéramos calificar de lóbregos corredores de la casa. Espera. Fuma. Mira. En las penumbras, cuerpos deambulan a paso lento por todo el inmueble, examinándolo todo y a todos pero con suavidad. No hay mucho que hacer ni qué señalizar: cuando un cuerpo se detiene significa disponibilidad de contacto y si lo hace próximo a otro lo plausible es que se fundan en una sola masa por un tiempo, se separen y continúen su andar. Adrián aún conserva reminiscencias de la norma de distribución espacial del sexo, así que conduce a su carne en turno a una habitación oscura… esto es, con la cantidad de luz de un hoyo negro. Como un ciego que se conduce por andenes del Metro, Adrián sabe la ubicación exacta de los camastros que hay en ese cuarto, pero él no se recuesta, me dice, porque le da asco y tienen ladillas. Coloca ahí a su contraparte en turno.

“Siempre uso condón, no vayas a creer”, me dice. Claro, si hemos traído el sol, la palabra y las reglas, la no pedida mención a la santa prudencia de salud sexual debe venir con la letanía. “¿Siempre son diferentes?”, pregunto. “Pus trato, pero la verdad es que a veces no me doy cuenta… una vez hubo uno que quería que yo me quedara con él toda la noche, que nos fuéramos a un lugar mejor, ya sabes, una jotita, y ahí, insistente el cabrón… Amenacé con madreármelo, pero mejor ya me dio hueva y me fui a mi casa temprano”.

Adrián es contador. Trabaja en un despacho como empleado. Dijo que tenía 42 años. Lleva unos cinco años visitando con frecuencia La Casita. Ha ido a otros sitios donde la práctica de sexo entre hombres es el común denominador: fiestas sexuales, cabinas de sexshops, baños de Sanborns, la Alameda antes de su remodelación o clubes de encuentros, pero dice que sólo le gusta esa, La Casita de Insurgentes, porque hay dos. “Es que los otros lugares o son más peligrosos o son más fresas o no sé, como que te dejan estar menos en tu rollo. Mira, yo sé que esto es una pocilga, pero tal vez me gusta por eso”.

“Iba tanto”. Silencio. La mirada de Alejandro,3 un recién egresado de la carrera de derecho de una universidad pública, se vuelve hacia adentro, se le tuercen los labios y se le aguan los ojos. “¡Es que iba muchísimo! ¡Y por imbécil! ¡Pude haberme contagiado de lo que fuera! ¡Oye, dicen que ahí hasta mataron a alguien!”.

“No sé qué es lo que buscaba. O sea, sí, lo que todo el mundo. Estás borracho, solo y morboso y ya, acabas ahí. Y lo peor es que sales sintiéndote peor que como entraste. Ay, no sé. Había veces que al salir de ahí me subía al coche y mejor me ponía a cantar o a pensar en el trabajo o en otra cosa porque si pensaba en que acababa de estar en ese lugar me ponía a llorar… De todas formas al siguiente fin ahí estaba de nuevo de pendeja.

”Mira, la verdad es que no soy bueno para ligar. Vas a Zona (refiriéndose en general a cualquier bar o antro de la Zona Rosa) y pues ahí estás, vas tomando dizque para darte valor, vas viendo quién te gusta y cuando ves que a ése ya le echaron el ojo y se le acercó otro, o peor, que el que siempre te ha gustado ya tiene novio, se te derrumba el mundo y te sientes que nunca nadie te hará caso, porque eres horrible y aburrido, porque no pasas mil horas en el gimnasio y no te vistes bien, porque lo que tienes para ofrecer a nadie le importa… Y entonces empiezas a pensar que lo único que quisieras es estar cuchareando(acurrucado) viendo la tele y no ahí, con esa música a todo volumen y con la gente juzgándote. Yo me ponía muy mal. Yo soy de los que llevaba el vestido de novia en el coche por si encontraba al amor de mi vida en el cuarto oscuro del Toms (bar en Insurgentes).

”Lo que pasa en La Casita es que ahí ligas seguro. Ya. Ya sé que si uno no encuentra al amor de su vida en el antro, menos lo va a encontrar en La Casita. Pero pues así es una, tonta y calenturienta. O sea, ahí de que encuentras quien se te arrime, lo encuentras, aunque si te lo toparas en la calle una hora después no lo reconocerías porque jamás le viste la cara. Eso era lo que me pasaba en La Casita, yo sabía que no iba a encontrar ahí lo que buscaba. Todos los días sabía que ahí no era. Todo el tiempo me daba repulsión siquiera pensar en ese lugar. Pero en la noche, después de cinco o seis cervezas y ver que el hombre más guapo de México se fue con el segundo hombre más guapo de México, simplemente quería ir a la estúpida Casita.

”Cuando no llevaba coche, caminaba por las calles de la Juárez y de la Roma. Esperaba a que se me bajara la peda para ver si así me arrepentía de ir, pero me salía peor, porque en la calle me empezaba a calentar mucho más y entonces iba a ver a los chichifos (prostitutos) que se ponen en Reforma o en Hamburgo… Total, después de mucho paseo y morbo, terminaba en La Casita.

”¡¿Pues qué te puedes imaginar que hacía ahí?! Bueno, no te creas, yo era bien portado. O sea, no me metía jamás a las bolitas que luego se hacen. De hecho nunca estuve con más de uno. Bueno, una vez sí con dos, pero leve. Me daba pánico enfermarme, así que cuando veía que la cosa iba subiendo de nivel, mejor me quitaba y me ponía a dar vueltas, otra vez pensando en encontrarme con el amor de mi vida. Y pues ahí de idiota, ¿verdad? Otra vez, analizando quién me gustaba y a ver si yo le gustaba. ¡Hazme el favor! ¡En La Casita! Y entonces una de dos, o me iba para mi casa o me metía a alguna de las habitaciones más oscuras. ¡Noooo! ¡Nunca en la de hasta abajo, que es en la que dicen que mataron al chavo y además no se puede ni respirar de la peste! Y pus ya, ahí no pasaba de algo superleve y con eso me deprimía mucho y me iba. Al día siguiente tenía el alma hecha mierda y, por supuesto, se me activaban todo tipo de paranoias de ‘y si cuando me le acerqué… y me la puso… y me agaché… ¿me habrá pasado algún bicho?’ Y es que una vez sí me saqué mucho de onda, porque un pinche oso (hombre corpulento y peludo) me pegó ladillas. Fue horrible, imagínate. Yo ahí, con una comezón imparable y usando los champús, esos que huelen superfuerte. Yo no quería que nadie se enterara.

”Qué te digo, jamás volvería. Además hasta tenía pesadillas. Bueno, no son pesadillas, porque no me despertaba todo asustado y agitado. Me asustaba por lo que soñaba: estaba en la calle, de noche y de pronto me topaba con un lugar al que me moría de ganas de entrar tanto como me daba miedo y me excitaba mucho. No sé cómo decírtelo, cuando volteaba hacia ese lugar era como una caverna o una construcción, amplia pero muy oscura y aunque no los viera, yo sabía que estaba llena de cuerpos, pero raros, como de zombis, ¿ya sabes? Todos idénticos, flaquitos, como hechos de plastilina, apenas veía cientos de siluetas y yo sólo quería entrar pero había una parte de mí que sabía que no debía. Y en eso siempre me despertaba y me asustaba mucho. Yo creo que sí me hacía daño como en el alma, o sea, no volvería.

”Mira, ahora por fin tengo una relación estable y esa ansiedad desapareció. En todos estos años que no he vuelto, jamás he tenido siquiera la tentación. Vamos, que ni creas que ha sido un esfuerzo. Je, ¡ya me curé! Claro, antes también me repetía a mí mismo que no volvería y caía. Pero después no sé, si vuelvo a estar soltero, no sé si La Casita siga existiendo. A lo mejor un día otra vez me agarra el morbo y tal vez por nostalgia me doy una vuelta. Pero creo que ese lugar no puede seguir durando o no así, como estaba cuando yo iba. El mundo ya cambió. México ya cambió. Ahora hay saunas como en Europa y los gays ya no estamos tan locas como antes… creo.

”No sé por qué no iba al Sodome (sauna dedicado al sexo entre hombres ubicado en Polanco). O sea, fui una vez, con unos amigos. Ya sabes, todas las jotitas ahí, con nuestra toalla, riéndonos como tontas y criticando al que ya se perdió por ahí. Es un lugar bien, nada que ver con La Casita. Y tal vez por eso no iba, ¿qué tal que me encuentro a alguien conocido? Sí, en La Casita me encontré a un conocido más de una vez, pero es como si encontrarse ahí significara que ambos somos igual de miserables. En cambio, si nos topamos en el Sodome, es como cualquier antro, donde te sientes juzgado por todos. En La Casita nadie te puede juzgar por el simple hecho de que los dos estamos en el mismo cuchitril, ¿ves? Que si más gordito, que si más chaparrito, que si más rico, que si más pobre, ¡qué más da! ¡Las dos ahí en las puertas del mismo infierno!

”No sé si más libre o más qué cosa, pero sí te puedo decir que en La Casita la onda es por lo menos más honesta. En los otros lugares tienes que demostrar algo siempre, en La Casita le abren la puerta a cualquier pendejo. No sé si por lo sórdido y decadente o por qué, yo te puedo decir que es el único lugar de México que conozco donde no importa dónde carajos naciste, creciste o estudiaste, si trabajas aquí o si trabajas allá, si eres un viejito o un chavito, si eres fresa o chacal, si eres gordo o flaco, dizque activo o pasivo… No sé, es como si entrar ahí te rebajara al mismo plano. Nadie puede presumir de nada si entró a La Casita.”

Para algunos no hay mejor forma de celebrar la vida que celebrando la muerte.Mexbugchaser puso un anuncio clasificado donde exponía su deseo de vivir su conversiónuna madrugada del 1 de enero de 2008 en La Casita de Insurgentes. Esto es, mantendría el rol pasivo en un número suficiente de relaciones sexuales sin protección como para garantizar que le fuera inoculado el virus del VIH. El aviso se encontraba en el sitio web llamado “Clandestino Gay”, que fue clausurado por las autoridades acusado de servir de punto de contacto para prostitución y pornografía infantil.4 Los foristas reaccionaron incendiariamente frente a este anónimo cuestionándole su deliberada intención de ser infectado. No faltó quien posteara algún artículo informativo sobre esta práctica consciente de la transmisión del virus donde incluso se celebran fiestas en las que el que desea albergar el VIH recibe el nombre de “bugchaser” (cazador del bicho) y los portadores —o uno solo cuya identidad se mantiene en secreto— que se lo inocularán se llaman “giftgivers” (donantes del regalo). El virus es retóricamente tratado como un “don”, una “bendición”, el fin de una vida sexual preocupada por el contagio al optar recibirlo como una liberación plena.

Esa madrugada de fiesta todo concurre en La Casita. Grupos de amigos, solitarios, jóvenes, adultos y hasta adultos mayores, estudiantes, profesionistas, dependientes de tiendas que sólo descansan el 1 de enero, albañiles, escritores, cargueros, policías, funcionarios públicos, políticos de medio pelo y hasta alguna personalidad de la televisión. La Casita, cuya auténtica bacanal está disponible las 24 horas de los 365 días, es revestida de mayor celebración al despunte de la primera alba del año. Tal vez cualquier madrugada dominical tiene más gente, pero nunca en una actitud tan arrebatada como la del 1 de enero.

Al entrar a uno de los cuartos se observa un semicírculo silencioso de hombres amontonados contra una pared. Se escuchan gemidos. Todos concentran su atención en la acción que ocurre en el centro de esa masa. Ahí, un muchacho, completamente desnudo, de espaldas al grupo, con las manos apoyadas en la pared y con las piernas semiflexionadas es penetrado por turnos por todos los demás, acaso 10 hombres. ¿Será elMexbugchaser? Quién sabe. Escenas similares se repiten en diferentes puntos de la casa. Tal vez más de uno recibirá el regalo.

En otro rincón se observa a una tercia de cuerpos que frotan, rozan y besan entre sí. Entre ellos resalta una cabeza que aspira un pequeño frasquito de poppers. Dicen que los mismos dependientes de La Casita la venden, junto con condones. En los cuartos entran algunas personas que buscan orientarse u observar con la luz que emiten sus teléfonos celulares. Inmediatamente se escucha: “ssssh, ¡apaga eso!” y, en caso de no obedecer, es factible que alguien suelte un manazo al aparato. Por cada dos o tres voyeuristas hay por lo menos un exhibicionista. El intercambio de roles no sería raro.

Otros sostienen una conversación a un volumen muy bajo en el sillón de uno de los dos cuartos donde una vieja televisión transmite, en una muy mala calidad y con el brillo altísimo, una repetida película porno. La titilante pantalla sirve de fuente de luz romántica para quienes acaban de acordar una relación sexual dignificada en un hotel de paso, así que se despiden de los amigos que los acompañaron y se retiran de La Casita.

En una noche como esas Alberto5 se infectó con el VIH. Él está seguro que fue ahí porque es la única vez que recuerda que llegó a tener sexo sin protección. Era una etapa de su vida en la que tenía muchas relaciones sexuales con diferentes parejas y en una gran variedad de lugares públicos. Se jactaba de conocerlos todos: el caminito verde de la UNAM, los Viveros de Coyoacán, el ligue en el cruce de División del Norte y Universidad, los baños de la Central Camionera del Norte, el Hotel Mazatlán, el Cine Savoy y tantos más. Sin embargo, él sabe que fue ahí, en Insurgentes a la altura de la estación de Metrobús Durango. Confiesa un par de años después que no sabe qué fue lo que se apoderó de él, pero estaba muy alcoholizado. En uno de esos cuartos, sin saber quién fue, consintió ser penetrado sin protección alguna. No quiere hablar mucho del tema. Sólo repite que no sabe qué fue lo que pasó y que no tiene caso darle más vueltas, que sí, siempre se cuidó y que por una sola vez que no… Fue en La Casita, donde sin las prisas y el estrés por ser descubierto un condón fue una omisión casi natural. “Hay lugares peores que La Casita, hay fiestas que harían verla como el lugar más fresa de la ciudad, pero sí, algo tiene que la hace diferente. Es como si supieras que estás en un lugar al que nadie le importa, a nadie le interesa y nadie vigila”.

La sensación de anomia es la atracción que La Casita ofrece. Adentro se llega a lograr a veces la inexistencia de las clases sociales, los roles, las homofobias y los preceptos de cualquier tipo. Todo se trata del cuerpo masculino. De un cuerpo genérico, sin estética, sólo con sensaciones. En ese mundo al revés, tal vez no es tanto la decisión de tomar un riesgo a contagiarse, sino que en ese abandono hasta el riesgo es bienvenido en una entregada celebración del cuerpo a la vida.

Hace no tantos años, cuando la ciudad y sus espacios de consumo para clases medias y altas no contaban con tanta promoción y reseña, La Casita era mencionada como un “club de encuentros”. Hoy las franquicias mexicanas de guías urbanas internacionales que no conocen de particularidades locales la llaman “sex club”.6 Como si La Casita fuera una importación de un concepto extranjero. Como si la única manera de presentarla o entenderla sea en los términos de lo ya probado, creado y vivido fuera de las fronteras. Como si la experiencia de ir a un sex club sea la misma que la de La Casita cuando claramente sus visitantes expresan reiteradamente que no es lo mismo. Como si no pudiera ser… La Casita.

No he logrado averiguar desde cuándo existe. Cuando pregunté a los dependientes sobre la fundación de La Casita me contestaron refunfuñando que para qué quería saber eso y que ellos no sabían. Las experiencias y relatos de diferentes homosexuales capitalinos y algunos visitantes coinciden en que el sitio apareció en algún momento de la década de 1990. La vida gay se asentaba principalmente en la Zona Rosa y algunos bares dispersos sobre la avenida Insurgentes, el Centro y en Ciudad Nezahualcóyotl.

La Casita, junto con otros espacios conocidos como clubes de encuentro, satisfacía la demanda homosexual de sitios para prácticas sexuales sin la necesidad de mantener relaciones personales posteriores al encuentro. La prostitución en el mundo homosexual, aunque existe, nunca ha sido tan necesaria para satisfacer esto, como en el mundo heterosexual, donde un lugar como La Casita parece logísticamente impensable. 

Esta dinámica se mantuvo por un tiempo hasta que, ciertamente, llegaron nuevos tiempos. Mejores en algún sentido, peores en otro. La muy lenta aceptación y normalización de cierto tipo de vida gay se fue abriendo paso entre los mercados y así consiguió que la ciudad contara con su primer antro con cadena ubicado en una zona exclusiva y que discriminara abiertamente por apariencias de aspecto, raza y clase social. La normalización de la vida gay incluyó su adscripción a la violenta división de clases sociales que anteriormente se vivía menos burdamente. Hoy, desde la óptica acomodada tenemos antros discriminatorios en Polanco y Lomas de Chapultepec y antros “alternativos” en la calle República de Cuba. Los de la Zona Rosa ya ni siquiera se mencionan en las reseñas que resumen la vida gay de la ciudad.7 La Casita está cada vez más sola en un circuito gay en el que lo que pasó de moda fue esa forma de vivir la homosexualidad. Los primeros saunas destinados a los encuentros sexuales, en vez de algunos baños públicos, han abierto sus puertas. La distribución espacial y las normas de la conducta homosexual se han transformado al sumarse a las tendencias globales que la aceptan sólo en parte y le imponen normas viejas para adaptarse a los mercados con patrones y prácticas de consumo preestablecidos.

La Casita fue un agujero negro que surgió en una colonia Roma que hoy está dejando de existir. En su entorno se encuentra un nuevo ambiente del que ella es cada vez menos su apoteosis. La antigua casa porfiriana en el perímetro cercano a la Glorieta de Insurgentes es una ruina de una Roma que ya no es la colonia abandonada por las opulentas familias que la fundaron, va dejando de ser la colonia de los hospitales, de los hoteles de paso y fiestas swingers, la ocupada por asociaciones de paracaidistas y migraciones indígenas tras el sismo de 1985. Ya no es esa colonia que hubiera ahuyentado, inclusive, a su célebre vampiro de algunas décadas atrás. Esa perdición que caracterizaba a las noches de la camaleónica Insurgentes en su parte central, hoy resiste cada vez más débil. La Casita deja de ser representativa de una forma de espacio que tal vez sólo es posible en las zonas marginales donde se podía vivir con formas clandestinas una asediada o ignorada homosexualidad sin reglas, sin mensajes, sin consejos dedicados a ella. Tal vez La Casita existió siempre en la ciudad de México y en otras urbes con otros nombres y en otras sedes. Pero hoy estos espacios agonizan. Se sustituyen por otros donde la democrática anomia se ha intercambiado por performances, algunos más trasgresores que otros, pero todos regulados por el mercado.

Renovarse o morir, La Casita aún no se decide por cuál de las dos, pero coquetea con la primera opción: convertirse en ese performance que es el “sex club” que le asignan las guías gay. Dejarse de una buena vez de particularidades, de ser el espacio donde ante la nada sólo queda la creatividad de un ser abandonado a su desenfrenado deleite, y sumarse al tren de las certezas y tranquilizantes monotonías del mercado internacional. Meter un poco de Apolo al templo de Dionisio.
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sábado, 6 de agosto de 2016

La tierra donde se dan los hombres, Guadalajara


Hay un dicho popular que se escucha por todo México (menos en Guadalajara), y ese dicho dice algo así:

“Guadalajara es la tierra donde se dan los hombres… pero unos con otros!”.


¡Aquí les comparto mis experiencias de viaje en este destino!



¿Cómo llegar?

También conocida como “Ciudad de las Rosas” o “Guanatos” se ubicada en el Occidente del país en el estado de Jalisco, cuenta con una población de 4.625.000 habitantes la convierte en la décima ciudad más grande de Latinoamérica y la segunda ciudad más grande México. El municipio de Guadalajarageográficamente es muy pequeño, por lo cual la mancha urbana se expande a los municipios deZapopan, Tlaquepaque, Tonalá y Tlajomulco de Zuñiga, a todo este grupo de localidades se les denomina Zona Metropolita de Guadalajara.

Guadalajara cuenta con un Aeropuerto Internacional, el tercer más grande del país solo rebasado por Ciudad de México y Cancún. Cuenta con vuelos directos a varias ciudades de Estados Unidos, Guatemala, Costa Rica y Panamá, así como vuelos nacionales como a Ciudad de México, Los Cabos, Tijuana, Cancún, por mencionar algunos. Un vuelo desde Ciudad de México tarda 45 min y tiene un costo promedio de $1,500 pesos mexicanos (USD $100).

En México no hay un servicio de Tren de Pasajeros, por lo cual todas las conexiones terrestres se hacen en autobús. En Guadalajara existen dos terminales de autobús. Este es un dato importante dado que la llamada “Central Camionera Vieja” es donde salen autobuses a las poblaciones cercanas, las unidades usualmente no están en las mejores condiciones pero los tickets son sumamente baratos y se encuentra a escasos 15 minutos caminado desde el Centro de la ciudad (Downtown). La “Nueva Central Camionera” se ubica en Tlaquepaque a unos 30 minutos en automóvil del Centro, de ella salen autobuses a varios destinos nacionales y dentro del estado por ejemplo Puerto Vallarta cuyo ticket en promedio vale $500 pesos mexicanos (USD $34) y el trayecto es de 6 horas. Si vienes de Ciudad de México puedes tomar un autobús en Central Norte el costo promedio es de $700 pesos mexicanos (USD $47) y tarda 6-7 horas promedio.

Yo en lo personal he tomado el autobús, es muy cómodo y seguro.


¿Dónde quedarse?

Mis compañeros Jenny, Jorge y Alberto tuvieron la oportunidad de quedarse en un hotel súper #GayFriendly llamado Aloft Guadalajara. Es muy interesante porque junto con un antro llamado Envy, tienen una tarifa única de $1,200 pesos mexicanos más impuestos, en una habitación Aloft King o Doble, este paquete incluye también un welcome drink nacional, desayuno continental, internet y estacionamiento gratis y además, ¡el cover de Envy para una o dos personas! (Sábado, a partir de las 23 horas).



Y por si fuera poco, para que aproveches de las fiestas de la ciudad más vibrante del país, Aloft Guadalajara otorga un late check out para que no tengas que dejar la increíble habitación sino hasta las 16 horas (hasta en la cruda piensan).


¿Cómo moverse?

En Guadalajara se cuenta con 3 medios de transporte público básicos. Se paga por viaje, no por destino.

Camión Urbano el cual cobra de $6-$15 pesos mexicanos. (USD $0.5-1.00). Se paga en efectivo al operador y prácticamente existe una ruta de camión para cada rincón de la ciudad. No hay un horario específico para tomarlos, usualmente inician su servicio a las 5:00 am y lo terminan sobre las 10:00 pm. Guarda tu boleto, hay inspección.

Tren Ligero, cuenta con 2 líneas y una tercera en construcción el costo es $7 pesos mexicanos (USD $0.5), es muy limpio rápido y sumamente seguro. En algunas estaciones puedes encontrar carteles que marcan los horarios en los cuales pasara el próximo tren, por lo general tarden de 3-5 minutos el intervalo de tiempo. El último tren pasa 11:00 pm pero sugiero estar a las 10:30 en la estación.

Macrobus, cuenta con 2 líneas (Express y Parador) y recorren toda la Calzada Independencia, con esta línea puedes llegar Barranca de Huentitan, Estadio Jalisco, San Juan de Dios, Centro, Tianguis Cultural, etc. El costo es de $7 pesos mexicanos (USD $0.5).
#UltraLowBudgetTip:
Si tu estancia será de varios días y planeas utilizar con frecuencia el Tren Ligero y Macrobus. Compra la tarjeta de Macrobus, su costo es de $20 pesos mexicanos (USD $1.5) y con ella al transbordar en la Estación de San Juan de Dios tendrás un 50% de descuento y si posteriormente transbordas a un camión de “Línea Alimentadora” este viaje te sale Gratis.
Si no tienes dinero y cuentas con la tarjeta Macrobus, puedes utilizarla en este y te dará un “Viaje a crédito” y listo viaje Gratis!


¡Turisteando!

Guadalajara es una ciudad cosmopolita. El folk mexicano, el Mariachi, el Tequila y los guapísimos charros, son originarios de esta ciudad. En lo personal cuando viajo a un destino trato de vivir lo que la gente local hace, no lo que el turista hace, esa es la esencia de un mochilero.

Corredor Andares es el punto de reunión del lujo tapatío por excelencia. Ubicado en Zapopan a unos 45 minutos en automóvil del Centro, también puedes llegar en autobús tomando la ruta 25. Se encuentra este desarrollo comercial en el cual puedes encontrar las mas prestigiosas marcas de diseñador, así como antros de moda y restaurantes cuyo ticket promedio oscila en los +/- $300 pesos mexicanos (USD $20) por persona.
#UltraLowBudgetTip: Si bien Andares es de lo más caro y costoso de la ciudad, aún hay cosas baratas y gratis que podemos hacer.
Los jueves 7:30 pm hay clases de tango por $80 pesos mexicanos (USD $5.50)
Sábados de 11:00am-3:00 pm el Mercado de Alimentos Orgánicos.
Miércoles-Domingo hay conciertos, ballet, teatro o danza al aire libre gratis, ideal para comprar un bocadillo y ver el show.

Mercado Libertad “San Juan de Dios” / Hospicio Cabañas. Durante décadas fue el mercado techado más grande Latinoamérica, puedes llegar a él por medio de distintas rutas de camión, así como utilizando el Macrobus y Tren. En el está la venta desde las mejores imitaciones, hasta mascotas, comida, artesanías, dulces, tecnología y joyería. A unas cuadras del Mercado de encuentra el Centro Cultural Hospicio Cabañas donde podrás ver exposiciones artísticas, así como los murales y frescos del pinto José Clemente Orozco quien es contemporáneo de Frida Khalo, la pieza central es el “Hombre en llamas” se sugiere acostase en una banca y contemplar la pintura que según aseguran unos comienza a moverse conforme la observas.
#UltraLowBudgetTip: Considera que la Zona San Juan de Dios durante el día es muy transitada, pese a ser un lugar seguro te sugiero tener cuidado con tus pertenencias pues abundas los carteristas, de igual modo no es recomendable estar a altas horas de la noche pues está muy cerca de la Zona Roja.
Martes la entrada al Hospicio Cabañas es Gratis.
Comer en el Mercado San Juan de Dios es muy barato, las porciones son abundantes y puedes comerlo ahí mismo o para llevar.
La Plaza de los Marichis se encuentra a una cuadra del Mercado, donde podrás ver a los músico tocar por una propina o Gratis.


Para mayor información turística visita el sitio: Vive Guadalajara


…Y la #Homosensualidad ¿dónde está?

Durante muchos años Guadalajara contó con un ambiente nocturno, de bares y cafés que fue muy prolifero para la comunidad. En años recientes muchos de los empresarios han decidido cerrar por la baja rentabilidad ya que en muchos casos, con la apertura de la población a los temas LGBTI cada día es menos necesario aislarse en club o bares de ambiente.

La mayoría de los locales se encuentran en el Centro Histórico, principalmente en la esquina de las calles Prisciliano Sánchez y Ocampo, epicentro de la comunidad.

Mi recomendaciones para salir son …
Si te gusta el arrabal en plan travesti radical y andas bajo de presupuesto, prueba con la “La Ruta Caudillos”, con un cover (pago por entrada) aproximado de $50 pesos mexicanos (USD $4) puedes accesar desde aproximadamente las 17:00 horas hasta cerca las 7:00 horas a sus cerca de 6 establecimientos los cuales ofrecen respectivamente shows travestis, grupo versátil, strippers y botanas gratis. El ticket lo puedes comprar en Caudillos (Calle Prisciliano Sanchez yOcampo) o en cualquiera de los establecimiento de la cadena. Dato Cultural: El inmueble que alberca Caudillos es un construcción histórica y que en ella fue filmada la película “Mariachi Gringo”.
Los antros más grandes como Babel en calle Morelos, Zona Centro y cover promedio $100 pesos mexicanos (USD $8) o ENVY en calle La Paz, Zona Chapultepec con cover promedio $150 pesos mexicanos (USD $10) son opciones seguras para salir de noche.
Finalmente si lo tuyo es un café y un postre, recomiendo el Vida Café ubicado en segundo piso a un costado del Exconvento del Carmen. El ticket promedio de consumo por persona aprox. $100 pesos mexicanos (USD $8) lo que hace accesible, limpio y seguro para cualquier turista.


“Viajar es la única inversión que te hace más rico” …


¡Visita Guadalajara! ¡Te encantará!
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Saunas / Spa en Caracas Venezuela

La ciudad de Caracas se caracteriza por tener la mayor variedad de saunas gays del país, para todos los gustos y disponibilidad monetaria, todos de fácil acceso y bien concurridos. Siendo la capital de Venezuela, Caracas se ha caracterizado por ser mas abierto en las actividades y establecimientos para la comunidad gay en general, aquí se dieron los primeros movimientos del país, desde bares y discotecas, hasta saunas y parques para cruising. 

THERMAL STAR, conocido como El Sauna de Juan:
Dirección:  Calle Borges. Quinta Ana Julia 168. El Recreo, Sabana Grande. Caracas, Distrito Capital. Ubique  Av. Casanova C.C. El Recreo a su derecha a cuadra y media de la AVENIDA Casanova  pregunte por la  placita de pintores gire a su izquierda, en esa calle doble a la derecha la quinta color Crema y Gris toque el timbre. Otra manera de llegar también ubique la jefatura de El Recreo  detrás del mismo o llame para mejor ubicación. Tengan cuidado por esa calle, es algo solitaria. 
Teléfonos:  +58 (212) 7630690.
Horario: de lunes a domingo, desde las 01:00 PM hasta las 08:00 PM.
Servicios: locker, cafetín (bebidas y golosinas), jabón líquido. No tiene Cabinas, ni masajistas. 

Es uno de los más concurridos, por ser económico y de fácil acceso. Puedes encontrar gente de todas las edades, sin embargo, abundan personas bastante jóvenes. Todos los días encontrarás gente, mayormente después de las 04:00 PM y los domingos. El pago de la entrada y lo que consumas se hace en efectivo.

La estructura es una casa modificada para el sauna, al llegar te entregarán llave del locker, toalla y pareo, las sandalias están en un estante identificadas por tallas. Tiene dos áreas de locker, una de “gimnasio” (una maquina y pesas), una sala de reposo (sillas y mesas), un cafetín donde puedes comprar bebidas, duchas y baños. La zona de vapor está distribuida a lo largo de unas seis salas contiguas, la temperatura del vapor varía en cada sala. Dentro del área de vapor, existen duchas. Está diseñado como un laberinto y por la oscuridad que lo caracteriza, es importante caminar con sumo cuidado, ya que puedes tropezar.

La mayoría de la “acción” ocurre al final del laberinto donde hay un cuarto oscuro y sin vapor, donde si logras ir temprano, la luz que se filtra por paredes y techo te permitirá un poco de visión de lo que esté sucediendo.  Igualmente, la última sala de vapor es bastante concurrida. Y si te gusta estar apretado, en el baño que está en la última sala cuenta con una ducha y también se presta para el sexo oral y penetración, pero sobre todo para tocar y ser tocado.

Desde un tiempo para acá han desmejorado, no hay inversión en el mantenimiento ni en las mejoras de la infraestructura, algunos lockers están oxidados y con las puertas dañadas, las sandalias son viejas y parecen estar sucias, no hay limpieza constante y otros detalles más, por lo que “la gente bien” ha disminuido la frecuencia de visita.


ZEUS STEAM´S HOUSE, conocido como Zeus 
Dirección: Sabana Grande Av. Casanova bajas por la calle Villaflor C.C. Empresarial del Este, Sótano 2, Cerca del Restaurant El Arabito 
Teléfonos: +58(212)7614240 - (0414) 3097848
Servicios: Locker, Cabinas, Gimnasio, Cafetín, jabón líquido, masajistas, reservación de Cabinas, Piscina , Punto de venta (débito y crédito).
Horarios: lunes a domingo, desde las 11:00 AM hasta las 09:00 PM. 

Es considerado por muchos como el mejor sauna de Caracas y del país. Es bastante grande, cómodo e higiénico. Va todo tipo de público, sin embargo por ser el más costoso de Caracas va “pura gente bien”. Puedes encontrar gente de todas las edades y de diversos tipos de físicos. Algunos de los mejores cuerpos la gente de ambiente lo encontrarás en Zeus. El pago de la entrada y lo que consumas puedes hacerlo con tarjeta de débito, crédito y en efectivo.

Los mejores días son los viernes, sábados y domingos, sobre todo los domingos que va mucha gente y hay para escoger. Durante el resto de la semana igual puedes encontrar cierta cantidad de personas, lo suficiente para nunca quedar en blanco. Los miércoles tienen descuentos en el precio de la entrada, normalmente cerca del 20% del valor normal.  Los domingos es muy difícil conseguir cabinas, por lo que te recomiendo que llames para reservar, el resto de la semana conseguirás seguro.

La infraestructura está diseñada para un gimnasio / spa. Al ingresar encontrarás una recepción donde podrás solicitar locker o cabina, te entregarán llave, toalla y pareo. A un lado de la recepción están las fotos de los masajistas disponibles y los tipos de masajes que realizan. Una vez ingreses al área de lockers tendrás las sandalias a la derecha, un secador de pelo, gelatina y desodorante.  Al pasar la sala de lockers, encontrarás el área de gimnasio (pesas y máquinas), luego la zona de cabinas distribuido a lo largo de pasillos e identificadas.

Para ir al sauna, deberás bajar unas escaleras, allí encontrarás: sanitarios, cuarto oscuro (antigua sala de video), sala de calor (seco), luego una gran sala de vapor dividida en siete pequeñas salas, algunas más oscuras que otras, la temperatura es similar en todas las salas excepto en la sala pequeña que está junto a la entrada que tiene la temperatura más alta. Tiene un área de duchas con jabón líquido, que también es la entrada al área de descanso.

En área de descanso está compuesta por un cafetín donde puedes encontrar jugos, refrescos, bebidas energizantes, cervezas y otras bebidas, golosinas, condones, sándwich, pasteles salados, tortas y hasta afeitadoras. Cuenta con una piscina de temperada (27°C si mi memoria no falla), para lo cual es necesario usar bañador, en caso de no poseerlo en la recepción puedes solicitar uno, ya que no permiten que ingreses a la piscina desnudo, ni tener sexo allí.  En esta zona proyectan videos musicales.     

 La “la acción” ocurre en cualquiera de las salas, así que puedes ir paseándote por todo el sauna hasta encontrar el sitio donde te sientas más cómodo. En general se mantiene medio iluminado, lo suficiente para poder ver por donde caminas. Las cabinas son pequeñas pero cómodas para una o dos personas, cuentan con una “cama” de tamaño individual, por lo tanto, si quieres hacer un trío o más, deberás ponerte algo creativo con el aprovechamiento del espacio.

Como Zeus es el más costoso de los saunas, hay quienes se sienten divos al ingresar a sus instalaciones, por lo que es muy común encontrarse personas que “posan y modelan” durante horas, como si estuviesen esperando por un príncipe azul. La actitud de muchos ha hecho que el sauna sea considerado el más plástico de la ciudad, cuerpos bien definidos abundan en las salas sin hacer contacto alguno. Sin embargo, pasado las 07:30 PM aproximadamente, comienza lo que yo llamo “las compras nerviosas”, y es que cuando queda poco tiempo para cerrar el local, se acaban las poses y divismo, todos se vuelven putos y sexosos, se arman buenos grupos y “se cuadra” mucho más fácil.


PUMA GYM SPA, conocido como El Puma
Dirección:  La Candelaria Avenida Urdaneta con Esquina Candelito a Cruz (frente a la Plaza La Candelaria), Centro Comercial Candelito, nivel superior. Caracas, Distrito Capital.
Teléfono:  +58 (212) 578.05.70.
Horarios: lunes a domingo desde las 09:00 am hasta las  09:00 pm.
Servicios: Locker, Gimnasio, Cafetín (comida y bebidas, incluso cervezas), Restaurant, Masajistas, Punto de venta (débito y crédito).

Es de los mejores saunas de Caracas, no es una estructura para un Sauna / Spa, sin embargo las instalaciones están bien diseñadas para la comodidad que se requiere.  Con buenas instalaciones y fácil ubicación ofrece en un sólo espacio: confort, comodidad y relax para el público masculino donde se mezcla la higiene, grandes salas de vapor y cómodas salas de masajes. El pago de la entrada y lo que consumas puedes hacerlo con tarjeta de débito, crédito y en efectivo.

Para ingresar, deberás pasar por una recepción donde te entregarán la llave del locker y dentro del locker encontrarás la toalla y el pareo, las sandalias están en un estante. Cuenta con una amplia área de lockers con baño y en la parte de afuera, lavamanos con espejos. A un lado encontrarás una sala sin muebles que conecta con el sauna y con el cafetín. El área de saunas es un largo pasillo que comienza con duchas privadas y luego con dos salas de vapor, dos salas de calor y un cuarto oscuro al final del pasillo. A excepción del cuarto oscuro, todas las áreas  están bien iluminadas, por lo que la privacidad de la oscuridad aquí no lo encontrarás. “La acción” ocurre en cualquiera de las salas, pero es muy común que algunas personas utilicen las duchas para tener algo más de privacidad e intimidad.

Presta servicios de masajes como: Antiestrés, Reductivo, Lodoterapia, Chocoterapia, Hidratación, Exfoliación facial y corporal; así como, limpieza facial. Cuenta con un área de donde encontrarás bebidas (incluyendo cervezas), golosinas y carta de comida. Un área de aparatos para entrenamiento y la sala de relajación.

Antiguamente (cuando no era un Sauna Gay) asistía todo tipo de público, mayormente jóvenes y adultos que iban a desatar sus instintos más básicos sin prejuicios, ya que el ambiente resultaba ser muy agradable y mantenía cierto grado de respeto y discreción. Sin embargo, después de su salida del closet, el ambiente cambió un poco así como su tipo de público, ahora asiste mucha gente joven y de vez en cuando se ven hombres mayores.
En general es un buen espacio para relajarse y disfrutar.


Sauna Altamira
Dirección:  Av. José Feliz Sosa. A 30 metros de la Torre Británica al lado Hotel Altamira. Bajando una cuadra por la Plaza Francia hacia la autopista Francisco Fajardo. Altamira. Distrito Capital.
 Horarios: lo desconozco, creo que abre desde las 03:00 PM todos los días
Servicios: Cafetín, Masajes y otros.

Hay que tener claro que el Sauna de Altamira NO ES UN SAUNA GAY, sin embargo por ser exclusivo de caballeros asiste público gay pero no es el 100%, así que cuidado con lo que haces porque puedes encontrar un heterosexual o un homofóbico y pasarás pena si llegan a sacarte del local. Nunca he visitado este sauna por lo que la información que a continuación presento es recopilada de diversas páginas de internet y comentarios de algunos conocidos.

Este sauna es muy particular, su infraestructura no es muy buena, aunque tiene varias salas de vapor y seco de temperaturas distintas. La gente que asiste es adulto, incluso muchos podrían considerarlo muy mayor, pero en general va gente bien agradable y sencilla. La situación es totalmente distintas a los restantes sauna, este no es un sauna gay, así que normalmente no se practica el sexo tan abiertamente como en los otros, sin embargo, siempre hay sus espacios y al final de la noche, cuando apagan las luces, la cosa se torna algo intensa. Pero hay que estar bien claro que el sitio es más para ir de cruising que cualquier otra cosa, es más para conocer que para hacer. Hay masajistas reales y muy buenos.

Es un sitio bastante iluminado, por lo que no tendrás la privacidad para la intimidad (aunque no está permitida) ya que constantemente recorren vigilando los pasillos y manteniendo el orden dentro del establecimiento.Es muy común entrar a las salas de vapor y calor y las personas mayores que allí frecuentan se ponen a conversar de todo, incluyendo sobre políticas, por lo que puede resultar incómodo para algunos que van en una de relajarse y desconectarse del día a día. En el cafetín venden: jugos, refrescos y cervezas.


BAÑOS TURCOS DEL ESTE, conocido como La Cochinera
Dirección: Calle El Mango. Quinta Rosales. Urb. San Antonio (a una cuadra del Hotel Odeon, junto a la Funeraria San Pedro), Sabana Grande. Caracas, Distrito Capital.  Vía al Estadio, pasa el Hotel Odeon, a una cuadra mano izquierda, al lado de un hotel llamado Puerta del Sol
Servicios: Locker, Cabinas, Cafetín.  
 Teléfonos: +58 (212) 7937766
Horarios: lunes de domingo desde las 06:00 AM hasta las 08:00 PM

Algunos lo consideran el peor de los saunas en Caracas, sin embargo es bastante concurrido. De todos los saunas, es el más diverso en cuanto al tipo de personas que va, allí puedes encontrar jovencitos, personas adultas, personas mayores y algunos muy mayores, travestis, heterosexuales curiosos, semiejecutivos, motorizados, tipo camioneros, osos y pare de contar… no hay ninguna exclusividad en la entrada. Es el más económico de todos los saunas, tengo mucho tiempo que no asisto, pero recuerdo que la última vez pagué  Bs. 30 por una cabina. El pago de la entrada y lo que consumas sólo puede hacerse en efectivo.

Conocido como “La Cochinera” dada las condiciones del establecimiento, un amigo dice que en esas paredes hay semen de Simón Bolívar. Las normas de higiene y limpieza tal vez no sean las más optimas en el local, así mismo, la falta de mantenimiento e inversión en la infraestructura hace que las áreas estén sucias y deterioradas.

Al ingresar, pagas tu entrada y te suministrarán toalla, pareo y sandalias. Continúas por el pasillo hasta entrar un área de usos múltiples donde están los lockers, cafetín, sala de descanso, mesas de dominó. En el cafetín venden bebidas: refrescos, cervezas, jugos, y de vez en cuando golosinas; hubo un tiempo que los domingos hacían sopa y según era muy buena.

El área de sauna está compuesta por una gran sala de vapor con dos salas pequeñas, un cuarto de calor (bastante alta la temperatura), un cuarto oscuro al final. La temperatura en el vapor es bastante estable y aceptable. La “acción” sucede en cualquier área del sauna, sin embargo, en las salas pequeñas de vapor y en el cuarto oscuro del final se arman buenos grupos de bochinche.  Hay duchas en la entrada del sauna y otras dentro del área de vapor, igualmente hay un pipote (envase grande) con agua, por si quieres bañarte con totuma. El jabón lo solicitas en la barra del cafetín, te darán un trozo de Jabón azul. Tener cuidado en las duchas con los jabones que lanzan al piso.    

En la parte superior se encuentran las cabinas y un pequeño espacio de descanso. Las cabinas son grandes, cuenta con una base de cemento a forma de cama sin colchón y una papelera. Las paredes están sucias y deterioradas, y algunas con escritos bastante divertidos. Hay quienes son bastante atrevidos y dejan la puerta de la cabina abierta para ser vistos o aceptando invitados para sexo.


Personalmente les digo que lo conozcan como parte de la cultura underground de Caracas. Confieso que los webos más grandes los he visto allí y también las cosas más bizarras que se pueden ver en un sauna. Desconozco los días más concurridos, los fines de semana es muy común encontrar gente desde las 06:00 AM que está saliendo de las discotecas.
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