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sábado, 30 de abril de 2016

"Tortas, putos y cumbieros"


En una de las zonas más ricas de Buenos Aires, nace una nueva tribu urbana: desde afuera se los estigmatiza como wachigays, aunque ellos se asumen como “negros, putos y cumbieros”. Son queers de clases trabajadoras del Conurbano que salen del closet para reclamar reconocimiento simbólico. Adolescentes y jóvenes homosexuales que bailan, se cortan el pelo, se tatúan y hacen del boliche Cerrito Mix una burbuja donde vivir su fantasía. Después de la resaca, reviven la fiesta en Facebook.


Suena Nene Malo y la pista central explota. Germán se sube de un salto al escenario. Directo al caño; a perrear. Lo sigue el Elezeki, que se agarra del otro lado y sincroniza su paso con el de su amigo. El último es Alejandro. Apoya a Germán desde atrás y le sigue el ritmo. Abajo, un grupo de chicos y chicas los arengan a los gritos. Dos morochas se hacen mimos al costado, una encima de la otra; siguen en la suya. Contra la pared, varias parejitas a los besos.

—¿Y dónde están los putos y las tortas a los que les gusta la cumbia? —agita el conductor desde la cabina del DJ.

Y todos dejan lo que están haciendo y levantan las manos.

Los putos y las tortas a los que les gusta la cumbia están acá.

***

Cerrito Mix no es sólo una bailanta gay. Es esa mezcla impensada y subversiva de todos los estereotipos del mundo cumbiero hétero y de la disco marica que no existe en ningún otro lugar de la ciudad ni del conurbano, en una de las zonas más ricas y pacatas de Buenos Aires: el límite de Retiro con Recoleta. A tres cuadras de Plaza San Martín; a cuatro de los hoteles cinco estrellas; a cinco del edificio Kavannagh, el más caro de la ciudad; y a seis de la Avenida Alvear y de sus señoras comprando en Ralph Lauren y Hermès. En Cerrito casi esquina Santa Fe, ahí donde nadie pudiera esperarlo.


Puertas adentro, esto se vive como conquista: “La katedral gay de la cumbia en el corazón de Buenos Aires” dice la bandera en la pista principal. Hasta ahí llegan, de miércoles a sábado, los wachigays: adolescentes y jóvenes de clases populares, homogeneizados por el look wachiturro aunque sexualmente diversos.

Desde las calles de tierra de las villas y los barrios bajos de José C. Paz, San Fernando, Moreno, Merlo, Quilmes, Avellaneda, Monte Grande y Ezeiza. De la periferia al centro; en colectivo la mayoría de las veces o en un remís entre varios cuando hay con qué, o en el tren que los deja en Retiro, Once o Constitución. Y, luego, el último tramo del viaje hasta Cerrito 1058.

La fachada es austera: una puerta negra enrejada; arriba, en letras pegadas sobre la pared, La Mary bar: el nombre que tenía hasta hace tres años, cuando todavía era un lugar de fiestas temáticas. Después, una escalera que baja tres metros hasta un subsuelo y, recién ahí, detrás de una cortina negra de terciopelo grueso, el paraíso de los chicos y chicas que huyen de la homofobia bailantera, la electrónica cheta y los señores cazapendejos. Un espacio utópico. Una burbuja donde vivir la fantasía.

***

Tienen entre 18 y 23 años, códigos de tribu urbana y una identidad en emergencia: son queers de clases trabajadoras que salen del closet para reclamar reconocimiento simbólico. Los de afuera los llaman wachigays, pero ellos no se dan un nombre ni se asumen como colectivo homogéneo. Es mucho más literal:


Somos negros, putos y cumbieros —, reivindica Elezeki. Y sigue bailando con sus amigos en el escenario.

La primera y más radical subversión de las reglas que impone la subjetividad gay hegemónica, con toda su cultura brillante, estética y, sobre todo, de clase media es la apropiación crítica del estigma, rompiendo con la corrección política.

La resistencia a las identidades prefabricadas empieza por el cuerpo (el primer terreno de inscripción ideológica y regulación social): la ropa, el peinado, los piercings y tatuajes aparecen como marcas de pertenencia. Son prácticas que atraviesan a toda su generación, más allá de las clases sociales, pero que en ellos tienen un estilo propio, caracterizado por el exceso. Lo otro, sostienen ellos, el minimalismo y la prolijidad es “cosa de chetos”.

—Acá no corre lo de gordo, flaco, bien o mal vestido. Puto, torta o bi, acá cada uno hace la suya. Sos vos. Sos feliz. Está todo bien. Si sos cheto… Sí, también… Mientras no jodas al resto —dice Nahuel, de Moreno, lentes de contactos azules, 18 años recién cumplidos, un aro expansor en la oreja derecha.

Todos los viernes, de 1 a 3, Cerrito Mix tiene un stand de piercings, otro de tatuajes y un rincón de peluquería. Hay aros desde $ 5, los tatuajes arrancan en $ 50, la peluquería es gratis.

Mientras Pablo, el peluquero, le tiñe unos mechones azules a una rubia platinada, un grupo de chicas, que lo rodean, gritan: “¡Más, más, más!”. En minutos la rubia tiene el pelo multicolor. Al rato, todas las amigas estarán igual.


Los chicos también se animan a los colores, aunque prefieren el corte reggaetonero.

—Ellos quieren el rapado con cresta o coronita. Nosotros le decimos sombreado; pero en realidad es el corte dominicano —dice Pablo—. A veces piden estrellitas o algún dibujo en la nuca o al costado o cualquier cosa.

Los piercings van en la lengua, el ombligo, las cejas y la boca; el más clásico, para chicos y chicas, en el labio superior, como el lunar de Marilyn Monroe. También se los ponen en la nuca, el entrecejo, los pómulos y hasta en el frenillo. Blancos, amarillos, rosas flúo y negros.

Con los tatuajes hay más cuidado. El impulso de la noche mezclado con el alcohol dejan rastros indelebles.Alianzas, nombres y frases dedicadas que a la mañana siguiente no se pueden explicar.

—Hay arrepentidos —dice la tatuadora Rebeca, una lesbiana muy masculinizada, una chonga chonguísima; una de esas que en la cultura anglo se llaman butchers.


Las marcas en el cuerpo son parte de la experiencia. No se trata de lookearse para pertenecer una noche. Lo efímero se hace permanente en un corte de pelo, y definitivo en el agujero de la carne, en la piel tatuada. Esta noche se vuelve el centro de la existencia.

—Divertite ahora porque mañana no sabés que va a pasar. La vida es así, ¿o no?—, pregunta Alan, de 19 años.

El deseo, la trasgresión en la apropiación física, casi endovenosa, de la vivencia. Una reterritorialización corporal: las cosas pasan a toda velocidad, sin tiempo para la reflexión ni la asimilación de lo vivido. Hoy, ya y ahora. Mañana, quién sabe. ¿O no?


***

En Moreno, los sábados la previa empieza temprano. Antes de las ocho de la noche, Alejandro y Germán ya están en la casa de Ezequiel, atrás de Las Catonas, un complejo de monoblocks sobre la ruta 23 con fama de peligroso. Son dos ambientes: una habitación y una cocina con living; aunque grandes: 45 metros cuadrados y un patio. Para Elezeki y su mamá alcanza y sobra. De lunes a viernes, Giselle, de 36 años, trabaja como empleada doméstica en una casa de San Miguel; los fines de semana, en un country de Francisco Álvarez.


Germán viene del centro de Moreno y Alejandro desde más cerca, Paso del Rey. Como casi todos los grupos de Cerrito, tienen cerca de 20 años, se conocieron en el boliche y empezaron a ir juntos. No se encuentran sólo para tomar. Para hacerlo, se podrían encontrar en la estación de tren. La previa es para producirse.

—Escuchamos música, nos sacamos fotos y las subimos a Facebook —, dice Elezeki.

Cada sábado, antes de ir a Cerrito, se retoca las cejas, prolijamente depiladas, se afeita hasta que en la cara y el pecho no le queda ni un pelo, se prueba toda la ropa que tiene: una decena de chombas; muchas rayadas, algunas lisas, versión feria de las marcas de los shoppings.

Después, hay sesión de fotos. En el baño, mirándose al espejo, tirando besos a la cámara, mostrando tatuajes, posando culo con culo. Cuando hay novio, lengua con lengua; siempre en cuero, con el jean a la cadera y los calzoncillos asomando.

—Si no tenés Facebook no existís. Todos tienen… Y así se arman los puteríos—, dice Elezeki.

— Yo ya cerré dos perfiles, porque era un quilombo—, dice Alejandro, que después de separarse dejó de ir a Cerrito durante seis meses. Volvió hace nada más que un par de semanas. Primero a Cerrito. Luego a Facebook, aunque su tercer perfil tiene un nombre falso y sólo publica fotos de espalda o del cuerpo pero hasta el cuello.

A las diez y media salen. Caminan once cuadras oscuras hasta la ruta y ahí se toman un colectivo a la estación San Miguel del ex Ferrocarril San Martín. Les quedaría mejor reunirse en lo de Germán, que vive en el centro de Moreno, en una zona más segura y muy cerca del ex Sarmiento. Pero él es el único que todavía no les dijo a los padres que es gay.


—Mis viejos son grandes, tienen 50, y no entienden como los otros. Para mí que ya se dieron cuenta. Pero no me dicen nada. Ya les diré, cuando tenga un novio y lo quiera llevar a mi casa—dice Germán.

En una hora llegan a Retiro. Suben caminando por Santa Fe. Casi siempre llegan antes de que abran las puertas, a la 1, y se suman a los que esperan en el boulevard de la 9 de julio. A las 12 ya hay diez, veinte o treinta chicos haciendo la previa ahí: besos, cerveza, fernet, vino en caja y alguna lata de speed. Todo se comparte. También el porro, que es la única droga que reconocen. Los que van llegando se suman. El saludo es siempre muy efusivo: más que de encuentro, los abrazos parecen de despedida. No importa si se vieron el día anterior o hace una semana, picos, besos, choque de manos, un salto por atrás, un toqueteo cariñoso y hasta alguna revolcada en el pasto se justifican a la hora de encontrarse.

Apenas se abre la reja negra, cruzan en banda.

Mary (40) y Karina (41), las dueñas de Cerrito, tienen siete años como pareja y casi lo mismo como socias en el rubro disco. Éste fue su debut en la bailanta. En 2010, descubrieron el nicho por casualidad cuando un amigo gay les pidió el local para hacer una fiesta por su cumpleaños. Esa noche, La Mary bar tuvo cumbia por primera vez.

— Nunca antes, en los cuatro años que veníamos haciendo fiestas temáticas, se había juntado tanta gente —, dice Mary. Ni con las punk, ni con las psicodélicas. Ni siquiera con las electrónicas habían tenido a 300 personas bailando toda la noche.

Unas semanas después organizaron la primera fiesta de cumbia gay abierta. Como ninguna de las dos viene del palo tropical, pensaron que con un par de hits y algunos clásicos se resolvía; y le pidieron al DJ que se pinchara unos discos de los más conocidos. Duró poco.

— Yo pensaba que estos guachos no entendían nada. Pero tienen oído los hijos de puta—, les dijo un par de noches después el hombre, antes de renunciar a la tarea de entretener a los cumbieros.

Ni es todo igual, ni es puro hit. La movida tropical tiene una historia; con sus décadas, sus tendencias, sus ritmos, sus clásicos y sus próceres. No es lo mismo la cumbia colombiana que la peruana, la villera que la comercial, la santafesina que la guaracha santiagueña, el reggaeton que el bellaqueo.

—Nosotras no lo sabíamos. Pero los pibes sí. Porque estos chicos nacieron escuchando cumbia—, dice Karina.



Gonzalo “Ghon” Quiroz fue el primero que se los dijo. Fue a bailar en una de aquellas primeras noches de Cerrito —cuando todavía estaba el otro DJ— y las encaró. A la semana, él estaba pasando música. Tenía 18 años; pero uno y cada uno había sido de cumbia. En el barrio Trujuy de San Miguel, donde nació y todavía vive, nunca se escuchó otra cosa. Y en el bar de sus padres, enfrente de la bailanta Copadísimo, tampoco.

Hoy, con 21 años, Ghon es el responsable de ponerle identidad cumbiera a Cerrito. Además de él, hay otros cinco DJs que se alternan en las dos pistas los cuatro días que abre el boliche. Pero la principal –la de mejor cumbia– es suya los viernes y sábados. Alcanza con ver cómo se pone, para entender por qué lo apodaron DJ Tremendo.

— Se siguen escuchando clásicos de los ’90 como Ricky Maravilla, Alcides, Gilda, Amar Azul, La Nueva Luna, Antonio Ríos, Gladys “la bomba tucumana” y Lía Crucet, pero lo que más le gusta a la gente es la cumbia villera y el reggaeton. Todo lo que sirva para hacer meneito, perrear y bellaquear hace explotar el boliche-.

Flor de Piedra, Pibes Chorros, Yerba Brava, Damas Gratis y Repiola son los preferidos de la cumbia villera. Los del Bohío, Los del Fuego, Leo Mattioli, Mario Luis, Dalila y Karina son los reyes santafesinos. En reggaeton, los nombres cambian todo el tiempo y los ídolos son todos centroamericanos. El que la rompe ahora es El dipy con La cumbia de los solteros. Los que la pueden cantar sin problema, se la gritan a los otros en la cara; los que no, cantan y bailan con sus parejas y amigos: Ay, qué lindo que es ser soltero / Como me gusta vivir todo el día al pedo / No trabajo y no estudio porque no quiero / Ven turra que te meneo.

Es el mismo hit de todas las bailantas. Porque la cumbia gay no tiene todavía sus propios referentes. La heterosexualidad monopoliza el mercado y lo seguirá haciendo hasta que las clases populares hagan su propio coming out, el que la clase media hizo hace ya unos años.

La única que tiene un tema explícitamente gay es la rosarina Dalila, Amor entre mujeres. Pero a la cantante no le gustó que su canción fuera el himno de las tortas cumbieras y el día que la llevaron a Cerrito, se negó a cantarlo en una fiesta lesbiana. La excusa fue que no quería “quedar pegada a eso”.

***

“El Massi” es uno de los tres animadores que se alternan en las noches de Cerrito. Desde que se abre la puerta hasta el cierre, ellos van y vienen por todo el boliche con un micrófono inalámbrico: de una pista a la otra, de la cabina del DJ a la barra y del escenario a los baños; bailan entre los chicos, hablan con ellos, venden la barra y arman concursos: la pareja más zarpada, la ropa interior más hot o el mejor tattoo; todo vale para mostrarse y conseguir un trago gratis.


El conductor es una figura institucional de la bailanta. Y en Cerrito, además de arengar y sostener la fiesta toda la noche, su tarea es también poner las reglas: no se puede fumar adentro; drogas, todas prohibidas; sexo en los baños, tampoco; al menor quilombo, todos afuera.

— Las chicas son las peores. Se van a las manos mucho más rápido que los pibes —dicen las dueñas.

Las peleas suelen empezar por celos. No hace falta que alguien se zarpe o que haya contacto físico. Alcanza con una mirada.

—Las mato. Si se meten con ella, las reviento —, dice Antonella, 20 años, la mitad de la cabeza rapada y la otra con el pelo lacio y negro largo. Es una femme: jean ajustado, párpados delineados y un escote en el que calza justo un atado de Marlboro. Sobre el pecho, escrito con fibra negra, la frase “ella es mía”. Lo firma Nicole, la chonga por la que mataría

— Corte que a mí me conocen todos acá, porque vengo desde hace rato —dice Nicole—. Y yo era gato ¿viste? Tenía fama, plata y minas. Pero me enamoré y me rescaté… En realidad, ella me rescató a patadas.

Nicole también tiene 20 y, dice, nació torta. A los 5 años, las maestras del jardín tenían que agarrarla para que no besara de prepo a sus compañeritas y cada vez que la madre le quería poner una pollera empezaba a gritar: “Quiero la remera de Spiderman”. A los 6, le robó la maquinita para cortar el pelo al padre, se encerró en el baño y se rapó. Nunca más lo volvió a tener largo.

— El ambiente torta es jodido. Acá todas se comieron a todas y se arman altos puteríos… Hace seis meses, cuando la conocí a Anto, yo me estaba por ir a la mierda.

La mierda era el norte, Salta, Jujuy, por ahí; lejos. Había cobrado una indemnización de 20 mil pesos por un accidente de moto y tenía para vivir un buen tiempo. Terminó el secundario y estudió “para chef”, pero por ahora no va a buscar trabajo. Quizá cuando se gaste todo lo que le queda. Seguro, cuando se pueda mudar con Antonella. Ya están comprometidas “con alianzas” y Nicole se tatuó en el brazo la fecha en que se conocieron.

—Es que vivimos muy lejos. Ella en Villa del Parque y yo en Quilmes. Además yo no voy a la casa de ella y ella trabaja. Igual cada tanto me la secuestro y me la llevo a casa un mes.

Antonella vive con la abuela porque su mamá murió cuando tenía 12 años y trabaja en un spa de manos y pies de su familia.

— Tengo un tío gay y eso ayudó a que mi abuela se lo tomara bien. A mí me gustan las chicas desde que era una nena, pero tuve novios. Digamos que me convencí acá, cuando la conocí a Nicole.

Mary dice que Cerrito funciona como un espacio de libertad, para probar.

— Pasa todo el tiempo. Más con los chicos, que son los que de entrada tienen más prejuicio. Una semana ves a un pibe nuevo que dice que es heterosexual y que vino a conocer el boliche porque le dijeron que era divertido. Al otro viernes aparece con una remera ajustada. Y al siguiente se está transando a otro —cuenta Mary—. Pero ya tienen otra cabeza. A mí me sorprende la seguridad con la que asumen su sexualidad y la disfrutan. Y la aceptación que hay en el entorno. Acá vienen a bailar en grupos, gays y lesbianas mezclados, con amigos hétero, con los hermanos y muchos también traen a las madres.


Cerrito funciona como un cambio de paradigma: en los boliches gay de clases medias las transexuales tienen que pagar más. Acá, no. Acá, la entrada –que cuando no es gratis es muy barata, de 15 pesos con consumición a 35 con canilla libre de cerveza y tragos– cuesta lo mismo para putos, tortas, trans, bi, héteros. A nadie le importa. Tiene que ver con una decisión de sus dueñas, pero también con una generación que ya nació en la diversidad.

Sin embargo, en el mundo wachigay no todo es homogeneidad de tribu. Los looks marcan diferencias: están los “villeros”, que usan camisetas de fútbol, campera de tres tiras, zapatillas deportivas y gorrita; algunas chicas se dicen las “culisueltas” -nombre de la banda versión femenina de los Wachiturros; y los “maricas” entre los gays, que son minoría. Los wachigays varoniles dominan la escena y se gustan entre ellos. Rochos y rochas, guachos y guachas, guachín y guachina, sirven para todos, más allá de la estética y la identidad sexual. Los “chetos” se reconocen al instante. Cada tanto aparece algún grupo que está de paso.

— No duran mucho adentro. Bailan un rato, toman algo y se van—, dice Karina.

No es la sexualidad lo que articula la identidad. La cuestión no es ser gay, sino ser joven, villero, cumbiero y fiestero.

A los wachigays no les gustan los señores de clase media y en ese sentido funcionan como ghetto. Dice Gonzalo que apenas abrió había viejos en busca de carne fresca, pero dejaron de ir cuando se dieron cuenta de que los pibes sólo les bailaban un rato. Se iban después de que les pagaran el alcohol.


***

En la esquina de la barra un grupo de chicos hace un fondo común para juntar los 85 pesos que vale un súper balde de cuatro litros. El recipiente es flúo, como las luces, la ropa de varios de ellos, y también la mezcla que viene adentro: sidra y tres licores; kiwi, melón y frutilla.

— Nos faltan diez pesos. ¿Quién los pone? —pregunta uno y tres buscan en los bolsillos. Sacan todo lo que les queda.

—Pará, pará. ¿Tenemos para volver? —interrumpe otro.

—No importa guacho. Comprá. Comprá que volvemos careta.


La plata no es un problema: el que la tiene, la pone. Y si a la semana siguiente no consigue, habrá otro que pague. Gastan lo que hay. Y eso se ve a la salida:

—A fin de mes, salen todos tranquilitos, charlando; casi como cuando entraron. Pero si venís del 1 al 10, están todos quebrados—, cuenta Gonzalo, el DJ.

La plata del principio y del fin de mes casi nunca es de ellos, sino de los padres.

—Estudiar ni en pedo. Y trabajar… Mis viejos dicen que mientras ellos puedan, no tengo que hacer nada —dice Agustín, de 23 años. Su respuesta se replica en todos los que lo rodean.

Son pocos los que ya terminaron el secundario y están pensando en hacer algo más. Y en el caso de que haya intenciones, las aspiraciones terminan en algún terciario o una tecnicatura. Nawi, de 18, es la excepción:

— A la mayoría de los chicos no les interesa estudiar y ni siquiera terminaron el secundario. Pero a mí sí. Yo quiero ir a la facultad. Porque me gustaría tener un título para poder progresar. Si no, negro y puto, nunca voy a llegar a ningún lado. Eso me lo dijo mi vieja cuando se enteró que soy gay. Me aceptó, pero me dijo: “Para lograr lo mismo, vas a tener que ser mejor que todos”.


***


El patovica que hace unas horas la saludó con un beso en la entrada, ahora la saca de un empujón por la puerta del costado. Milena llora y el rimel azul se le desparrama por las mejillas; las lágrimas le chorrean también el vestido blanco ajustado, descosido a un costado. Las medibachas negras se le abrieron atrás y apenas puede caminar arriba de esas plataformas con las que bailó toda la noche. Una chonga amiga viene a su abrazo desde el boulevard de enfrente.


—¿Qué hiciste boluda?

Milena se refriega el rimel.

— Nada. La hija de puta esa… Está con otra mina. Qué se joda.

—¿Le pegaste? Qué tarada que sos, boluda. No te van a dejar entrar más.

La amiga la agarra de la mano y cruzan la calle.

Son las 7 y hace una hora que amaneció. Algunos todavía siguen adentro, bailando como si recién empezara la noche. Otros se fueron más temprano con nuevo novio o nueva novia. Elezeki, Germán y Alejandro salen en grupo. Con otros diez van caminando juntos por Santa Fe. En Plaza San Martín se cruzan con unas “viejas” haciendo jogging y unos “yanquis” que miran un mapa de Buenos Aires en la puerta del Hotel Marriot Plaza.

Se despiden en la entrada del Ferrocarril Mitre. Desde ahí, unos se van para José León Suárez y otros para Tigre y San Fernando. Ellos siguen hasta el San Martín. Vuelven al conurbano. No terminó nada. Esto recién empieza. Mañana, en unas horas, la noche seguirá en Facebook.
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jueves, 30 de julio de 2015

Soy Gay; No hay tiempo para el amor

Es la naturaleza la que nos ha predispuesto. Especie tras especie, cada uno de los seres vivos está biológicamente programado para buscar a su pareja y fornicar. Algo dentro de todo ser vivo nos lleva a desear sobrevivir. Ese motor de supervivencia nos insta a procrear. ¿Por qué?, es algo que no logro comprender del todo. Hay una maquinaria en nuestro interior que trata de evitar a toda costa que muramos o que nos estanquemos como especie.

Todo parece indicar que esto aplica para todo ser vivo. Los virus y las bacterias se desarrollan, mutan y se adaptan para sobrevivir, para no morir. La gripe lleva acompañando a la humanidad desde que se tienen registros. La influenza tampoco quiere extinguirse, tampoco quiere morir.
Hay una necesidad biológica de reproducirnos, de tener crías y educarlas para adaptarse al cambio y seguir la misma línea. ¿Pero nosotros? Nosotros los gays lo hacemos solo por diversión and it’s fucking amazing. En nosotros no hay procreación, pero entonces, ¿por qué hay deseo? Vemos a ese hombre alto, de musculatura prominente y trasero destacado y lo deseamos. Se aprieta ese gatillo en nuestro interior y queremos estar dentro de él o que él esté dentro de nosotros. Es como una necesidad. Aparearnos es un deseo siempre presente.
Pero no todo es deseo. En algún punto del camino, los seres humanos desarrollamos el concepto del amor. Ese concepto abstracto que nos acompaña durante toda la vida. Nadie sabe qué es, nadie sabe cómo medirlo, cómo eliminarlo, cómo crearlo.Simplemente está ahí y nosotros nos encargamos de darle un significado.
Así, conforme fuimos creciendo, nos hicimos a la idea irrefutable de que en algún momento de nuestra existencia encontraremos a ese alguien que nos acompañará por el resto de nuestras vidas. Mr. RightThe One. El amor verdadero.
Pero si es The One, tiene que ser perfecto, ¿no? ¿O en qué momento le fuimos agregando requisitos a nuestro amor ideal?
«Tiene que tener una carrera y un trabajo. A nadie nos gusta mantener a nadie. Debe tener auto, porque ¿¡quién no tiene auto!? Es requisito que escuche buena música. O mala música. El punto es que debe al menos compartir mis  gustos musicales. Necesito que tenga sentido del humor y que entienda el sarcasmo porque luego ¿cómo nos vamos a entender? Si yo me la paso diciendo pendejadas y no las entiende me voy a tener que limitar. Ingas si no tiene buen gusto. Ni de pedo voy a poder andar con alguien que se viste mal o ¡que use Crocs! ¡Crocs con calcetones! No es posible. Y no es que no quiera, es solo que NO. ¡No puedo!»
«Pero sobre todas las cosas, tiene que estar guapo. Digo, eso es obvio, ¿no? Tiene que estar más guapo que yo».
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miércoles, 29 de julio de 2015

Ser pasivo si duele.

Para empezar, ¿Cuál es la mejor cualidad que puede tener un pasivo? Su trasero. Calculen la cantidad de ejercicio que se tiene que hacer para lograr un perfecto bubble butt, no basta con hacer 100 sentadillas diarias, expertos afirman que hacer desplantes, sentadillas con peso, levantamiento de pelvis con peso, entre otros ejercicios, hacen que tu trasero se vea en la forma redondita y esponjosa, como debe de ser; y esto no se logra de un día para otro, hacer ejercicios para reafirmar las piernas y el trasero son unos de los más tardados y más dolorosos, después de los ejercicios abdominales.
Entonces de entrada tienes que chingarle al ejercicio para que te nalgueen como Dios manda.
Después viene el factor poop, a nadie le gusta entrar en una cavidad anal y salir con una bella sorpresa café o verde o color sui generis, es tanto incómodo para el pasivo como para el activo. ¿Cómo se resuelve esto? No puedes dejar de comer, o bueno, si puedes, pero que flojera dejar de comerte una hamburguesa nada más para no embarrar al fulano. La alimentación es un factor muy importante para evitar estos problemas, si se ingieren alimentos de alto contenido irritante o graso, las heces (hablando en escala de Bristol) se vuelven menos firmes, por lo cual se aconseja comer de manera saludable, ingiriendo mucha fibra y tratando de no consumir ningún alimento por lo menos 3 horas antes de la penetración, esto, dependiendo de la rapidez de digestión de cada persona.
Pero ya saben que comer muchas manzanas y tunas, no es suficiente. Se debe de llevar a cabo una ducha anal, puedes comprar en cualquier farmacia un kit para enemas, una perilla o algún instrumento que creas conveniente no va a lastimarte y puede limpiarte de buena forma. Recuerda, usar agua tibia y jabón neutro es necesario para que:
1) No te huela mal el asunto, y
2) No se te afloje el asunto.
Por ahí he escuchado que si te haces muchos enemas por semana, la cavidad anal va dando de si, no sé si sea un rumor o sea algo cierto, pero esto nos manda a nuestro siguiente (y tal vez más temible) punto.
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viernes, 12 de junio de 2015

Ciber Adicciones

Aun recuerdo aquella época lejana en la que los novios salíamos cogidos de la mano a caminar un rato y nos sentábamos en una cafetería a tomar algo mientras hablábamos mirándonos a los ojos sonriendo mientras nuestras manos se deslizaban suavemente la una sobre la otra.

¡Pero ya no!, ahora todo se centra través del celular, las miradas son a la pantalla, las conversaciones son por chat, e incluso es muchas veces mas importante tomar una fotografía de lo que se hace a disfrutar el momento que se vive.

Los ciberadictos empiezxna cambiar su comportamiento y su relación con las personas en muchos aspectos

·    Pierden la nocion del tiempo que permanecen conectados
·        Su atención es dispersa, les resulta difícil concentrarse en una sola tarea
·         Tienden a  crear nuevas identidades y personalidades en línea (Algo de lo que pasa entre Joey y el autor de este blog)
·         Prefieren mantener ciber- relaciones de amistad, noviazgo y familiares
·         Sacrifican horas de sueño y de comida por estar conectados
·         Su humor es volátil y sus tareas generalmente son relegadas a un segundo plano
·         Sufren de aislamiento social
·         No pueden ir a ningún lado sin un aparato que les permita estar conectados
·         Se molesta si le reclaman por el excesivo uso del computador o del celular


De esa manera dejo aquí esta lista de adicciones cibernéticas para que ustedes lean, juzguen y opinen como siempre

Al cibersexo: Los individuos con esta adicción están convencidos que internet es el lugar para tirar, tirar y tirar, colocan mensajes de “Busco activo dotado”, “Quien me acompaña estoy solito” y similares, publican fotos exhibiendo lo agradable o desagradable de su ropa interior o sin ella y nunca muestran su cara, llegan al extremo de tratar de conseguir sexo sin compromiso hasta en la página de oración fuerte al espíritu santo.

A la pornografía ON Line: Uan versión modificada de la adicción anterior, el adicto a la pornografía, su computador personal, su teléfono móvil y otro dispositivos están saturados de pornografía, en más de una ocasión accidentalmente ha quedado en evidencia, no puede dormir si antes no se masturba viendo algo de su cada vez más grande colección y por supuesto carece de relaciones afectivas que puedan interrumpir .

Al chat: Estos individuos tienen una necesidad imparable de hablar a través de chats, bien sea de páginas web, de Facebook, o de aplicaciones móviles como Whats App, necesitan hablar de lo que sea por el mayor tiempo posible y no les importa interrumpir sus labores o las labores de lso demás por estar chateando permanentemente desde que se despiertan hasta muchas horas más tarde de lo que deberían estar durmiendo como angelitos, suelen sufrir ataques de ira cuando no les responden rápido sus mensajes.

A las redes sociales: Particularmente hablamos de Facebook, pero este tipo de adicción aplica  amuchas redes sociales más, el adicto debe estar permanentemente consultando, participando y relacionándose con personas que nunca en la vida ha visto en persona, mide su popularidad en likes y su grado de amistad en las interrelaciones virtuales que tengan, siendo uno de los estados más patológicos de ciberadicción, el adicto tiene dificultades relacionadas como síndrome de abstinencia cuando han pasado más de dos horas de su vida consciente sin entrar a las redes a las que es adicto.
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jueves, 14 de mayo de 2015

QUÉ CREEN LOS HÉTERO DE LO GAYS Y QUÉ CREEN LOS GAYS DE OTROS GAYS

Nuestro cerebro es muy ahorrativo, siempre busca el camino que le ahorre tiempo y esfuerzo, por esto es más fácil para todos tomar un atajo y dividir a la humanidad en grupos sociales en vez de pensar a cada persona individualmente, y es a causa de esto que existen losprejuicios con los que suponemos toda una serie de cualidades de un individuo basándonos solo en su pertenencia a un grupo. La comunidad gay como grupo social no escapa de esto y, más aún, siempre se nos somete a comparación con el grupo mayoritario y “normalizado”, los héterosexuales.
Mucho hemos oído sobre las creencias absurdas que existen alrededor de ser gay; sin embargo, queriendo ser un poco más “objetivxs”, y después de investigar en la literatura sobre el estereotipo gay, yo y dos amigas elaboramos un cuestionario con 60 creencias sobre los hombres gay, que contestaron luego 66 hombres (33 gay y 33 hétero) para saber qué tan de acuerdo estaban con ellas,  y verificar si hay diferencias entre ambos grupos.
En una entrada anterior, se presentaron las 7 creencias sobre los hombres gay que tuvieron un mayor grado de aceptación en el conjunto total de los participantes (gays y héteros), en la presente entrada se hablará acerca de la diferencia de resultados entre ambos grupos, es decir, se hablará sobre qué creen los héteros de los gays y qué creen los gays de otros gays.
Para obtener las creencias más significativas de cada grupo se tomaron en cuenta solo aquellas con más de 50% de conformidad, tal como se muestra a continuación.
Las creencias sobre los hombres homosexuales con mayor aceptación del Grupo Hétero son:
• 67%   Los homosexuales son más liberales.
• 62%   Los homosexuales se preocupan más por su aspecto externo.
• 60%   Los hombres homosexuales son afeminados.
• 59%   En una relación gay uno es como el hombre y otro como la mujer.
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¿QUÉ ROL ERES? POR QUÉ LA PREGUNTA, ¿A CASO VAMOS A TENER SEXO?

Hablar de roles sexuales entre la comunidad gay siempre será controversia y tan polémico como la “nada común” pederastía entre los clérigos y sacerdotes, pero alguien tiene que sacrificarse y hacerlo en pro de la buena información para la comunidad. Ni modo, así es esto.
Hoy día el argumento más sonado entre la comunidad, es ese que asegura que los hombres gay “activos” están desapareciendo, y que los pocos que existen, no lo son de verdad. Que cada vez hay más pasivos, quienes pareciera que brotan de la nada como margaritas y que aquellos machos pelo en pecho, con enormes miembros y cuerpos cargados de testosterona, han desaparecido o al menos, se han cambiado al bando pasivo, poniendo a los que quedan en peligro de extinción.
Lo anterior es cómico cuando lo vemos desde afuera, separándonos un poco del estereotipo que los mismo homosexuales, tenemos preconcebido sobre lo que debe ser un activo y lo que debe ser un pasivo.
La idea general de los primeros, es que un pasivo es alguien más delicado, tierno, girly y hasta afeminado, mientras que la idea de los segundos, es que el activo debe ser muy macho, dominante y casi un heterosexual pero que guste de pollas y traseros masculinos.
Clicheado ¿no creen?
Siempre he pensado, porque lo he visto, que a veces los homosexuales tratamos de meternos en un rol heteronormativo, en donde forzosamente el rol pasivo debe cumplir un papel femenino y el activo el masculino, y perdón pero pensar así es lo más retrograda que puede hacer alguien, pues ¿en qué año estamos, 1950?.
Para empezar, a mí me gusta dejar muy claro algo cada vez que hablo de este tema que en una relación homosexual masculina, principalmente estamos hablando de dos hombres, queindependientemente de su rol sexual, siguen siendo hombres y teniendo características y reacciones masculinas muy a pesar de sus formas de ser, que nada tienen que ver con sus gustos en la cama.
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miércoles, 18 de marzo de 2015

DE CÓMO UN GAY SE ACUESTA CON HETEROSEXUALES

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martes, 3 de marzo de 2015

“Lo dura que puede ser la vida de un homosexual"

El mundo de la noche, la marginación y la homosexualidad están en la última novela del uruguayo Echavarren. En esta entrevista con María Esther Gilio, señala que prefirió evitar estereotipos para plantear una realidad que ya se alejó del masoquismo y el gay que se “autoodia”. Los misterios de Onetti y la sexualidad de sus personajes.

–Creo que todo escritor está total o parcialmente presente en sus personajes. Cuando pienso en tu libro El diablo en el pelo tengo la sensación de que hay mucho de ti puesto en Tom.
–¿Cuál es la pregunta?
–Para saber hasta qué grado te identificás con él, te pregunto si te habrías atrevido a dejarlo morir cuando lo hieren. (Echavarren ríe largamente.) No tenés que reírte, tenés que responder.
–Está bien –dice aún riendo–. Me interesaba en esta novela mostrar la dureza de ciertas condiciones en la vida del homosexual. No se trataba de la cuestión de “gay is good”, lo cual está muy bien para los movimientos de liberación homosexual, que procuran que el homosexual sea alguien aceptable y no alguien que merece la marginación.
–Es decir que no hubo la intención de presentar al homosexual modélico.
–No, lo que me interesaba era mostrar lo dura que puede ser la vida de un homosexual.
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