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miércoles, 29 de marzo de 2017

Cuarto oscuro – Darkroom


Suelen funcionar en bares gay, escondidos en gimnasios, clubes privados, saunas o cruzando alguna puerta muda que conduce al territorio oscuro. Detrás o arriba o en el paso casual entre dos telas negras, sucede el dark room. Una, o varias, habitaciones ciegas. Una terraza inmensa o el sótano. Un auténtico laberinto de pasiones. En este espacio el sexo anónimo, responsable y grupal debería ser protagonista.


En los dark rooms el sexo es violento. Nada de conversación, nada de caricias. Allí están cincuenta hombres desnudos en una sala oscura reunidos por un solo motivo: el deseo de satisfacer las fantasías sexuales, hasta el extremo, mientras la otra persona lo autorice. Todos coinciden que en México, los cuartos oscuros aparecieron en la década del ochenta a consecuencia de la prohibición de los vapores. Actualmente funcionan de manera clandestina aunque la mayor parte de la población de la Ciudad de México sabe que existen. Se concentran en Zona Rosa y colonia Roma pero los hay en la Alameda, en San Rafael, en Algarín, Cuauhtémoc, en la Del Valle y en Ciudad Neza. Este último se precia de tener el “cuarto oscuro más grande de todos los antros”.





Enciende mi fuego



El entrevistado abre su agenda de piel marrón donde, en la solapa, guarda el recorte de una guía gay en el que se anuncia la apertura de un antro nuevo sobre calle Durango, al límite de colonia Condesa. En el anuncio la única clave es que se presenta como ‘club privado’. “Igual me doy una vuelta”, dice. Los conoce a todos. Su primera vez fue a los veinte años: “Llegué a ellos a través de Internet. Soy un cibersex adict. Gran parte de mi círculo gay proviene de la Internet”. Para él, ya no era suficiente tener relaciones sexuales o mirar. Necesitaba algo más fuerte. “Soy un voyeurista, un exhibicionista, en esos lugares tú puedes hacer eso”. Un toque en la entrepierna, una mirada correspondida, códigos propios van a ir guiando la escena. Gemidos, música. En la esquina de un techo, luz roja imperceptible. Por momentos, olor a popper.



“Hay algo extraño en el total anonimato y en eso de no tener nada que ver con la persona con la que estás. Ahí adentro puedes vivir tus perversiones mientras el otro lo permita. Es como un club. Tú llegas a una casa de tres pisos, hay una recepción, luego un pasillo con máquinas, porque simula ser un gimnasio, y lockers, para que dejes tu ropa. En el primer piso, está el sauna, también oscuro. Arriba, está el dark room, con camas, con televisores que proyectan todo el tiempo pornografía”. Hay algunos de estos lugares que funcionan como antros o discos pero, por ejemplo, una vez al mes hacen fiestas en las que “solo puedes ingresar encuerado”. Otros, son espacios improvisados al fondo de un bar. Los consultados aseguran que en México están los más grandes del mundo. Ni en Barcelona ni en Berlín “hay cuartos oscuros como los de aquí: casas de cuatro pisos, con sótanos; o casas que se conectan por la azotea, enormes”. El sexo es siempre entre desconocidos y sube de tono hasta que puede ponerse violento. “No le vas a hacer el amor a nadie, vas a coger, nada más y el secreto está en no hablar. Si alguien quiere platicar, para mí pierde el encanto”, cuenta otro entrevistado, también asiduo a los espacios carnales, aunque actualmente reconoce que ha quedado “un poco asqueado” de esta rutina sexual.





Tu casa es mi casa



Los hay muy distintos aunque ninguno se lleva el premio a la higiene y el servicio. Todos los hombres consultados coinciden que el más denso del DF es La Casita. En La Casita hay cuartos del todo negros, sin referencias de ningún tipo. Regularmente están llenos de hombres. Son dos casas grandes conectadas por medio de una terraza y también se usan los sótanos. “Entras por un pasillo al que dan muchas puertas, en cada puerta tienes hombres que te tocan y te invitan, nunca sabes quien. No ves nada. Es excitante pero a mí me dio miedo”, describe uno de los informantes y coinciden los otros. La Casita es sucia, se ven condones tirados en el piso, huele horrible, abajo hay un sótano para sadomasoquismo. Está vieja, descuidada, demasiado grande y demasiado bizarra. Como funciona las 24 horas, no te atrevas a pensar desde cuándo no se limpia.



“Lo fuerte de rescatar es la trasgresión de los cuerpos. Hay una violencia fuerte. No le importas en lo más mínimo a la otra persona sino que se trata de llevar al extremo una experiencia sexual que, aunque no es común, puede terminar en orgías o, por lo menos, en tríos”. El sentimiento está anulado. “La primera vez fui acompañado, en plan pareja. Me encantó pero para volver solo”. Disfrutar la adrenalina de fornicar azarosamente con cualquiera.





Burdel de hombres



Margaret Clap, también conocida como “Madre Clap”, fue la regenta de una de las más populares molly houses de Londres. Fue arrestada a mediados de 1726 y su burdel de sodomitas clausurado en nombre de las buenas maneras. La historia de estos lugares encuentra antecedentes en todo el mundo, principalmente en Londres, París y en las grandes ciudades alemanas. La primera molly house, de la que se tiene certeza de existencia, se remonta al año 1690. ‘La comunidad’ siempre ha buscado la voluptuosidad. En palabras del más joven de los consultados, “el pedo (el asunto) gay es muy sexual”.



A principios del siglo XVIII surgió en Inglaterra la Sociedad para la Reforma de Conductas que condujo a una serie de redadas policiales que clausuraron varios lugares de encuentros sodomitas. Sólo durante el año 1726 cerraron una veintena de Molly Houses. En el slang del momento se llamaba despectivamente a los homosexuales bajo el apelativo de mollies, palabra inicialmente utilizaba para nombrar a las prostitutas.



En los registros de aquella época, y en palabras de uno de los agentes infiltrados, las Molly houses fueron descriptas como “casas en las que los hombres se sientan en la falda de otros hombres hablando sucio y practicando demasiadas indecencias”. En el informe policial, se destacaba que estos hombres se llamaban entre sí ‘madame’ o se dirigían como ‘your ladyship’ y también adoptaban nombres femeninos como ‘Princesa Serafina’ o ‘María Madgalena’.



Las descripciones coinciden en que eran “grandes salones con un cuarto adjunto, llamado ‘la capilla’, donde los mollies se retiraban para tener sexo o, como ellos mismos decían, para “matrimoniarse”. Estas primeras redadas empezaron en las tabernas pero se extendieron a casas particulares donde también se organizaban estos burdeles clandestinos.



Durante todo el período de persecución a estas prácticas -desde finales del siglo XVII a mediados del XVIII- hubo una gran ola de suicidios de mollies ya que a la detención judicial seguía una rutina de torturas y ejecuciones (pena de muerte) que muchos prefirieron no vivenciar. Por otra parte, también había detenidos que, lejos del estereotipo gay, debían enfrentar a sus esposas e hijos reconociendo que habían incurrido en “uno de los peores pecados contra Dios y la naturaleza”, como se consideraba la sodomía.



Si bien estas sociedades reformadoras tuvieron éxito en la disminución de herejes y prostitutas en las calles de Londres, no lograron su objetivo respecto a los homosexuales. Según el Reverendo Thomas Bray, uno de los líderes de la Sociedad, los sodomitas constituían “una fuerza demoníaca invadiendo nuestra tierra”. A lo largo de esta represión, también surgieron resistencias violentas que usualmente fueron contenidas por la policía.





¡Bareback Mountain!



En México los vapores, antecedentes directos, existieron desde la década del sesenta y algunas ciudades gay friendly, como Buenos Aires, incorporan los cuartos oscuros como parte de las atracciones turísticas.



En estos locales nunca faltan las cervezas ni los refrescos pero, por ahí, no venden condones. La desaprensión de los dueños de los lugares por las medidas sanitarias incluye la insólita situación de que, en un lugar diseñado para tener sexo, no se consigan condones.



El promedio del cover es de ochenta pesos aunque la mayoría pagaría más por un mejor lugar. “Limpio, con preservativos, con un buen vapor y aplicando restricciones”, son, en resumidas cuentas, las demandas de los clientes. Si bien varias organizaciones -en sus campañas de concientización del VIH- han realizado registros concretos de los cuartos oscuros en la ciudad de México, el vacío legal y administrativo que hay respecto a la regulación del funcionamiento de bares gays, entre otros, ha dificultado la tarea profiláctica. La promoción del uso de condones puede ser interpretada por las autoridades como evidencia de comercio sexual, prostitución, y los locales son sistemáticamente clausurados. Los cuartos oscuros están prohibidos y no logran superar la instancia clandestina que ni siquiera les permite dar ni el más mínimo servicio como es el de ofrecer condones. Protegerse mediante preservativos es una necesidad instalada desde la aparición del SIDA, cuando se dio gran impulso al consejo profiláctico. Sin embargo, actualmente, algunos grupos relativizan este imperativo. “Hay un movimiento gay, el Bareback, que promueve coger sin condón. Se anuncian en Internet, hay comunidades barebacks. Yo hacía una broma que decía que la película Brokeback Mountain, en realidad, era Bareback Mountain porque yo no vi que usaran condón”, cuenta chistoso el buen informante. Otra constante en los dark rooms es el consumo de popper. En los locales no se vende pero todos llevan. El popper es un nitrato que se inhala provocando desinhibición y euforia. Si se esparce en un sauna, apesta.



Otro cantar es el estado en el que llegan estos visitantes y eso depende de la hora. Como funcionan todo el día, o con gran amplitud de horarios, es muy distinto el oficinista que almuerza en un cuarto oscuro a aquel que hace el after de un fiesta o el habitué que prefiere ir los lunes y martes. En general, los domingos a la tarde es ‘zona gay por excelencia’.


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domingo, 6 de noviembre de 2016

Cómo sobrevivir a una noche de antro gay en Ciudad de México

Pese a los avances en el reconocimiento de la diversidad sexual y en particular del movimiento gay durante las últimas décadas, las resistencias —y aun la intolerancia— permanecen. Pero las expresiones de esa diversidad continúan, cada vez más visibles, como lo muestra esta edición sobre la actualidad de sus ambientes, manifestaciones culturales y literarias. Iniciamos con un recorrido libre de todo clóset y censura por algunos de los antros que forman parte del mapa actual, un tanto subterráneo, un tanto clandestino, de los espacios distintivos de la fiesta y el ligue en la vida gay capitalina.


Por Wenceslao Bruciaga

No recuerdo si el Viena fue mi primer bar gay. A mediados de los años noventa circulaba de forma gratuita Ser Gay, un pasquín del tamaño de un cuarto de una hoja carta que conforme la desdoblabas llegaba a ser tan grande o más que un periódico Excélsior de los sesenta, las yemas de los dedos te quedaban embadurnadas de manchas negras y casi indelebles, como esas que te ponen después de votar en una elección. Ser Gay era una guía de tiendas, sex shops, antros y clasificados de hombres buscando café, sexo y amor. Ahí vi el nombre del Viena por primera vez. Que se describiera como cervecería y cantina me significaba una probable fantasía de hombres que quizás la encarnaran con sobredosis de testosterona de una mezcla entre cualquiera de los Hermanos Almada y Humberto Zurita; que no tuviera cover era una gran ventaja para que la calentura homosexual pudiera liberarse a chorros a los 18 años.

Sí habían varios sombreros vaqueros flotando por encima de las mesas cuadradas de formaica que intentaban dar el gatazo de madera, pero eran más bien como variaciones de Enrique Álvarez Félix ligando con sombrero vaquero. Creo que los señores que llamaban mi atención no vestían como los Hermanos Almada sino como Sergio Goyri cuando daba vida al detective Belascoarán, en las películas inspiradas en Paco Ignacio Taibo II.

No sé porqué se me vino el nombre del Viena a la cabeza cuando el Carlos Velázquez preguntó por una cantina para beber cervezas después de una mesa en la que discutimos sobre el Nobel de Literatura a Bob Dylan; después Víctor Lenore presentaría su libro Indies, hipsters y gafapastas, cuyo nombre es genialmente engañoso pues se trata de una feroz crítica a una de las generaciones más consumistas y enajenadas de la historia, en el marco de la FIL del Zócalo 2016.

Tal vez no queríamos vernos indies sentándonos en cualquier lugar de mesas comunales y cervezas artesanales de casi cien pesos cada botella después de la reflexión del Víctor.
El Viena

Siglos (por aquello de que el régimen del tiempo gay, a veces, me da la impresión que es similar a la edad de los perros: tres meses de relación estable con otro cabrón parecen dignos de bodas de plata) de no pisar el Viena, la cervecería a unos cuantos pasos del Eje Lázaro Cárdenas, en República de Cuba, en el Centro Histórico, al lado de otra cantina, El Oasis, un centro de espectáculo travesti, de homosexualidad fosforescente y algo grupera.

En 2016 los sombreros vaqueros siguen apareciendo en el Viena, aunque ahora los portan algo así como clones de AB Soto, el cantante de Los Ángeles que es la versión jotísima hardcore de Gerardo Ortiz cuyo motivo ideológico, según él, es burlarse de los estereotipos más comunes del machismo mexicano entre lentejuelas y un descarado asalto al fetiche naif-porn de los artistas Pierre et Gilles; yo digo que justificar la jotería teorizando tus actos es una forma de ondear la bandera blanca en la guerra contra la moral buga.

Jotéale sin dar explicaciones y que los bugas se chinguen y se aguanten. Sólo los culpables se justifican. En fin, incluso hay quienes se recortan la barba con la misma contención que Soto.

Nos sentamos alrededor de la mesa, el Velázquez, Lenore, Ángela, Idalia y el David Celestino. También permanecen intactos los mismos espejos panorámicos en la parte izquierda del Viena y los mismos meseros gruñones de bigotes anticuados que me sirvieron mi primera cerveza hace más de treinta años, resignados a atender a parroquianos homosexuales desde poco después de la segunda mitad del siglo pasado, cuando el Viena abrió sus puertas por primera vez y casi en automático se convirtió en un refugio clandestino para homosexuales de la capital azteca (según el historiador y activista gay Alonso Hernández el Viena asumió oficialmente su estatus de cantina gay hasta el 2000), sólo que ahora caminan un poco más jorobados que de costumbre, fatigados y canosos y con actitud regañona pero bondadosa al mismo tiempo.

—¿Qué cerveza tiene?

—¡Qué no está viendo la carta que tiene frente a sus narices!

Nos gritó con una sonrisa con la que era difícil molestarse. Los meseros no son los únicos. Otras cosas han cambiado: ahora las mesas son redondas, adheridas al piso, y muchas tienen en el centro enormes artefactos que consisten en un tubo transparente como de un metro de largo relleno de cerveza, han puesto macetas y sillones naranjas al centro y banderas de arcoiris y parece la retorcida combinación de una cafetería Vips de provincia con el lobby de un hotel del tipo Fiesta Inn.

Sigue siendo un punto de encuentro para gays, aunque los solitarios rebasan los cincuenta años y la talla 36 de cintura, y se ve que se untan esos menjunjes que desvanecen las canas. Los jóvenes, la mayoría, han quedado aquí después de intercambiar palabras en páginas como el Manhunt o apps para smartphones como el Grindr o el Scruff. También se juntan grupos de amigos que besan a los meseros como si fueran parte de su pandilla.

El Viena no ha escapado al perverso fenómeno de la gentrificación, pues también vienen tipos con el último botón de la camisa estrangulándoles el cuello y sus chicas con botas Dr. Martens y actitud de feminismo alternativo.

Justo cuando la rockola empezó a prenderse con canciones de Madonna, tuve que separarme del grupo, pues había quedado con un bato en el Guilt de Polanco, el club que de algún modo retoma la famosa cadena de las discotecas bugas de los ochenta, para esa parte de la comunidad gay que ve en el consumismo frito la forma más eficaz de inclusión y pertenencia. Me despedí con la promesa de volver así fuera a las ocho de la mañana. Emprendí la retirada. Cuando salí a la calle, ya había movimiento febril en El Oasis y más adelante, donde están el Marrakech y La Purísima, los clubes que lo mismo programan a Thalía que a los Pixies. Se podría decir que son la opción alternativa del parámetro gay chilango.
Guilt

En la esquina de Anatole France y Presidente Masaryk se encuentra un pequeño mall con el mismo nombre del fundador de la República de Checoslovaquia, incluso hay un busto de él, en medio de las boutiques de corbatas y vestidos de novia y habanos de precios desorbitados, restaurantes gourmets y el par de antros escondidos al fondo. Uno de esos es el Guilt.

Mientras esperaba al bato vi un grupo de jóvenes, debían ser más de treinta y tener menos de treinta años, hombres la mayoría con zapatos beige, ellas en el mismo molde de minifalda minimalista y tacones negros, sólo cambiaban los colores y acaso los peinados y los tintes. Discutían. Por lo que escuché, por culpa de uno de ellos no lograron cruzar la cadena de un antro. Se sentían unos perdedores.

Cruzar la cadena es parte del ritual de la mayoría de la diversión nocturna de Polanco.

Si no fuera por el dueño y el gerente, que son buenos compas, simplemente no podría entrar con mi camiseta que llevaba aquella noche, con la portada impresa del His ’n’ Hers de Pulp y unos tenis que le hacen juego al saco del bajista Steve Mackey y al top de la tecladista Candida Doyle. Hasta donde sé, aquí sólo se puede cruzar la cadena custodiada por un tipo de cuerpo ancho y gafas de montura de aluminio en camisa y zapatos, más 250 pesos de cover; 200 si contactas al gerente que también es relaciones públicas, te anota en una lista de invitados y te ahorras 50 varos.

El bato llegó con la barba más crecida y no pude evitar tener erecciones y fantasías desmedidas. Los gays somos algo así como adolescentes perpetuos que creemos que una noche de antro será la más lujuriosa de nuestra vida. Irrepetible. Me apresuré a apantallarlo, demostrando que no sería cualquiera el que se la metería.

Las cosas como son: nunca espero más de quince minutos un sábado afuera del Guilt, el único día que opera, a pesar de la reseña que escribí para TimeOut México hace ya varios años y donde no salieron muy bien parados, por lo mamón de la entrada y los precios y la actitud de algunos de los clientes; que el dueño no se haya ofendido y haya aguantado vara sin caer en el plan de la víctima me pareció un acto de estoicismo valemadres. Nos hemos hecho buenos cuates desde entonces y como norteño que soy, la amistad pesa más que mis prejuicios. Soy un fan desquiciado de Black Flag y Minor Threat pero también un pinche cursi, como buen puto.

Como el Viena, tenía siglos gays de no venir. Hace mucho que decidí anteponer la buena música, o la que me gusta, que es por lo general buena, por encima de mi homosexualidad paria. La última vez que estuve aquí, Karen, una gran amiga y yo tuvimos que sobornar al DJ para que nos pusiera al menos una canción que no siguiera la rutina de ese pop desmedidamente ingenuo, inofensivo y sumiso que ha enajenado a hordas de homosexuales desde los noventa. Una pinche rola de los Sisters of Mercy nos costó 500 pesos. Al menos fue la versión extendida de Dominion.

Ahora abunda la madera y los grafitis aburguesados sobre barras de cedro, la consola del DJ se ha movido a uno de los extremos del salón, por lo que la pista de baile se amplió y la clientela convencida de que disfruta algo mucho más selecto que los mortales, compuesto por gays jóvenes, chicas bugas y señores homosexuales atravesando la crisis de los cuarenta, algo mamados y de lejos interesantes, pero ya que te acercas parecen la versión canosa de una mezcla entre un YouTuber ansioso de ser patrocinado por una marca de tenis y algún miembro de Acapulco Shore. Han instalado un cuarto con música un tanto más house de cepa e independiente.

Por lo demás todo sigue igual, el techado cubierto de un laberinto de luces robotizadas y caleidoscópicas. Ese sábado me pareció ver muchos mirreyes heterosexuales sintiéndose liberales por rodear la cintura de sus novias entre gays de camisas planchadas con la misma precisión que un primer día de escuela.

La música en el salón principal también sigue siendo más o menos igual que la última vez que estuve aquí, más o menos atrapada en 2007. Lady Gaga por ejemplo.

El bato y yo fuimos a la barra. En el Guilt los tragos cuestan el doble que en el Viena pero el gerente invita unos vodkas, lo cual nos viene de maravilla, así nos alcanza para comprar el doble de pastillas de éxtasis. Dos chicos próximos a unos portavasos, con barbita diluida, peinados y sacos, siguen mentando madres contra la marcha que defendió la geometría de la familia normal que al menos yo ya había olvidado. Conversaciones como éstas se han potenciado desde la legalización del matrimonio igualitario en la hoy Ciudad de México. Hablar de cosas políticamente correctas es parte del outfit. Lo curioso es que hablan de la solidaridad feminista con las chicas o del Frente Nacional por la Familia o del machismo de los comerciales de Tecate como hemorroides conservadoras a las que hay que extirpar, cuando en muchos sentidos el Guilt es más allegado a la idea de un sábado conservador que una promesa nocturna que se proponga transgredir la normalidad casi asexuada que habita en las mentes de los que apoyan a la familia normal —tal cosa sería en todo caso una orgía. Los dos chicos también hablan de la posibilidad de la próxima boda de un amigo suyo con un cabrón. Trato de fingir que el barman no me escucha para cachar algo más de su plática. Al parecer los futuros novios se conocieron aquí. Se respira algo de ansiedad por la búsqueda del marido ideal. Hablan de desayunos, cucharear y ver series como East Siders en Netflix como un cocainómano saborea el polvo blanco mientras espera al dealer. La conversación entre los chicos me detonó un déjà vu de las noches de disco sabatinas de Torreón, cuando mis primas se emocionaban porque un batillo que se decía ser gerente de una sucursal bancaria les invitaba tragos y todos sabíamos que ninguno de nosotros terminaría mamando verga, porque qué pensaría la sociedad lagunera. Recuerdo que también se paseaban los galanes de cinturón piteado con hebillas bañadas en litros de oro puro que aplastaban a los gerentes de banco como cucarachas, seguro eran protonarcos.

El ligue en el Guilt o su hermano el Envy, que sólo abre los viernes y que en teoría tiene su playlist volcada al pop en español cuando en principio aquí sólo pincharían música sajona, de algún modo cumple la fantasía de levantar al güerito de la novela de las nueve de la noche. Hasta donde tengo entendido, lugares como el Guilt te venden la idea de que probablemente no te acostarás con gente común, según la canción de Pulp. Es más, que ni siquiera te acostarás. Por eso muchos asiduos agradecen el filtro de la entrada y que varios se queden afuera, pues tal proceso de selección es garantía de que aquí sólo bailarás con gente bonita. Un antro para supuestamente conocer al marido que sería más del agrado de tu mamá que un amante que te rompa el cuello.

Soy de la rupestre idea que los antros gays se hicieron para conocer a un cabrón que te destrozará el culo o para montar una pequeña orgía hasta que amanezca, pero parece fuera de lugar en estos tiempos de corrección política. Aunque en el fondo y ya entrada la madrugada todos pensemos en quién tendrá la verga más grande del mundo.

A ver, que no es el antro gay más caro y pretencioso. Nunca me la paso mal, en parte se debe a que no ponen en duda mis camisetas de Pulp o Black Flag o los Beastie Boys o Negú Gorriak ni los sombreritos que me cubren la calvicie, a veces prohibidos o eso entendí. Es sólo que me llama la atención la dinámica de lugares como éstos en una época donde supuestamente los homosexuales hemos conquistado derechos y visibilidad nunca antes imaginados.

Me hubiera quedado más tiempo y volvería a corromper al DJ pero es de mala educación hacer esperar al dealer, así que debo despedirme con la promesa de que no pasará un lustro antes de volver a pisar el Guilt.

Boy Bar, Nicho’s Bar y la Zona rosa

Mi amigo y yo nos metimos la tacha desde el Paseo de la Reforma. Se nos ocurrió mezclarla con cafeína sólo para ver qué pasaba. Nos la vende un tipo obsesionado con los maratones. Vende tachas al interior de su Fiat amarillo canario para pagarse tenis de corredor de más 2 mil 500 pesos e inscripciones y boletos de avión a distintas ciudades del mundo. Nunca he sabido si es gay y aunque me dice que las pruebe en el asiento del copiloto mientras me acaricia la rodilla, prefiero probar su mercancía cuando su cabeza rapada no me confunda. No me quiero imaginar si la tacha me hace efecto y resulta que mi dealer no es gay. Él correrá por todas las calles de Boston pero yo boxeo en los Baños Lupita de Tacubaya así que...

Caminamos por el cuadro más agitado y gritón de la Zona Rosa. Nos metemos al Almacén de la calle de Florencia que se ha vuelto un bar improvisado e incómodo, estaba hasta la madre de lleno por lo que a cada rato me pisaban el dedo gordo del pie, lo cual es como si me lo mutilaran pues justo en la punta de mis tenis llevo escondidos los frasquitos de poppers, maniacos de potentes, que me traje del gabacho, uno por cada pie. Como no quería terminar cercenado bajamos a su legendario sótano, El Taller, que fue propiedad de Luis González de Alba, pero ya no es lo que era en los noventa, cuando lo conocí. Lo vi descuidado, como patio de un taller de refacciones. Nos fuimos al Nicho’s, la cueva para osos en la calle de Londres. Se supone que los osos son ese sector del colectivo gay que apuesta por llevar el fetiche de masculinidad, panzas, pelos y barbas hasta el límite. Pero en el Nicho’s a veces parece más bien una congregación de hombres diabéticos concursando en un reality tipo La Voz que buscan a la doble de Amanda Miguel o Paquita la del Barrio. Ya sé que hoy está de moda renegar de los fetiches masculinos pues según muchos no es una excitación propia, sino una diabólica estrategia complotada desde las entrañas del heteropatriarcado, pero a mí me valen madres sus supersticiones queers. Jotéenle lo que quieran y quédense sin saliva con chaquetas académicas, a mí no me excita. Punto. Pareciera que el discurso antimachista mediante la jotería es el nuevo catolicismo, y como la Virgen del Tepeyac, pobre de ti si se te ocurre cuestionarlo, o peor aún, negarlo.

Aun así el Nicho’s es un bar divertido y sobre todo relajado.

Escuchamos un par de canciones y seguimos caminado en lo que nos pega la tacha para luego irnos a explotarla como depravados.

En Amberes, la calle más colorida de la Zona Rosa, la que más bares gays aglutina y la responsable quizás de darle la identidad de barrio gay millenial, descubrimos una vitrina con vista a la calle, donde un go go dancer musculoso y rapado, de piel chocolate, hace un torcido número del otro lado del vidrio para entretener a los transeúntes, acaso convencerlos de entrar. Se trata del bar antes llamado Lollipop, antes llamado Boy Bar y que tras una remodelación vuelve a llamarse como en sus orígenes, que recién tuvo una monumental fiesta de reinauguración. Caímos en la trampa de la vitrina que evoca la leyenda de Amsterdam y nos formamos en la hilera de los que muestran sus credenciales de elector a los hombres de seguridad para poder entrar. El cover es de 45 pesos y la verdad es que me sorprendió su nueva imagen. En la parte donde antes había un cabaret-karaoke ahora es un hot room sólo para hombres con un espectáculo de regaderas donde strippers se dedican a atizar las fantasías homoeróticas de los parroquianos con una selección de techno como emparentado a la tradición de Detroit del que casi no pulula en el resto de la Zona Rosa. También hay un cuarto oscuro más oscuro que cachondo, pero está bien para un rapidín sin necesidad de buscar motel.

En la planta alta el espíritu de la Zona Rosa volvió a la normalidad. Aunque a diferencia de cuando era el Lollipop, la decoración es más minimalista. A decir verdad, exceptuando los códigos de vestimenta y los costos, los antros de la Zona Rosa no son muy distintos al Guilt y el Envy, sobre todo en cuanto a la música, ciertas andanzas contenidas y el grupo de amigos que se solidarizan mediante las reglas de homogenización básica y de afeminamiento domesticado impuesto por series como Glee o Sense 8.

Sin embargo hay algo fresco en el Boy Bar. Algo próximo a lo único para el panorama de la calle de Amberes. Quizás que el dueño sea un heterosexual seguidor de Pearl Jam tenga que ver con eso. Se preocupa por ciertos detalles que para los gays serían insignificantes, como la ecualización del sistema de audio. En la mayoría de los antros gay lo importante es que el pretexto para jotear te reviente los oídos aunque la música suene percudida. Les encantan las Jeans, ese grupo que en los noventa era compuesto por niñas idiotas y huecas. Por alguna razón, su mentecatez les significó algo valioso para cientos de gays que las han elevado a nivel de iconos del imaginario gay nacional. Muchos de los gays que las siguieron en su reencuentro del año pasado, son homosexuales que se enorgullecen de solidarizarse con las consignas feministas, a pesar de que las Jeans, hoy convertidas en señoras, sólo cantan de enamorarse de cualquier baboso, llamar su atención y servirle.

Creo que la tacha empezó a explotar justo cuando nos fuimos a la terraza con vista a las banquetas de Amberes y donde la música es una secuencia de cínico pop en español. El bato y yo empezamos a besuquearnos con una lujuria inapropiada para estos tiempos en que lo gay en México se ha convertido en algo propenso a lo inocuo y la administración de calenturas. Quizás el internet, las páginas de contacto y el ligue de las apps ha dejado las porquerías para los mensajes de texto y en los antros hay que mantener las buenas formas y las selfies con poses como de esposas recargadas en brazos del marido en la mesa de una boda y las cejas en posición de duckface, o de éxtasis desnaturalizado, pero nunca escandalizar. El desmadre se ha partido en dos, la mitad transcurre en el antro y la otra en las pantallas de los celulares. Evidenciar soledad en redes sociales es la peste. Seguramente estoy amargado. En algún momento todos caemos en el autoengaño de conocer al hombre perfecto en lugares como estos. Por ejemplo, al barbón lo conocí en los pasillos de La Casita, quizás el primer sex club para homosexuales del entonces DF. Sólo que en estos días se ha vuelto más como una presión social.

A menudo leo que muchos se quejan de la Zona Rosa porque promueve la borrachera entre gays. Suelen ser los mismos que acusan a la Marcha del Orgullo de convertirse en un negocio que desplazó la protesta para corromper a las nuevas generaciones vendiéndoles alcohol hasta vomitar. Qué mojigatos resultaron varios, ¿desde cuándo tenemos que echar mano de la sobriedad y guardar las composturas como parte de nuestra identidad? Chingan con la igualdad pero en eso de la cirrosis democrática prefieren alienarse con la superioridad del cuerpo sano.

Fui por más cervezas con el único fin de ponerme pedo. En el camino me encontré a un tipo con el que había cogido en una orgía pero fingió la misma demencia de los hombres casados, con una mujer, cuando se tiran a un cabrón. Yo alcé las cejas como cuando saludo a un desconocido con una camiseta del Cruz Azul o del América afuera del estadio pero se hizo pendejo. Me bajonea un poco esa actitud, me recuerda a mi madre cuando se encontraba a mi padre o sus ex novios.

Bebemos unas cervezas más pero como nos pusimos como toros en celo, optamos por irnos a encerrar en la nueva tendencia gay de la capital: los clubes de orgías.

El club de la Álamos

Cerca de la estación Viaducto se encuentra uno de los tantos departamentos adaptados como centros de orgías para homosexuales, exclusivos para hombres, en los que tras desembolsar 150 pesos, te dan a cambio una bolsa negra de plástico, de las que se usan para tirar la basura, en la que depositas tu ropa y smartphones. Se dejan a huevo en la paquetería para no andar de morbosos tomando fotos y evitar que algún listillo se quiera pasar de verga chantajeando a los invitados. Con eso del matrimonio igualitario, hay varios esposos que vienen a darse una escapada, romper la rutina como dicen los bugas, a lugares como éstos. Quizás a eso se refieren con la igualdad: nos casamos y escondemos nuestra igualdad como los bugas, como nuestros padres.

Aquí se deambula en calzones, el desnudo es opcional. Adentro suele predominar la música que se conoce como circuit music, esa funesta combinación de progressive house y trance denigrante mezclado con remixes de éxitos del Billboard.

Atravesamos el corredor-vestidor y nos encontramos con una barra de refrescos, cervezas, tequila, ron y vodka. La dinámica consiste en caminar en busca de las nalgas perfectas para expulsar la homosexualidad contenida.

Lugares como el club de la colonia Álamos suelen atestarse ya entrada la madrugada, por ahí de las cuatro o cinco de la mañana, cuando los antros cierran sus puertas y sirven los últimos tragos y no se ha encontrado el amor de la vida. Su estatus legal coquetea con lo clandestino. Sigo sin entender por qué los clubes de sexo gay no poseen una regulación sanitaria como en otros países. Puede ser que la lucha por la legalización de este tipo de espacios tenga que ver con un reconocimiento de la promiscuidad susceptible al linchamiento buga. Salimos del clóset pero en el fondo nos avergonzamos todavía de lo que nos da placer.

Hace poco un cuate me dijo que clubes de sexo como éste si bien eran cachondos, también están invadidos por una carga de depresión suicida. Que las orgías son compras de pánico gays para no sentirte un perdedor si no ligaste “decentemente” en los antros. Que al final le parecen almas excitadas, como perdidas en una especie de limbo de la lujuria. Es curioso, porque asumen la excitación mediante fetiches hasta la madre de masculinidad —no por voluntad propia sino impuesta por el heteropatriarcado—, pero creen que la búsqueda del placer desde el empoderamiento de la soledad es depresivo. ¿No será que la necesidad de tener a huevo compañía, avergonzarse de nuestra propia soledad, también sea una imposición? Jotas orgullosas de explorar su lado femenino, pero también incapaces de vivir su jotería a solas. O al menos eso me dan a entender.

Al menos aquí no hay pantallas de smartphones que nos roben la atención. Hay un cuarto de videos con una pantalla de plasma que transmite videos porno y del otro lado un sling o columpio hecho de cuero y metal en el que te acomodas boca arriba y las plantas de tu pies quedan apuntando al techo.

Unas escaleras conducen a la planta alta, donde hay un cuarto entre penumbras de neón y otro completamente oscuro. Debía haber poco más de cuarenta cabrones caminando de aquí para allá con los ojos hinchados de deseo. La idea de estos lugares es tener sexo entre hombres a lo bruto y frente a quien se deje y se deje tocar. Aunque el respeto es una cosa básica e implícita. No todos nos tenemos que gustar a huevo. Metes mano y si te rechazan debes continuar tu camino sin armar panchos. Así de simple.

El bato y yo nos metemos al cuarto más o menos iluminado con luces de neón y gigantesco colchón cubierto de algo que debe ser imitación piel para aventarnos un show exhibicionista, sin más expectativas que la pornografía que pasa por nuestras cabezas. Vaya que las cosas han cambiado desde que tomé mi primera cerveza en el Viena. Cierto que hoy somos más visibles, aunque no estoy muy seguro de que esta visibilidad sea un logro nuestro, o si más bien la especie gay sobrevive al hacer la apología de ciertos rituales bugas que no incomodan. Por lo pronto yo trato de apurar mi misión, a lo que vine aquí. Mis amigos bugas me esperan.


Wenceslao Bruciaga (Torreón, Coahuila, 1977) es escritor y periodista. Autor de Funerales de hombres raros (Jus) y de Un amigo para la orgía del fin del mundo (Discos Cuchillo). También es colaborador de Reforma, SinEmbargoMx, TimeOutMéxico, Forward Magazine, Noisey México.
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domingo, 7 de agosto de 2016

El legendario Hotel Mazatlán


Llegar al hotel Mazatlán casi a la media noche algo tiene de deporte extremo. Las inmediaciones del Metro Salto del Agua lucen cada vez más solas. Algunos llegan en coche o en taxi. Algunos más aventureros optan por llegar caminando. Sobre la calle Nezahualcóyotl casi no hay luz, a excepción de dos altares a la Virgen de Guadalupe. Al llegar por fin a la esquina con el escondido Callejón de la Igualdad, el cuerpo se relaja un poco. No es precisamente un lugar fresa, se trata de una callejuela escondida entre la colonia Centro, la Obrera y la Doctores. Uno respira tranquilo al constatar que no le chingaron la cartera ni el celular. 

El registro

Sólo llegar al pequeño cubículo que sirve de recepción ya es un chicotazo de adrenalina que corre del estómago hasta la boca. 

-¿Tienes habitaciones? 

-Híjole, nada más de entrada por salida. 

-Está bien. ¿Pero sí es de arriba, verdad? 

-Sí. 

-¿A qué hora vence? 

-A las tres de la mañana. 

-Sale, dame un cuarto. 

-Son 190 pesos.

Mientras el recepcionista busca mi llave, observo un cartel en el que se advierte quepara entrar en el hotel hay que ser mayor de 18 años y comprobarlo mediante IFE, lo que nos asegura que no estamos precisamente en un hotel familiar. Finalmente me entrega la llave del cuarto 31. El hotel tiene planta baja y tres pisos. Me toca en el de hasta arriba. 

Mi pregunta sobre si mi habitación es de los pisos de arriba no es casual. En la planta baja no hay acción, incluso a veces una que otra pareja hetero despistada se queda ahí. Lo bueno está en las plantas superiores. Quienes ahí trabajan saben muy bien de qué va el negocio: prefieren cobrar por unas horas que por el día entero. Saben que pasando unas horas pueden desalojar a los “huéspedes” y dar entrada a una nueva remesa de cuerpos calientes. 


Las habitaciones 

Llego a mi cuarto. Está muy lejos de ser un lugar deseable para quedarse, aunque aquí pocos, muy pocos, vienen a eso. Las colchas son viejas, las teles antiquísimas pero funcionales. Al encenderlas hay, como era previsible, canales porno. La cama es tamaño matrimonial, los burós y cabeceras son de madera y están descarapelados. Hay un papel higiénico nuevo y otro a medio usar. En el baño hay sobrecitos con jabón, shampoo y crema humectante, además de un par de toallas rasposísimas, todo estampado con el logo del hotel. Por supuesto, hay un espejo en la pared junto a la cama, para esos que les gusta verse al momento de la acción o los que se graban con sus celulares. 
Las reglas del juego 

El modus operandi es dejar la puerta abierta y tenderse en la cama, encuerado, a veces masturbándose, esperando a que alguien que pase le guste lo que hay y decida entrar.El outfit preferido por los asistentes son los jockstraps que dejan las nalgas al aire como una invitación, así como los cockrings para mantener las erecciones por más tiempo. 

Hay quienes no esperan y aplican la técnica de vagar por los pasillos, donde varios flirtean y si encuentran algo que les gusta se lo llevan a su cuarto. Aquí el lenguaje corporal es lo más importante: si el cazador de pasillo te llamó la atención, cruzas miradas con él. Si ambos se gustaron, se detienen. Usualmente el activo se soba el pene encima del pantalón para dejar bien claro quién va a penetrar a quién. Si la pareja de ocasión coincide en roles, lo demás será irse a la habitación de uno de los dos. 


Entre amigos 

Es común ver a cuates llegando en grupo después del antro. Cargados muchas veces con poppers, coca o cualquier variedad de “dulces”, arman orgías que duran unas buenas horas. Basta con convencer al recepcionista con una tarifa individual por visitante para que los dejen armar la fiesta en el cuarto. Hasta les conviene: tres, cuatro o cinco hombres en un cuarto que es para dos. No hace falta ser un genio matemático para saber que ahí hay billete. 

No es difícil encontrar material testimonial de estos encuentros: basta con entrar a páginas de videos de sexo amateur y teclear “hotel Mazatlán” o incluso “Maza”, como cariñosamente le dicen algunos, para ver que aquí pasa de todo. El fisting, elbareback, la golden shower e incluso tener acción en los pasillos no tiene nada de raro en este lugar. Y cumpliendo con la profecía de Warhol que afirmaba que en el futuro todos tendrían sus quince minutos de fama, los usuarios del hotel gozan subiendo sus videos para así cosechar votos y comentarios por parte de los espectadores. Trepar el video a la red es la parte final de la experiencia que culmina una noche de sexo sin tapujos. 

Viviéndolo en 3D

Después de vagar por los pasillos y siendo invitado por varios a pasar a sus cuartos para una experiencia uno a uno, al fin encuentro lo que busco: un cuarto con la cortina descorrida con cuatro hombres encuerados donde dos tienen sexo mientras los otros dos se masturban y se besan disfrutando el espectáculo. La puerta está cerrada pero al verme espiando a través de la ventana, me analizan y me dejan pasar. Les gusté. Trago saliva y entro al cuarto. 

No participo. “Ver me excita un chingo, cogen de poca madre”, le digo al activo que penetra a uno más jovencito e intenta meterme mano. Temo que me vayan a mandar lejos por nada más entrar de mirón, pero tengo suerte y no me dicen nada. Los otros dos siguen en lo suyo, pero también me invitan. Observo lo que hay en la cama: ropa, celulares, poppers, aceite de bebé que deduzco están usando como lubricante. 

Las luces están apagadas; sólo la luz del baño y la de la tele ayudan a mis pupilas que intentan adaptarse. Me acerco a la pareja que está en pleno mete y saca para comprobar mis suposiciones: están cogiendo "a pelo". 

El pasivo se da un pasón de poppers y hace gesto de convidarme. Me hago tonto y pongo cara de morbo viendo la escena. El activo bombea más rápido y dice “ya me voy a venir, te voy a preñar bien rico”. Se viene adentro del chavito, que no debe tener más de 22 años. No parece temerle a infectarse de algo: forma parte de la generación YOLO. Para ellos el SIDA es una cosa lejana que ya sólo pasa en las películas. Se viene también. Tengo ganas de decirle “coge todo lo que quieras, pero no mames, los condones son gratis en Salubridad y los dan afuera de los antros. Estás bien pinche morro”. Pero no vine a dar lecciones de moral sino a escribir una crónica. Sólo espero para mis adentros que este chaval no aprenda a la mala que, como en los espejos retrovisores, las cosas están más cerca de lo que aparentan y el VIH sigue siendo una realidad bien chafa. 
La salida

Todavía con muchas ideas retumbándome en la cabeza vuelvo a mi cuarto. Veo las grietas del techo intentando imaginar cuántos habrán cogido en la cama en la que yo ahora estoy tendido. Pienso en lo fácil que seria tachar de irresponsables a estos cuates por la manera en que se arriesgan pero llego a la conclusión de que, ya sea cogiendo a pelo, comiendo garnachas o metiéndole pata al acelerador, todos le hacemos guiños a la muerte. Si no es el SIDA, será la diabetes o la cirrosis. Finalmente a todos nos va a cargar la parca y nos suicidamos un poquito cada día. Al menos ellos gozan de sus cuerpos sudorosos y jadeantes en lugar de esperar quietecitos y bien portados que un cáncer se los lleve. 

Tomo algunas notas en mi libreta, la guardo, me fijo que no haya dejado nada en el cuarto. En el pasillo el recepcionista toca algunas puertas. 

-19, ya se te venció el cuarto. 

-Un ratito más, ni he agarrado nada. 

-Van a ser otros 190. 

A regañadientes, el cuate los paga. Dejo la llave en recepción y salgo del lugar. 

“Hay taxis, chavo”, me dice el recepcionista. Le digo que no gracias, que vivo a unas cuadras. El Callejón de la Igualdad luce vacío, salvo por un perro que hurga con el hocico en un montón de basura. A mi espalda el hotel Mazatlán, el legendario Maza, sigue en pie, y seguirá mientras haya hombres calientes que vengan a dejar su semen, su sudor y por supuesto, sus 190 pesos.
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Fuimos al Club Antifaz: sexo clandestino en Eje Central


Casi enfrente del Cine Teresa, que años atrás fuera templo de chaquetas, cogidas y morbo desbordado, se instaló hace poco un lugar mucho menos conocido, pero donde se va a lo mismo. Emparedado entre una tienda de electrónicos y un minisúper, está el número 130 de Eje Central Lázaro Cárdenas. En el botón 1 del interfón, se lee:Antifaz. De no ser por eso, nada delataría que hemos llegado a uno de esos sitios clandestinos de la ciudad donde, por unos cuantos pesos, se puede satisfacer al cuerpo e intercambiar fluidos sin empacho alguno. 

Afuera hay hombres en actitud sospechosa. Para el ojo no entrenado, pasarían por malandros, de esos que están a las vivas viendo a quién bajarle el celular o la cartera. Sólo los versados en el arte del ligue callejero sabemos que estos hombres no ven tus pertenencias, sino tu paquete o tu culo. Entre ellos destaca un chico con playera de la UVM que me tira una mirada braguetera y se moja los labios. Yo finjo no entender su código y me dirijo evasivo a la puerta del lugar.

Toco el botón del interfón y sólo suena el chasquido del dispositivo electrónico que permite saber que la puerta del edificio ya está abierta. El Club Antifaz, o simplemente ‘El Antifaz’ como ya lo llama cariñosamente su clientela, está en el segundo piso. Ahí, el chico que me miró el paquete, me alcanza. “¿Sabes cuánto cobran?”, me pregunta. “Según yo 40 pesos, ya si quieres rentar locker son 30 aparte”, le contesto, tragando saliva.

Tocamos la puerta que está rotulada con una carita sonriente y nos abren. Pagamos nuestro respectivo cover: yo mis 70 pesotes de cover y locker y el otro cuate 40, porque hoy es jueves de estudiantes y si tienes entre 18 y 23 años, el costo del guardarropa es gratis. Ahora su playera de la UVM cobró sentido: venía a aprovechar la bonita oferta, la bonita promoción. 


¿Listo para una experiencia sextrema? 


Like a virgin, touched for the very first time...

Una vez pagado el acceso hay que registrarse, anotando nombre y un password, además de tu rol sexual. Los lockers no tienen llave, pero ellos te aseguran que es seguro. El password es para que ningún listillo se quiera llevar las cosas que dejaste en tu locker. Como si fuera un trabajo godínez, también anotas tu hora de entrada. “No mames, casi te piden la cartilla de vacunación”, me dice el otro cuate para romper la tensión.

Ahí, en plena recepción, entregas tu ropa y te quedas tan encuerado como quieras. Casi todo el mundo conserva sólo la ropa interior. Y como a la tierra que fueres haz lo que vieres, me quedo en calzones, calcetas deportivas, mi gorra y tenis. El otro chavo se registra y alcanzo a fisgonear su INE: me doy cuenta de que apenas tiene 19 años.Antes de entregar mi celular discretamente le tomo foto a los precios de los condones, el lubricante, el viagra y los poppers.

Pasamos a la estancia y hay un pequeño refri con chelas y refrescos. A huevo, si no no sería negocio. Ahí me desafano de él para que no crean que venimos juntos y para explorar con más libertad. Unas cuantas mesitas, sillas y otros hombres en calzones, sobándose la verga por encima de la ropa interior. En la pantalla hay un video de Madonna: Like a Virgin. “¿Pero quién chigados va a ser virgen aquí?”, me pregunto, mientras me dispongo a entrar al área oscura del local que se abre para devorarme como una garganta de lobo.

Give it to me, yeah...

El Antifaz no es un sitio de cabinas convencional donde te ponen pelis porno y vas a todo, menos a verlas. Los muy listillos se ahorran las teles y los devedés, conscientes de que nadie las pela. En el laberinto de cuartos hay un par de “potros del amor”, uno en imitación de piel de cebra y otro de cuerhule.

>>¿Cómo diablos se usa el potro del amor?

La mayoría de los asistentes ronda entre los 18 y los 30, al menos hoy, seguro por la promo estudiantil. Sólo un par de señores se salen de ese rango: dos sugar daddiesde pelo en pecho y cabezas rapadas.

Apenas los ojos se empiezan a acostumbrar a la oscuridad, y las pupilas dilatadas permiten ver a las primeras bocas mamadoras haciendo lo suyo, trabajando las vergas erguidas. Un chavito delgado se la chupa con maestría a tres al mismo tiempo, turnándose. Y como si se tratara de un trofeo de caza, el más vergón se lo lleva a una de las cabinas y comienzan los pujidos.

Mientras Madonna continúa cantando sus éxitos —ahora anda en Give it to me—, el chavito hace de corista involuntario, pero en español: “dámelo cabrón, más adentro, así, qué rico, más, más”. Afuera, los demás siguen mamando y un barbón se me acerca: “estás bien rico wey, qué onda, ¿te la meto?”. Yo, para zafarme de la situación, le contesto con falsa seguridad: “no wey, gracias, pero soy activo” y me escurro rápidamente en el laberinto. Porque ante todo hay que ser profesional, oigan. 
When you call my name, it’s like a Little pray...

La luz roja de El Antifaz, como la de un cuarto de revelado, hace que el aspecto de las paredes descarapeladas se vea un poco menos culero, casi sensual. Y como en toda fiesta, lo mejor siempre está al final. Al fondo es donde están los cuartos menos iluminados y grupos de entre siete y diez chavos cogen, chupan y gimen. Unos usan condón, a otros les vale madre protegerse. Esa frase de que “sin globito no hay fiesta” para muchos no es necesariamente cierta. 

Las primeras lluvias de semen caen sobre las caras y las nalgas. Unas erecciones bajan, otras se reavivan, animadas por el morbo del roce del cuerpo ajeno en las cabinas y los pasillos estrechos. Como evidentemente no traigo libreta de notas, trato de recordar mentalmente todos los detalles, abriendo los ojos como platos, dejando que la nariz se sature del aroma a mierda y mecos, archivando los datos que me permitirán la reconstrucción futura de los hechos.

Me dirijo a un cuarto que parece que no había explorado cuando escucho mi nombre:“¿Pável?”. Salto como un gato sorprendido a media travesura y me topo de frente con un excompañero de la Universidad. “Si no dices nada, yo tampoco digo nada, ¿va?”me propone, dándome una palmada en el hombro. No me da chance de explicarle que yo estoy chambeando y no dándole gusto al cuerpo cuando ya se perdió en el laberinto oscuro.

“When you call my name it’s like a little pray”, canta Madonna. “When you call my name”, balbuceo yo, mientras emprendo la graciosa huida antes de encontrarme a algún otro conocido. “¿Tan rápido?” me pregunta el de la recepción, insinuando entre líneas que soy un pobre precoz. “Este, sí, tengo chamba por hacer”. Como que no me lo cree del todo, pero me vale madre. Tomo mis cosas y me voy en chinga.

“When you call my name…”. Carajo. Si les dicen que me vieron ahí no vayan a pensar que soy un golfo. Bueno sí, pero ahorita no gracias, porque estoy casado. Carajo. ¡Carajo!
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La Casita de Insurgentes


Mirábamos cómo la luz del día comenzaba a abrirse paso y fumábamos. El silencio de la madrugada cedía ante el creciente ruido de Insurgentes. “Me gusta que hagamos esto”. Mi mirada inquisitiva fue suficiente para que añadiera una explicación: “esto, platicar… es como exorcizar el lugar, ¿no?”. Nunca más cierto. La luz y las palabras no pertenecen al reino de La Casita. Subir a la azotea de ese edificio de tres pisos, techada por láminas y con sus límites enrejados que aprisionan, a vislumbrar un amanecer mientras se charla con una torpe intimidad, no sólo exorciza, sino aniquila a La Casita. Es invocar a Apolo en el más suntuoso templo que la ciudad de México le haya dedicado a Dionisio.

La Casita1 no es un spa. La Casita no es un sauna. La Casita ni siquiera es, dicen, un cuarto oscuro. No. La Casita es un sofisticado segmento del espacio, un área liminar que algunos homosexuales de la capital crearon al estilo de un recinto sagrado que logra, como pocos, el abandono total de la razón. La categoría “club de encuentros” que es como se autodefine, o “sex club”, con la que aparece en algunas guías de la ciudad, no explica lo que ahí ocurre. Peor aún: poco a poco las llamadas de atención la han ido convirtiendo en sóloeso.

Mi interlocutor acaba de tener sexo con seis cuerpos esa noche. Los penetró a todos. Entre cada evento subía a la azotea a fumar un cigarro, a estar solo, a recuperar energías, a respirar un aire que no oliera a lo que huele realmente la humanidad… a seleccionar su siguiente bulto. Ahí me miraba inquisitivamente. No entendía cuál era mi juego, por qué no era como el de todos los demás. No trataba de seducirme, sólo quería entender a quien sólo observaba desde una esquina sigilosamente sentado… o petrificado, diría yo.

“¿Eres de aquí?”, me preguntó al acercarse. Rompió la tácita regla del silencio al tiempo que abría la estación del Metro Insurgentes, cosa más efectiva que la salida del sol para anunciar el fin de la noche y la imposición de las regularidades, las crudas y las rutinas. El espacio de La Casita entonces se asfixia de culpas, de hedores, de huidas cabizbajas. Sólo hay un taxi que aguarda afuera, los demás huyen despavoridos adonde puedan. Nació un tema de investigación.

Aún así, hoy, en esa fachada bien mantenida en Insurgentes, disfrazada de la vieja y nueva colonia Roma, en la que sus ventanas fueron tapiadas o los vidrios pintados con el mismo color mamey de las paredes, se puede tocar un timbre con una cámara integrada. El visitante es evaluado no muy rigurosamente. El requisito es que sea o parezca del sexo masculino. Sería interesante saber qué pudiera experimentar una mujer ahí. Una chicharra indica que se ha liberado el cerrojo y la puerta se empuja hacia una pequeña recepción a desnivel. Tras subir los escalones que conducen a ese cuartito, un hombre adormilado y malhumorado, se levanta de una silla de plástico y finge catear a cada visitante permitiendo el paso de lo que sea que traiga bajo las ropas. Antes era más rústico, pero a medida que La Casita se expone al imperio de la notoriedad, ahora hay letreros que amenazan con “no ingresar armas y drogas”, con “no ejercer la prostitución dentro del lugar”, que “La Casita no discrimina”, que “no se puede fumar”. Un paso recientemente añadido es en el que el vigilante echa un desinteresado vistazo de reojo a una identificación que acredite mayoría de edad. Uno podría presentar cualquier tarjeta.

Le sigue otra ficción: el ritual de ingreso. La Casita no podría subsistir jurídicamente de otra forma si no fuera por estar registrada como un club privado. De esta forma, los visitantes no son clientes, sino miembros de una organización. El socio se anota en una lista de membresía y le es entregada su mágica credencial enmicada. Entre garabatos ininteligibles e ingenuos nombres y apellidos, los más distinguidos miembros que se leen en la selecta lista resaltan: “Pasiva entrona”, “Puto el que lo lea”, “Chuy de la Buenos Aires”, “Hernán Cortés” y “Activo 20 cms”.

Hoy en día el socio paga una cuota de 90 pesos —alguna vez fueron 50— a una tercia de dependientes serios y malencarados. Un precio adicional hay para quien quiere servicio de guardarropa que es siempre desaconsejado por los parroquianos, pues, dicen, los dependientes se roban todo lo que encuentran. Listo. Las formalidades terminan para dar paso a ¿las libertades?

La Casita ocupa lo de una casa o dos. Esa sensación tan agradable de trasgresión que ocurre cuando uno entra a esas casas porfirianas que han sido adaptadas como cafés y restaurantes, en La Casita encuentra su radical contraparte. Ahí están los tristes acabados centenarios en un espacio que desconcierta. En un comedor se come, en una sala se conversa con las visitas, en una recámara se duerme. En los restaurantes que invaden estas reglas de lo privado no hay incertidumbre: en esta casa se da servicio de alimentos en todos sus cuartos. Ahí está la nada. El vértigo es insoportable.

Como un lienzo negro, se anda por lo que parecen corredores y se entra a espacios cerrados donde a veces hay subdivisiones de tabla roca que simulan pequeños cuartitos y a veces no, a veces hay camastros o sillones y a veces no, a veces hay literas y a veces no. Hay escaleras, hay balcones interiores. Pero no hay ventanas que permitan el paso de la luz exterior, no hay puertas. En los baños rara vez corre un hilo de agua por sus lavabos y no suele haber papel sanitario. Hoy no son baños. Son reliquias. Imaginarla como una casa funcional resulta difícil. Las posibilidades creativas de quien ingresa son todas y ninguna.

Una estación de radio suena quedo por toda la casa. Un esfuerzo por amoldarse a la exigencia de ser un “sex club” ha impuesto un género de música electrónica tan relajante como perturbadora. No hace tanto era una simple estación de música continua con éxitos viejos y nuevos del pop local y en inglés. No se trata de bailar, ni de escucharla. No sé si busca hacer tolerable el vacío o incitar al silencio. Cada espacio tiene diferente grado de hedor dependiendo el día, la hora y la afluencia. Subir a la azotea es una obligación para los que tenemos estómago débil. Y es ahí donde se descubre la ruta más macabra: en ese último piso aparece un angosto tiro con una escalerilla metálica de caracol que, al descender, te ingresa a la que parece una segunda casa, o bien, toda una segunda sección aislada de la que uno ingresó por la calle.

Lo mismo: cuartos con diferentes formas, tamaños y muebles, pero generalmente sin nada. Oscuridad y más oscuridad. Sin embargo, esa segunda casa es más angosta, dando una sensación de verticalidad. No hay ventanas. No hay puertas al exterior. Ahí hay una barra en la que de vez en cuando se cumple con la función de vender cerveza, pero generalmente está vacía. En realidad, en esa segunda casa se desciende hacia una trampa. El sótano, donde entre la penumbra se adivina un mingitorio sin agua, una cruz de tablones de madera con cadenas, como lo que pudiera parecer la bodega del escenario de una película sadomasoquista, es el clímax. La inexistencia de ventilación, de luz y de desagüe genera una ilustrativa instalación de una corporalidad humana desindividualizada, ciega y sorda. Dentro de un cuartito anexo al sótano, siempre hay cuerpos ahí, cambian de número y forma como un inestable líquido del que se le desprenden y adhieren gotas. Lo que está ahí es un estado de humanidad muy infrecuente. Leviatán.

Dicen que alguna vez en ese cuartito del sótano hallaron un muerto. Es una leyenda urbana, quizá la más célebre de La Casita. Nadie puede determinar el cuándo y, como buen relato de tradición oral, hay versiones más aderezadas que otras. Que si lo hallaron después de tres días, que si estaba mutilado, que si fue suicidio, que si fue una sobredosis. Todas coinciden en que el muerto estaba en el sótano. Todas concluyen en que éste fue desechado sin identificación alguna. Tal vez en el libro de socios era “Pánfilo de Narváez”. Para ir al sótano hay que dejar la razón afuera, pero para salir de ahí existe el riesgo de dejar el cuerpo… al alma quién sabe qué le pase. Dionisio en La Casita es rey.

Pongamos que, de pronto, se quiere escapar. La puerta de salida está a años luz de ese sótano. Un cuerpo debe primero retomar su individualidad, separarse de esa masa que lo absorbe y emprender una complicada huida. Subir y subir, pasar por corredores y cuartos donde sólo se escucha ese radio, algunos suspiros y a veces gemidos, meterse al tiro de escalerillas que llevan a la azotea, respirar en ese oasis a medias y recordar la meta: la calle. Comienza el descenso por la parte frontal donde señalar que es “más iluminada” es un decir. La individualidad se va recuperando con la vergüenza o con la conciencia y el paso se va apresurando. Quien camina rápido es porque descubrió que ya se quiere ir de ahí. Necesita la calle. Necesita un semáforo, un escalón que indique claramente la separación del paso entre los coches y los peatones, una casa donde la recámara signifique descanso. Es decir, necesita recuperar reglas y esencias, volver a saber cómo ser uno, restaurar el equilibrio entre el cuerpo con sus placeres y la razón que lo conduce.

Adrián2 llega sólo los viernes o los sábados. Muy rara vez entre semana. Llega borracho, unas veces más que otras. Para él La Casita sólo se trata de sexo. “¿Has tenido pareja?”, le pregunto en un torpe tono de entrevista. “Tengo. Una mujer y dos hijos”. Sonríe con malicia. “No te la esperabas, ¿verdá? Mira, yo no sé qué sea, si joto, bisexual o qué y no me importa. Este es mi rollo, ¿no? Y no creas que le fallo a mi mujer, yo la amo y le doy lo que ella necesita y a mis hijos también. Esto es para mí. Esto soy yo y mis necesidades”.

El ritual de Adrián es el mismo cada noche que asiste a La Casita. Se para contra alguno de los muros de lo que pudiéramos calificar de lóbregos corredores de la casa. Espera. Fuma. Mira. En las penumbras, cuerpos deambulan a paso lento por todo el inmueble, examinándolo todo y a todos pero con suavidad. No hay mucho que hacer ni qué señalizar: cuando un cuerpo se detiene significa disponibilidad de contacto y si lo hace próximo a otro lo plausible es que se fundan en una sola masa por un tiempo, se separen y continúen su andar. Adrián aún conserva reminiscencias de la norma de distribución espacial del sexo, así que conduce a su carne en turno a una habitación oscura… esto es, con la cantidad de luz de un hoyo negro. Como un ciego que se conduce por andenes del Metro, Adrián sabe la ubicación exacta de los camastros que hay en ese cuarto, pero él no se recuesta, me dice, porque le da asco y tienen ladillas. Coloca ahí a su contraparte en turno.

“Siempre uso condón, no vayas a creer”, me dice. Claro, si hemos traído el sol, la palabra y las reglas, la no pedida mención a la santa prudencia de salud sexual debe venir con la letanía. “¿Siempre son diferentes?”, pregunto. “Pus trato, pero la verdad es que a veces no me doy cuenta… una vez hubo uno que quería que yo me quedara con él toda la noche, que nos fuéramos a un lugar mejor, ya sabes, una jotita, y ahí, insistente el cabrón… Amenacé con madreármelo, pero mejor ya me dio hueva y me fui a mi casa temprano”.

Adrián es contador. Trabaja en un despacho como empleado. Dijo que tenía 42 años. Lleva unos cinco años visitando con frecuencia La Casita. Ha ido a otros sitios donde la práctica de sexo entre hombres es el común denominador: fiestas sexuales, cabinas de sexshops, baños de Sanborns, la Alameda antes de su remodelación o clubes de encuentros, pero dice que sólo le gusta esa, La Casita de Insurgentes, porque hay dos. “Es que los otros lugares o son más peligrosos o son más fresas o no sé, como que te dejan estar menos en tu rollo. Mira, yo sé que esto es una pocilga, pero tal vez me gusta por eso”.

“Iba tanto”. Silencio. La mirada de Alejandro,3 un recién egresado de la carrera de derecho de una universidad pública, se vuelve hacia adentro, se le tuercen los labios y se le aguan los ojos. “¡Es que iba muchísimo! ¡Y por imbécil! ¡Pude haberme contagiado de lo que fuera! ¡Oye, dicen que ahí hasta mataron a alguien!”.

“No sé qué es lo que buscaba. O sea, sí, lo que todo el mundo. Estás borracho, solo y morboso y ya, acabas ahí. Y lo peor es que sales sintiéndote peor que como entraste. Ay, no sé. Había veces que al salir de ahí me subía al coche y mejor me ponía a cantar o a pensar en el trabajo o en otra cosa porque si pensaba en que acababa de estar en ese lugar me ponía a llorar… De todas formas al siguiente fin ahí estaba de nuevo de pendeja.

”Mira, la verdad es que no soy bueno para ligar. Vas a Zona (refiriéndose en general a cualquier bar o antro de la Zona Rosa) y pues ahí estás, vas tomando dizque para darte valor, vas viendo quién te gusta y cuando ves que a ése ya le echaron el ojo y se le acercó otro, o peor, que el que siempre te ha gustado ya tiene novio, se te derrumba el mundo y te sientes que nunca nadie te hará caso, porque eres horrible y aburrido, porque no pasas mil horas en el gimnasio y no te vistes bien, porque lo que tienes para ofrecer a nadie le importa… Y entonces empiezas a pensar que lo único que quisieras es estar cuchareando(acurrucado) viendo la tele y no ahí, con esa música a todo volumen y con la gente juzgándote. Yo me ponía muy mal. Yo soy de los que llevaba el vestido de novia en el coche por si encontraba al amor de mi vida en el cuarto oscuro del Toms (bar en Insurgentes).

”Lo que pasa en La Casita es que ahí ligas seguro. Ya. Ya sé que si uno no encuentra al amor de su vida en el antro, menos lo va a encontrar en La Casita. Pero pues así es una, tonta y calenturienta. O sea, ahí de que encuentras quien se te arrime, lo encuentras, aunque si te lo toparas en la calle una hora después no lo reconocerías porque jamás le viste la cara. Eso era lo que me pasaba en La Casita, yo sabía que no iba a encontrar ahí lo que buscaba. Todos los días sabía que ahí no era. Todo el tiempo me daba repulsión siquiera pensar en ese lugar. Pero en la noche, después de cinco o seis cervezas y ver que el hombre más guapo de México se fue con el segundo hombre más guapo de México, simplemente quería ir a la estúpida Casita.

”Cuando no llevaba coche, caminaba por las calles de la Juárez y de la Roma. Esperaba a que se me bajara la peda para ver si así me arrepentía de ir, pero me salía peor, porque en la calle me empezaba a calentar mucho más y entonces iba a ver a los chichifos (prostitutos) que se ponen en Reforma o en Hamburgo… Total, después de mucho paseo y morbo, terminaba en La Casita.

”¡¿Pues qué te puedes imaginar que hacía ahí?! Bueno, no te creas, yo era bien portado. O sea, no me metía jamás a las bolitas que luego se hacen. De hecho nunca estuve con más de uno. Bueno, una vez sí con dos, pero leve. Me daba pánico enfermarme, así que cuando veía que la cosa iba subiendo de nivel, mejor me quitaba y me ponía a dar vueltas, otra vez pensando en encontrarme con el amor de mi vida. Y pues ahí de idiota, ¿verdad? Otra vez, analizando quién me gustaba y a ver si yo le gustaba. ¡Hazme el favor! ¡En La Casita! Y entonces una de dos, o me iba para mi casa o me metía a alguna de las habitaciones más oscuras. ¡Noooo! ¡Nunca en la de hasta abajo, que es en la que dicen que mataron al chavo y además no se puede ni respirar de la peste! Y pus ya, ahí no pasaba de algo superleve y con eso me deprimía mucho y me iba. Al día siguiente tenía el alma hecha mierda y, por supuesto, se me activaban todo tipo de paranoias de ‘y si cuando me le acerqué… y me la puso… y me agaché… ¿me habrá pasado algún bicho?’ Y es que una vez sí me saqué mucho de onda, porque un pinche oso (hombre corpulento y peludo) me pegó ladillas. Fue horrible, imagínate. Yo ahí, con una comezón imparable y usando los champús, esos que huelen superfuerte. Yo no quería que nadie se enterara.

”Qué te digo, jamás volvería. Además hasta tenía pesadillas. Bueno, no son pesadillas, porque no me despertaba todo asustado y agitado. Me asustaba por lo que soñaba: estaba en la calle, de noche y de pronto me topaba con un lugar al que me moría de ganas de entrar tanto como me daba miedo y me excitaba mucho. No sé cómo decírtelo, cuando volteaba hacia ese lugar era como una caverna o una construcción, amplia pero muy oscura y aunque no los viera, yo sabía que estaba llena de cuerpos, pero raros, como de zombis, ¿ya sabes? Todos idénticos, flaquitos, como hechos de plastilina, apenas veía cientos de siluetas y yo sólo quería entrar pero había una parte de mí que sabía que no debía. Y en eso siempre me despertaba y me asustaba mucho. Yo creo que sí me hacía daño como en el alma, o sea, no volvería.

”Mira, ahora por fin tengo una relación estable y esa ansiedad desapareció. En todos estos años que no he vuelto, jamás he tenido siquiera la tentación. Vamos, que ni creas que ha sido un esfuerzo. Je, ¡ya me curé! Claro, antes también me repetía a mí mismo que no volvería y caía. Pero después no sé, si vuelvo a estar soltero, no sé si La Casita siga existiendo. A lo mejor un día otra vez me agarra el morbo y tal vez por nostalgia me doy una vuelta. Pero creo que ese lugar no puede seguir durando o no así, como estaba cuando yo iba. El mundo ya cambió. México ya cambió. Ahora hay saunas como en Europa y los gays ya no estamos tan locas como antes… creo.

”No sé por qué no iba al Sodome (sauna dedicado al sexo entre hombres ubicado en Polanco). O sea, fui una vez, con unos amigos. Ya sabes, todas las jotitas ahí, con nuestra toalla, riéndonos como tontas y criticando al que ya se perdió por ahí. Es un lugar bien, nada que ver con La Casita. Y tal vez por eso no iba, ¿qué tal que me encuentro a alguien conocido? Sí, en La Casita me encontré a un conocido más de una vez, pero es como si encontrarse ahí significara que ambos somos igual de miserables. En cambio, si nos topamos en el Sodome, es como cualquier antro, donde te sientes juzgado por todos. En La Casita nadie te puede juzgar por el simple hecho de que los dos estamos en el mismo cuchitril, ¿ves? Que si más gordito, que si más chaparrito, que si más rico, que si más pobre, ¡qué más da! ¡Las dos ahí en las puertas del mismo infierno!

”No sé si más libre o más qué cosa, pero sí te puedo decir que en La Casita la onda es por lo menos más honesta. En los otros lugares tienes que demostrar algo siempre, en La Casita le abren la puerta a cualquier pendejo. No sé si por lo sórdido y decadente o por qué, yo te puedo decir que es el único lugar de México que conozco donde no importa dónde carajos naciste, creciste o estudiaste, si trabajas aquí o si trabajas allá, si eres un viejito o un chavito, si eres fresa o chacal, si eres gordo o flaco, dizque activo o pasivo… No sé, es como si entrar ahí te rebajara al mismo plano. Nadie puede presumir de nada si entró a La Casita.”

Para algunos no hay mejor forma de celebrar la vida que celebrando la muerte.Mexbugchaser puso un anuncio clasificado donde exponía su deseo de vivir su conversiónuna madrugada del 1 de enero de 2008 en La Casita de Insurgentes. Esto es, mantendría el rol pasivo en un número suficiente de relaciones sexuales sin protección como para garantizar que le fuera inoculado el virus del VIH. El aviso se encontraba en el sitio web llamado “Clandestino Gay”, que fue clausurado por las autoridades acusado de servir de punto de contacto para prostitución y pornografía infantil.4 Los foristas reaccionaron incendiariamente frente a este anónimo cuestionándole su deliberada intención de ser infectado. No faltó quien posteara algún artículo informativo sobre esta práctica consciente de la transmisión del virus donde incluso se celebran fiestas en las que el que desea albergar el VIH recibe el nombre de “bugchaser” (cazador del bicho) y los portadores —o uno solo cuya identidad se mantiene en secreto— que se lo inocularán se llaman “giftgivers” (donantes del regalo). El virus es retóricamente tratado como un “don”, una “bendición”, el fin de una vida sexual preocupada por el contagio al optar recibirlo como una liberación plena.

Esa madrugada de fiesta todo concurre en La Casita. Grupos de amigos, solitarios, jóvenes, adultos y hasta adultos mayores, estudiantes, profesionistas, dependientes de tiendas que sólo descansan el 1 de enero, albañiles, escritores, cargueros, policías, funcionarios públicos, políticos de medio pelo y hasta alguna personalidad de la televisión. La Casita, cuya auténtica bacanal está disponible las 24 horas de los 365 días, es revestida de mayor celebración al despunte de la primera alba del año. Tal vez cualquier madrugada dominical tiene más gente, pero nunca en una actitud tan arrebatada como la del 1 de enero.

Al entrar a uno de los cuartos se observa un semicírculo silencioso de hombres amontonados contra una pared. Se escuchan gemidos. Todos concentran su atención en la acción que ocurre en el centro de esa masa. Ahí, un muchacho, completamente desnudo, de espaldas al grupo, con las manos apoyadas en la pared y con las piernas semiflexionadas es penetrado por turnos por todos los demás, acaso 10 hombres. ¿Será elMexbugchaser? Quién sabe. Escenas similares se repiten en diferentes puntos de la casa. Tal vez más de uno recibirá el regalo.

En otro rincón se observa a una tercia de cuerpos que frotan, rozan y besan entre sí. Entre ellos resalta una cabeza que aspira un pequeño frasquito de poppers. Dicen que los mismos dependientes de La Casita la venden, junto con condones. En los cuartos entran algunas personas que buscan orientarse u observar con la luz que emiten sus teléfonos celulares. Inmediatamente se escucha: “ssssh, ¡apaga eso!” y, en caso de no obedecer, es factible que alguien suelte un manazo al aparato. Por cada dos o tres voyeuristas hay por lo menos un exhibicionista. El intercambio de roles no sería raro.

Otros sostienen una conversación a un volumen muy bajo en el sillón de uno de los dos cuartos donde una vieja televisión transmite, en una muy mala calidad y con el brillo altísimo, una repetida película porno. La titilante pantalla sirve de fuente de luz romántica para quienes acaban de acordar una relación sexual dignificada en un hotel de paso, así que se despiden de los amigos que los acompañaron y se retiran de La Casita.

En una noche como esas Alberto5 se infectó con el VIH. Él está seguro que fue ahí porque es la única vez que recuerda que llegó a tener sexo sin protección. Era una etapa de su vida en la que tenía muchas relaciones sexuales con diferentes parejas y en una gran variedad de lugares públicos. Se jactaba de conocerlos todos: el caminito verde de la UNAM, los Viveros de Coyoacán, el ligue en el cruce de División del Norte y Universidad, los baños de la Central Camionera del Norte, el Hotel Mazatlán, el Cine Savoy y tantos más. Sin embargo, él sabe que fue ahí, en Insurgentes a la altura de la estación de Metrobús Durango. Confiesa un par de años después que no sabe qué fue lo que se apoderó de él, pero estaba muy alcoholizado. En uno de esos cuartos, sin saber quién fue, consintió ser penetrado sin protección alguna. No quiere hablar mucho del tema. Sólo repite que no sabe qué fue lo que pasó y que no tiene caso darle más vueltas, que sí, siempre se cuidó y que por una sola vez que no… Fue en La Casita, donde sin las prisas y el estrés por ser descubierto un condón fue una omisión casi natural. “Hay lugares peores que La Casita, hay fiestas que harían verla como el lugar más fresa de la ciudad, pero sí, algo tiene que la hace diferente. Es como si supieras que estás en un lugar al que nadie le importa, a nadie le interesa y nadie vigila”.

La sensación de anomia es la atracción que La Casita ofrece. Adentro se llega a lograr a veces la inexistencia de las clases sociales, los roles, las homofobias y los preceptos de cualquier tipo. Todo se trata del cuerpo masculino. De un cuerpo genérico, sin estética, sólo con sensaciones. En ese mundo al revés, tal vez no es tanto la decisión de tomar un riesgo a contagiarse, sino que en ese abandono hasta el riesgo es bienvenido en una entregada celebración del cuerpo a la vida.

Hace no tantos años, cuando la ciudad y sus espacios de consumo para clases medias y altas no contaban con tanta promoción y reseña, La Casita era mencionada como un “club de encuentros”. Hoy las franquicias mexicanas de guías urbanas internacionales que no conocen de particularidades locales la llaman “sex club”.6 Como si La Casita fuera una importación de un concepto extranjero. Como si la única manera de presentarla o entenderla sea en los términos de lo ya probado, creado y vivido fuera de las fronteras. Como si la experiencia de ir a un sex club sea la misma que la de La Casita cuando claramente sus visitantes expresan reiteradamente que no es lo mismo. Como si no pudiera ser… La Casita.

No he logrado averiguar desde cuándo existe. Cuando pregunté a los dependientes sobre la fundación de La Casita me contestaron refunfuñando que para qué quería saber eso y que ellos no sabían. Las experiencias y relatos de diferentes homosexuales capitalinos y algunos visitantes coinciden en que el sitio apareció en algún momento de la década de 1990. La vida gay se asentaba principalmente en la Zona Rosa y algunos bares dispersos sobre la avenida Insurgentes, el Centro y en Ciudad Nezahualcóyotl.

La Casita, junto con otros espacios conocidos como clubes de encuentro, satisfacía la demanda homosexual de sitios para prácticas sexuales sin la necesidad de mantener relaciones personales posteriores al encuentro. La prostitución en el mundo homosexual, aunque existe, nunca ha sido tan necesaria para satisfacer esto, como en el mundo heterosexual, donde un lugar como La Casita parece logísticamente impensable. 

Esta dinámica se mantuvo por un tiempo hasta que, ciertamente, llegaron nuevos tiempos. Mejores en algún sentido, peores en otro. La muy lenta aceptación y normalización de cierto tipo de vida gay se fue abriendo paso entre los mercados y así consiguió que la ciudad contara con su primer antro con cadena ubicado en una zona exclusiva y que discriminara abiertamente por apariencias de aspecto, raza y clase social. La normalización de la vida gay incluyó su adscripción a la violenta división de clases sociales que anteriormente se vivía menos burdamente. Hoy, desde la óptica acomodada tenemos antros discriminatorios en Polanco y Lomas de Chapultepec y antros “alternativos” en la calle República de Cuba. Los de la Zona Rosa ya ni siquiera se mencionan en las reseñas que resumen la vida gay de la ciudad.7 La Casita está cada vez más sola en un circuito gay en el que lo que pasó de moda fue esa forma de vivir la homosexualidad. Los primeros saunas destinados a los encuentros sexuales, en vez de algunos baños públicos, han abierto sus puertas. La distribución espacial y las normas de la conducta homosexual se han transformado al sumarse a las tendencias globales que la aceptan sólo en parte y le imponen normas viejas para adaptarse a los mercados con patrones y prácticas de consumo preestablecidos.

La Casita fue un agujero negro que surgió en una colonia Roma que hoy está dejando de existir. En su entorno se encuentra un nuevo ambiente del que ella es cada vez menos su apoteosis. La antigua casa porfiriana en el perímetro cercano a la Glorieta de Insurgentes es una ruina de una Roma que ya no es la colonia abandonada por las opulentas familias que la fundaron, va dejando de ser la colonia de los hospitales, de los hoteles de paso y fiestas swingers, la ocupada por asociaciones de paracaidistas y migraciones indígenas tras el sismo de 1985. Ya no es esa colonia que hubiera ahuyentado, inclusive, a su célebre vampiro de algunas décadas atrás. Esa perdición que caracterizaba a las noches de la camaleónica Insurgentes en su parte central, hoy resiste cada vez más débil. La Casita deja de ser representativa de una forma de espacio que tal vez sólo es posible en las zonas marginales donde se podía vivir con formas clandestinas una asediada o ignorada homosexualidad sin reglas, sin mensajes, sin consejos dedicados a ella. Tal vez La Casita existió siempre en la ciudad de México y en otras urbes con otros nombres y en otras sedes. Pero hoy estos espacios agonizan. Se sustituyen por otros donde la democrática anomia se ha intercambiado por performances, algunos más trasgresores que otros, pero todos regulados por el mercado.

Renovarse o morir, La Casita aún no se decide por cuál de las dos, pero coquetea con la primera opción: convertirse en ese performance que es el “sex club” que le asignan las guías gay. Dejarse de una buena vez de particularidades, de ser el espacio donde ante la nada sólo queda la creatividad de un ser abandonado a su desenfrenado deleite, y sumarse al tren de las certezas y tranquilizantes monotonías del mercado internacional. Meter un poco de Apolo al templo de Dionisio.
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